CAPÍTULO 4 — LA LLAVE DE SANTS
En la calle había más aire. También más ruido.
Después del silencio de la casa, Vilanova parecía viva y eso molestaba.
Una persiana subía a golpes al otro lado de la calle.
Una mujer salía de la panadería con una barra metida bajo el brazo y el móvil pegado a la oreja.
Un niño lloraba porque no quería entrar en el coche.
Alguien arrastraba una silla metálica en la terraza de un bar, ese sonido áspero, vulgar, de mañana normal.
El coche de Clara estaba a media manzana, muy pegado al bordillo, con una rueda apenas subida a la acera.
Luján se quedó mirándolo un poco tarde. Clara siempre corregía.
Bajaba, calculaba la distancia, volvía a entrar si hacía falta.
A veces hacía maniobras ridículas para dejar el coche exactamente paralelo a la línea, incluso cuando nadie se lo pedía.
Esa mañana no lo había hecho. Había aparcado como una persona que sale del vehículo antes de terminar de llegar.
Clara caminó delante, sin mirar atrás. Llevaba los hombros tensos y el móvil en la mano, esperando que en cualquier momento volviera a sonar el hospital. O la funeraria. O el número desconocido. Ya no se sabía qué llamada era peor.
Nerea iba detrás, más lenta, encogida dentro de la sudadera.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una marca roja en la mejilla, quizá de la almohada, quizá de haberse frotado la cara hasta dejarse marca.
Llevaba las zapatillas mal puestas, los cordones flojos, uno de ellos pisado bajo la suela.
Ni siquiera se daba cuenta. O sí, y le daba igual.
Luján mantuvo la puerta abierta un instante antes de subir. Volvió la cara hacia la casa.
La fachada seguía igual. Ventana de la cocina cerrada.
Persiana del dormitorio a media altura. Buzón gastado.
Grieta fina junto al marco. Todo en su sitio.
Desde fuera no había pasado nada. Ahí estaba lo peor.
Que lo de su madre y aquella zapatilla bajo la cama no ocuparan ni un centímetro en la fachada.
La casa seguía siendo una casa. Una puerta cerrada.
Un buzón viejo. Una grieta. Ninguna señal que dijera aquí una mujer ha muerto sola, aquí alguien ha entrado, aquí han dejado algo debajo de una cama, aquí ha empezado algo que nadie sabía parar.
—Lu —dijo Clara desde el volante.
Cerró la puerta. El coche pareció más pequeño al instante.
Nerea se sentó atrás, pegada a la ventanilla.
Cerró la puerta más fuerte de la cuenta y murmuró un perdón que nadie le había pedido.
Luján se acomodó delante, aunque no quería.
El asiento olía a café frío, a ambientador barato y a esa mezcla de coche usado y prisa que siempre tenía el coche de Clara.
En el salpicadero había una multa doblada, un paquete de pañuelos abierto y una goma del pelo cubierta de pelusas. Luján se aferró a esas cosas pequeñas. La multa, los pañuelos, la goma: cualquier cosa que siguiera perteneciendo a una vida entendible. Clara arrancó.
—¿A dónde?
Luján sacó la fotografía del bolsillo. Evitó la cara de su madre. Verla de nuevo sonriendo de aquella manera se le hizo imposible. No en ese momento. Le dio la vuelta directamente.
B-17.
Después sacó el ticket de consigna. Estació de Sants.
B-17.
Hoy. Antes de las doce. La llave le ocupaba la mano, pequeña y absurda. De buzón, de taquilla, de caja vieja. De esas que puedes perder durante años sin notar su peso. Pero su madre la había escondido. Y alguien más sabía que la tenían.
—A Sants —dijo.
Clara ladeó la cara hacia ella apenas un instante.
—Ni hablar.
Luján giró poco a poco.
—¿Perdona?
—He dicho que no.
Nerea levantó la cabeza desde atrás.
—Clara…
—No vamos a Sants porque alguien haya metido un papel debajo de una puerta.
—No es solo el papel —dijo Luján.
—Ya sé que no es solo el papel.
Clara giró hacia la avenida principal con un movimiento brusco. Un coche pitó al fondo. Ella ni lo miró.
—Precisamente por eso. Tu piso. La casa. El dormitorio. La zapatilla. Los mensajes. Todo eso no dice “ven sola a una estación llena de gente con una llave que no sabes de dónde sale”. Dice llama a la policía.
—¿Y si en una hora desaparece?
—¿El qué?
—Lo que haya en B-17.
Clara soltó una risa sin humor.
—Ni siquiera sabemos si hay algo.
Luján levantó el ticket.
—Alguien se ha molestado mucho para que lo haya.
—O para que tú lo creas.
Aquello se quedó dentro del coche. Nerea miró de una a otra.
—Puede ser una trampa.
—Claro que puede ser una trampa —dijo Luján.
—Lo dices tratándolo como un detalle.
—No lo es.
—Pues estás hablando igual que si lo fuera.
Luján consultó la hora.
10:46.
Una hora y catorce.
—Mamá no habría escondido esta llave por nada.
—Puede que mamá no la escondiera para ti.
—La foto estaba en su despacho.
—También había páginas arrancadas. También había una manta que no le pertenecía. También había una marca que no encajaba. No sabemos qué era suyo y qué ha puesto alguien más.
Clara sujetó el volante con más fuerza. Tenía razón.
Luján odiaba que tuviera razón en voz alta.
Dejaron atrás dos calles estrechas y una panadería con la persiana medio levantada.
Un hombre barría la entrada con movimientos lentos, empujando hojas, colillas y un ticket mojado hacia el bordillo.
Luján lo miró sin verlo. Le molestó aquella normalidad de pan recién hecho, de gente con sueño, de una ciudad que seguía funcionando por fuera mientras a ellas se les abría algo por dentro.
Su madre estaba muerta. Alguien había dejado una zapatilla bajo su cama.
Y el mundo seguía vendiendo barras a primera hora.
—¿Y el hospital? —preguntó Clara.
Aquello le cayó mal. Luján tardó un segundo en entenderla, porque Clara parecía haber hablado en otro idioma.
—¿Qué hospital?
—El de mamá.
—Ya lo sé.
—No parece que lo sepas.
Giró hacia ella.
—No hagas eso.
—Alguien tiene que hacerlo.
—¿Hacer qué? ¿Recordarme que está muerta? Gracias. Lo tengo bastante presente.
—Quiero recordarte que su cuerpo sigue allí.
Cuerpo. Nerea cerró los ojos en el asiento trasero. Una furgoneta blanca frenó delante y Clara redujo con un golpe seco. El cinturón le mordió el pecho a Luján.
—No digas cuerpo —murmuró.
—Es lo que me han dicho por teléfono.
—Pues no lo repitas.
Clara mantuvo los ojos en la carretera. En la boca se le movió un gesto pequeño, solo un temblor contenido.
—Hay que llamar a la funeraria —dijo al final.
La palabra quedó entre las dos: funeraria. Parecía que alguien hubiera dejado una bolsa fría sobre los pies.
—Ahora no.
—Sí. Ahora sí.
—Clara…
—Alguien tiene que hacerlo.
—Hazlo tú.
Le salió peor de lo que quería. Salió igual. Nerea levantó la vista. Clara tardó. Las manos quietas sobre el volante. La herida le llegó despacio.
Luján la vio llegar y no retiró nada. Ganas no le faltaban. Le faltaba cuerpo para hacer el gesto correcto.
—Vale —dijo Clara.
Ese vale pinchó más que una bronca. Luján bajó la vista, a la llave. La tenía marcada en la mano, como un objeto recién sacado de otro sitio.
—Clara…
—Déjalo. Está bien.
No estaba bien. Nada de aquello lo estaba. Nerea habló desde atrás, casi sin voz.
—¿Podemos no pelearnos ahora?
Nadie encontró nada que añadir. Tomaron la salida hacia la C-32.
Durante los primeros minutos nadie quiso mirar atrás.
Luego empezaron a hacerlo mal: Clara en el espejo interior, Nerea por el cristal lateral, Luján en el reflejo de su ventanilla.
El coche se llenó de esa incomodidad tonta de cuando todos están pensando lo mismo y nadie quiere decirlo.
A la derecha quedaban las últimas calles de Vilanova.
Delante, el Garraf, claro y seco. El mar aparecía a ratos entre los desniveles, gris, más cerca de lo que parecía.
En el arcén había una lata aplastada que alguien no había recogido.
Luján se quedó mirándola un segundo, sin saber por qué.
Luego la carretera se estiró. Clara conducía rígida, con las manos altas de más en el volante.
De vez en cuando tocaba el intermitente antes de tiempo.
O después. Ese tipo de fallos pequeños que en ella daban miedo. Luján consultó la hora.
10:52.
Luego miró la mano. La marca seguía ahí, mínima y terca, pero esta vez no insistió. Clara lo vio.
—Deja de hacer eso.
Luján apoyó la mano sobre el muslo.
—No sale.
—Pues no te arranques la piel.
La carretera ganó altura. Piedra clara, pino bajo, el mar a la derecha. Nerea apoyó la frente en la ventanilla.
—Odio esta carretera.
Clara no apartó la vista.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre me marea.
—Mira al frente.
—Estoy mirando al frente.
—Estás mirando el cristal.
—Pues el cristal está al frente de mi cara.
Clara hizo un ruido breve. Casi una risa.
Se quedó antes de serlo. Durante un momento, solo uno, el coche pareció un coche normal.
Tres mujeres en una carretera conocida de sobra.
Una hermana conduciendo. Otra irritada. Otra mareada atrás.
Una escena fea pero posible. De familia.
De domingo. De hospital incluso. Luego Luján volvió a fijarse en la fotografía. No miró la cara. Fue directa al número.
B-17.
—¿Ibas mucho con ella a Sants? —preguntó Nerea.
Luján tardó en responder.
—De pequeña.
Clara no apartó la vista de la carretera.
—Cuando íbamos a ver a la tía Roser.
—Eso fue hace siglos.
—No tantos.
—Sí, Lu. Sí tantos.