Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #5
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CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #5

Por primera vez no sonó como una sugerencia.

Luján no se movió. Miró una última vez la cama.

La zapatilla sobre la colcha. La chaqueta gris.

El pañuelo. El armario abierto. El ticket en su bolsillo.

La mancha en su dedo. Dejar la zapatilla allí habría sido otra forma de abandonarla.

Quizá solo quería no dejarla allí. Quizá porque era una prueba.

Quizá porque era una invasión encima de la cama de su madre.

Cogió una bolsa de plástico del armario, de esas que su madre guardaba dobladas hasta lo absurdo, y envolvió la zapatilla sin tocarla más de lo necesario. La metió en el bolso. Clara la miró con una mezcla de horror y cansancio.

—¿Ahora coleccionamos pruebas?

—Ahora no dejamos que desaparezcan.

—No somos policías.

—Ya lo sé. Somos sus hijas —le salió antes de poder frenarlo. Fue más cruel de lo que pretendía y Clara apartó la mirada; Nerea cerró los ojos un instante. La culpa le llegó enseguida, pero cualquier disculpa que se le ocurría sonaba ridícula. —Perdón —acabó susurrando.

Clara no contestó. Eso dolió más. Salieron de la habitación. Clara cerró la puerta. Esa vez, Luján se fijó. La cerró hasta el final. El clic fue claro. El pasillo quedó inmóvil. De más.

En la cocina, el reloj seguía marcando las once y veinte. Luján lo miró igual que si esperara que de pronto avanzara, que las agujas cedieran y reconocieran que el tiempo se estaba moviendo. Nada. Nerea cogió su móvil de la mesa. Le temblaban los dedos.

—Deberíamos llamar a alguien.

—A Mateo —dijo Clara.

—A los Mossos —dijo Nerea.

Luján fue hacia el fregadero y abrió el grifo. Se lavó las manos con jabón hasta que el agua salió limpia. La marca se aclaró. No desapareció del todo.

—Luján —dijo Clara.

—No ahora.

—Sí ahora.

Cerró el grifo.

—Si llamamos a los Mossos, ¿qué decimos? Que alguien ha entrado en una casa sin forzar la puerta, ha dejado una zapatilla debajo de una cama, ha arrancado páginas de una libreta y nos manda mensajes desde un número desconocido. ¿Sabes qué van a hacer?

—Su trabajo.

—Van a mirar nuestra cara, a mamá muerta, el historial médico y la puerta. Luego alguien dirá que volvamos cuando tengamos otra cosa concreta.

Clara se quedó con la boca rígida.

—Esto es concreto.

Levantó el móvil.

—Esto está hecho para que parezca poco concreto.

Nerea miró la pantalla, aunque ya no estaba encendida.

—¿Qué quiere esa persona?

Luján no respondió enseguida. Metió la mano en el bolsillo y sacó la fotografía. La puso sobre la mesa de la cocina. Su madre joven. La sonrisa abierta. La luz blanca detrás. Le dio la vuelta.

B-17.

Perdón. Al lado dejó la llave. Pequeña. Lisa. Sin marca visible. El golpe pequeño contra la mesa hizo que Clara cerrara los ojos un segundo.

—B-17 puede ser cualquier cosa —dijo.

—Sí.

—Un trastero.

—Sí.

—Una caja.

—Sí.

—Una habitación.

—Sí.

—Una trampa.

Luján sostuvo su mirada.

—También.

Nerea se inclinó hacia la foto sin tocarla.

—¿Y si el mensaje de “ya estás dentro” era por esto?

—Por el despacho —dijo Clara.

—O por la casa —dijo Nerea.

Luján miraba la llave.

—O por la historia.

Clara se fijó en el reloj parado. Nerea se limpió la nariz con el dorso de la mano.

Ninguna de las dos quiso tocar la historia.

La palabra historia sonó casi vulgar. Parecía que estuvieran convirtiendo a su madre en un argumento.

Pero era eso. Una historia. Algo anterior a ellas, escondido bajo los gestos cotidianos, bajo las listas de la compra, bajo los no preguntes, bajo la puerta cerrada del despacho.

Y ahora alguien la había abierto desde fuera.

El móvil de Clara sonó. Las tres dieron un respingo. Clara miró la pantalla.

—Es el hospital.

Lo dejó pasar. El teléfono siguió vibrando sobre su mano. Cada vibración parecía una exigencia. La realidad llamando desde Sant Pere para recordarles que Carmen Rovira seguía muerta y que había trámites que no se detenían porque una hija encontrara una zapatilla bajo una cama.

—Contesta —dijo Luján.

Clara se quedó callada.

—No puedo.

Luján entendió entonces una cosa que no quería entender: Clara no estaba mejor. No estaba funcionando. Solo se había puesto encima la forma de alguien que funciona. Cogió el móvil de su hermana.

—¿Quieres que…?

Clara asintió una sola vez. Luján respondió.

—¿Sí?

Una voz de mujer, neutra, cansada, preguntó por Clara Rovira. Luján dijo que era su hermana. La voz habló de identificación, de documentación, de una ventana de tiempo, de una empresa funeraria autorizada, de pertenencias. Palabras limpias para cosas sucias. Pertenencias.

—¿Qué pertenencias? —preguntó Luján.

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

—Las que llevaba la paciente en el momento del traslado.

La paciente. Su madre, desde luego, no. La paciente.

—¿Traslado desde dónde?

Clara levantó la mirada. La mujer dudó.

—Desde la habitación asignada.

—¿En el Hospital General del Garraf?

—Sí.

—¿Y antes?

—Disculpe, no tengo esa información aquí.

Tardó en moverse.

—¿Cómo que antes?

—Tendrían que consultarlo con admisiones. Yo solo llamo para confirmar el procedimiento posterior al fallecimiento.

La voz fue ordenando la muerte con una frialdad práctica: fallecimiento, procedimiento, paciente, pertenencias. Todo puesto en su sitio para no decir Carmen.

—¿A qué hora murió? —preguntó Luján.

Otra pausa.

—El parte indica las 3:41.

La cocina desapareció un segundo.

3:41.

No sabía por qué ese número le golpeó así. Todavía no. No tenía ninguna razón. Solo una punzada baja, una incomodidad inmediata, con la sensación de que aquella hora no pertenecía a la muerte de su madre, sino a otro sitio.

—¿Está segura?

—Es la hora que consta en el parte.

Clara la miraba. Nerea también. Luján anotó la hora en una servilleta sin pensar.

3:41.

—Gracias —dijo, aunque no sentía gratitud por nada.

Colgó. Clara fue la primera en hablar.

—¿Qué pasa?

Luján le enseñó la servilleta.

—Hora de la muerte.

—¿Y?

—Ni idea.

Pero sí sabía algo. Sabía que aquella hora se le había clavado. Como B-17. Como el perdón. Como una puerta que ya estaba abierta antes de que ella llegara. Nerea tocó la servilleta con la punta de un dedo.

—¿Por qué lo has apuntado?

Lo dejó pasar. Porque no quería decir: porque hay números que no parecen números. Porque no quería sonar más rota de lo que estaba. Guardó la foto y la llave. Clara recuperó su móvil. Tenía los ojos brillantes, pero no lloró.

—Hay que ir al hospital.

—Sí.

Miró al pasillo.

—Pero antes tenemos que saber qué es B-17.

Clara soltó una risa incrédula.

—Ni hablar.

—Clara…

—Ni hablar. Nuestra madre está muerta en un hospital y tú quieres ir a jugar a buscar pistas.

A Luján le dolió. Porque sonaba cierto. Porque no lo era.

—No estoy jugando.

—Pues lo parece.

—¿Tú crees que yo quiero esto?

—No sé qué quieres, Luján. Nunca lo sé.

La frase se abrió entre ellas como una herida vieja. Nerea se metió en medio, física y torpe, como hacía cuando eran más jóvenes y las discusiones de aquella casa se volvían afiladas de más.

—Parad. Por favor. No aquí.

Miró otra vez la lista de la compra. Leche. Caldo. Manzanas. Pilas. Guantes. Gasas. Alcohol.

B-17.

El mensaje de las seis seguía ahí.

Ya estás dentro.

La secuencia no tenía sentido todavía. Pero tenía dirección.

Eso era lo que apretaba por dentro. No parecía caos.

Parecía una línea puesta delante de ella.

Fue entonces cuando oyó otro ruido. Esta vez no en el dormitorio.

En el despacho, menos. En la entrada. Muy suave.

Como si alguien rozara la puerta desde fuera.

Las tres se quedaron inmóviles. El sonido se repitió.

Un papel deslizándose bajo la puerta. Luján cruzó la cocina antes de que Clara pudiera detenerla.

—No abras —susurró Nerea.

Luján no abrió. Miró al suelo del recibidor. Un sobre blanco acababa de aparecer medio metido bajo la puerta. Sin sello, sin nombre, sin nada. La parte visible estaba blanca, casi limpia de más. Luján se agachó despacio. Clara se acercó detrás de ella.

—No lo toques.

—Ya es tarde para casi todo.

Tiró del sobre por una esquina. Pesaba poco.

Lo llevó a la mesa de la cocina y lo abrió con un cuchillo, porque de pronto tocar el borde con los dedos le pareció insoportable.

Dentro había una sola cosa. Un ticket antiguo de consigna.

Estació de Sants. El papel estaba amarillento, doblado por la mitad.

En una esquina, escrito a mano con tinta negra, se leía:

B-17.

Debajo, otra frase. Esta vez no pertenecía a su madre. O no parecía. Hoy. Antes de las doce. Nerea se fijó en el reloj parado de la cocina. Once y veinte. Clara dejó escapar el aire.

—Ese reloj no funciona.

Sacó el móvil. La pantalla se encendió.

10:43.

Once y veinte no era una hora. Era un señuelo muerto. Alguien lo había dejado parado para que el primer cálculo saliera mal y ellas dudaran de su propia urgencia.

Tenían una hora y diecisiete minutos. Durante un rato solo se oyó la nevera y a Nerea respirando por la boca.

Clara miraba el móvil igual que si pudiera obligarlo a dar otra hora.

La casa seguía cerrada. El pasillo seguía vacío.

La puerta del dormitorio de su madre, cerrada del todo.

Pero alguien había estado al otro lado hacía unos segundos.

Alguien les había dejado el sobre sin llamar. Sin correr. Sin miedo.

Guardó el ticket junto a la foto y la llave. La zapatilla sucia pesaba dentro del bolso como un peso vivo.

—Nos vamos —dijo.

Ahora Clara no discutió. Nerea tampoco. Salieron al rellano.

La escalera estaba vacía. Luz pobre, puertas cerradas y olor a humedad vieja.

En el piso de abajo, una televisión murmuraba muy baja para entender nada.

En algún lugar cercano, una cisterna se llenó con un ruido lento.

Luján echó la llave. El clic sonó más alto de lo que debía.

Dejó la mano un instante en la cerradura.

Al otro lado, la casa no hizo ni un ruido. Ni uno. Clara bajó dos escalones.

—Vamos.

Luján soltó la puerta. Al bajar, todavía sentía la piel sucia. Y en el bolsillo, junto a la llave, el ticket de Sants parecía marcar una cuenta atrás que nadie había aceptado, pero que ya había empezado.