Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #4
14%

CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #4

Lo dijo tarde. Luján la sacó con dos dedos, sujetándola por el borde igual que si estuviera viva o contaminada.

Pesaba poco, menos de lo que esperaba. La tela estaba húmeda en una zona, no mojada del todo, solo desagradable.

En la suela había algo fino, apelmazado en las ranuras.

No la soltó enseguida. Sostuvo la zapatilla en el aire, con la tela húmeda y el barro químico incrustado en la suela. Nada que debiera estar allí.

Una zapatilla, la muerte de su madre, una llave, una fotografía, un mensaje y una puerta abierta. Cosas pequeñas; juntas daban asco.

—No hay nadie —dijo Clara desde la puerta.

La voz apenas le salió. Levantó la zapatilla para que la viera.

—Esto sí.

A Clara se le quedó la réplica a medio formar.

Esta vez no fue prudencia. Fue miedo. Nerea entró un poco más en la habitación, pero se detuvo a medio camino, sin atreverse a acercarse a la cama.

Miraba la zapatilla con la prudencia torpe de quien no sabe si ya había tocado cosas que no debía, con esa espera tonta de que alguien gritara que no contaminaran la escena.

Pero allí no había policías. Solo tres mujeres en una casa que acababa de perder a su dueña.

—¿De quién es? —preguntó casi sin voz.

—No tengo ni idea.

—Puede ser de un enfermero —dijo Clara.

Luján volvió la vista hacia ella.

—¿Un enfermero metido debajo de la cama de mamá?

—No sé, Lu. Estoy intentando pensar.

—Pues piensa otra cosa.

Clara dejó la frase sin terminar. Nerea se acercó un poco más.

—¿Y si es de ella?

—Mamá no se pondría esto ni para bajar la basura —dijo Clara.

Salió tan normal, tan de ellas, que por un momento las tres vieron a Carmen viva: torciendo la boca ante una zapatilla fea, diciendo que había límites, incluso en la pobreza.

Luján casi sonrió. El gesto murió antes de nacer.

Dejó la zapatilla sobre la colcha blanca.

El rastro oscuro destacó obsceno contra la tela clara.

Clara hizo un movimiento automático, igual que si quisiera quitarla de ahí, proteger la cama. Luego se detuvo. Ya no había nada que proteger y, con todo, todo parecía una invasión. Nerea señaló el suelo junto a la ventana.

—Ahí.

Luján siguió la dirección de su dedo. Una línea fina cruzaba el parquet desde la cama hacia la ventana.

Casi nada: una marca arrastrada, hecha deprisa y mal disimulada después.

No llegaba a huella entera ni a pisada clara; solo el rastro de algo que había rozado el suelo.

Luján se agachó. Pasó el dedo una sola vez.

La película seca no se fue; se abrió sobre la piel.

Era una pasta seca, finísima, de esas que no se va con aire ni con rabia. Al rozarlo contra el pantalón, la marca se abrió en la tela en vez de desaparecer. Clara dejó la mano suspendida, sin atreverse a tocarse.

—¿Qué es eso?

La pregunta quedó sobre la colcha, junto a la zapatilla, sin encontrar sitio.

Miró otra vez, más despacio, odiando encontrar más cosas.

La mesilla. La silla. La ventana cerrada por dentro.

Las cortinas quietas. La cómoda con el joyero encima.

Un peine con pelos blancos atrapados entre las púas.

Un pañuelo usado, doblado mal, escondido bajo la lámpara.

Eso sí era de su madre. Eso sí era real.

Por alguna razón, el pañuelo le hizo más daño que la zapatilla. Lo cogió antes de pensarlo.

Estaba seco. Tenía una mancha amarillenta en una esquina y olía a colonia barata.

A piel. A mujer enferma intentando seguir pareciendo arreglada.

Cerró la mano alrededor del pañuelo. Su madre había estado allí.

Allí. En esa cama. Con ese pañuelo. Con esa colonia barata pegada a la piel. Clara la oyó.

—¿Qué?

Luján soltó el pañuelo sobre la mesilla.

—Nada.

El cajón estaba entreabierto: muy poco, bastante. Se acercó y tiró de él.

Dentro había cargadores, un libro de bolsillo con las esquinas dobladas, una caja de pastillas vacía, un rosario y una bolsita de plástico con gomas del pelo.

Revuelto. Pero devuelto deprisa. Metió la mano hasta el fondo.

La madera le raspó los nudillos. De nuevo: ese resto fino, agarrado.

Sacó la mano y no necesitó mirarla dos veces. Ya sabía qué era.

—Ha estado aquí —dijo.

Nadie preguntó quién. Clara vio la zapatilla, el cajón y la raya del suelo. Se apretó los dedos contra la sudadera. Nerea escondió la barbilla en la sudadera.

—¿Puede seguir dentro?

La pregunta era tan simple que por eso mismo hizo que todo se volviera peor.

Miró hacia el armario. Las puertas estaban cerradas.

El espejo reflejaba la cama, la colcha blanca, la zapatilla sucia y a Luján de lado: pelo revuelto, cara gris.

Por un instante pareció haber otra cosa detrás.

Solo quedó el cuarto, quieto con un crujido que no ayudó.

—Hay que mirar —dijo.

—Ni se te ocurra.

—¿Prefieres salir sin saberlo?

—Prefiero llamar a la policía.

—¿Y mientras esperamos?

—Salimos a la calle.

—¿Y dejamos aquí todo esto?

Clara se volvió hacia ella.

—¿Todo esto qué es, Luján? ¿Una zapatilla? ¿Polvo? ¿Una puerta abierta? ¿Tú te estás escuchando?

Le enseñó la mano, sin acercarla del todo.

—Mira mis dedos.

—Los estoy viendo.

—Esto estaba en mi piso.

Clara no contestó.

—En mi pared, junto al interruptor. En el buzón. Y ahora aquí.

Nerea miró la mano de Luján con una mezcla de miedo y asco.

—Eso no es tierra normal.

—No —dijo Luján.

La seguridad le salió falsa. Clara no contestó.

—No abras el armario.

Luján ya estaba delante. No abrió en seco.

Eso solo pasaba en las películas y en las decisiones de gente idiota.

Apoyó los dedos en el tirador y escuchó.

Nada se movió. O todo. El pulso en los oídos.

La respiración de Clara. Nerea tragando saliva.

Un coche pasando en la calle. Una tubería quejándose en algún punto de la casa.

Tiró. La puerta se deslizó con un roce áspero.

Dentro había abrigos, vestidos viejos y cajas en la parte superior. Nada se movió: ningún cuerpo encogido, ninguna mano, ninguna respiración ajena. Aun así, no sintió alivio. Porque el armario no tenía el desorden de siempre. Las prendas colgaban por colores, y su madre no ordenaba por colores.

Podía guardar recibos de hacía quince años y discutir por un paquete de pilas, pero su armario era un caos de perchas distintas, bolsas dobladas y chaquetas metidas a presión.

Allí, en cambio, los abrigos oscuros estaban juntos, luego las blusas, luego las batas.

Separadas. Corregidas. Pasó los dedos entre las prendas: tela, roce, un resto mínimo.

Tela. Detrás de una bata azul había un hueco.

No grande. Suficiente para que alguien hubiera metido una mano. O algo.

Al fondo, apoyada contra la pared interior del armario, encontró una bolsa blanca. La sacó. Era una bolsa de farmacia. Vacía. No del todo. Dentro quedaba un ticket arrugado. Clara dio un paso.

—¿Qué es?

Abrió el papel con cuidado. Farmàcia Roca. Vilanova i la Geltrú. Fecha de hacía tres días. Compra: gasas, alcohol, pilas AAA, guantes de nitrilo. Luján leyó una vez. Una más. Pilas. Volvió a encajar con la lista de la cocina. Leche, caldo, manzanas, pilas. Pero las pilas ya estaban compradas.

—Mamá compró esto —dijo Nerea.

—O alguien lo compró por ella —dijo Clara.

Leyó el ticket. Guantes de nitrilo. Gasas. Alcohol. Pilas.

—¿Para qué quería guantes?

La habitación se quedó mal quieta. Luján arrugó el ticket sin querer.

Después se obligó a alisarlo y se lo metió en el bolsillo junto a la llave y la fotografía.

La habitación parecía encogerse. Cada cosa encontrada no abría una respuesta.

Abría otra habitación dentro de la habitación.

Otra puerta. Otra forma de quedar fuera.

Clara se acercó a la ventana. La comprobó con dos dedos.

—Está cerrada.

—¿Por dentro?

—Sí.

Movió el cierre. La pieza metálica respondió con un clic suave. Suave de más. Clara frunció el ceño.

—Está mal encajada.

Luján fue hacia ella. La ventana daba a un patio interior estrecho, con ropa tendida, aparatos de aire, macetas medio muertas y paredes desconchadas. Una vecina había colgado sábanas oscuras en el piso de enfrente. El patio olía a humedad, a comida recalentada y a lejía.

—¿Se puede entrar por aquí? —preguntó Nerea desde atrás.

Clara negó.

—No sin matarte.

Miró abajo. Había una cornisa estrecha. Tuberías.

Un patio lleno de cosas inútiles. En otro momento habría pensado lo mismo que Clara: imposible.

Pero esa mañana la palabra imposible había perdido fuerza.

En el marco de la ventana había una marca.

Poca. Una línea hecha por dedos. Luján no la tocó. Ya no hacía falta.

—No entraron por aquí —dijo Clara, aunque no sonó convencida.

—No he dicho que entraran.

—Entonces ¿qué?

Miró el marco. La marca estaba en la parte interior. Como si alguien hubiera apoyado la mano al cerrar.

—Salieron.

Nerea se apartó de la cama.

—No lo digas así.

—¿Por qué?

—Porque entonces estaba aquí cuando nosotras ya habíamos entrado.

La casa hizo un crujido bajo. Clara miró al pasillo.

El despacho seguía abierto al fondo. Las habían dejado entrar.

Era una posibilidad física. Alguien pudo estar en la casa cuando ellas llegaron.

Pudo oírlas hablar en la cocina. Pudo escucharlas discutir sobre llamar a Mateo.

Pudo quedarse inmóvil en aquella habitación mientras Luján abría el despacho.

Pudo esperar a que estuvieran dentro para moverse.

Pudo salir por la ventana. O seguir en la casa.

Miró hacia el techo. No era momento de buscarle lógica.

Las casas viejas tienen ruidos arriba, abajo, dentro de las paredes. Aquella no. Aquella se había quedado escuchando. Eso tampoco tranquilizaba.

—Nos vamos —dijo Clara.