Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #3
11%

CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #3

Su madre se llamaba Carmen, sí, pero odiaba las iniciales bordadas.

Decía que eran de gente que necesitaba ver su nombre hasta en los mocos.

Luján lo sabía porque Clara le regaló una vez un juego de pañuelos antiguos en un cumpleaños y su madre los guardó sin estrenarlos en un cajón, con una mueca.

Luján sostuvo el pañuelo un momento antes de sacarlo. Pesaba poco.

Con todo, sintió que había un tirón dentro capaz de cambiar la habitación. Lo abrió sobre la mesa. Una llave pequeña, lisa, sin marca visible. Debajo, una fotografía. Tardó en cogerla.

La fotografía estaba boca abajo. El papel era grueso, de esos revelados antiguos con borde blanco. Tenía una esquina doblada y una mancha en el reverso. Luján tocó primero la llave, realmente fría.

De taquilla, quizá. De buzón. De caja. De una cosa que podía pasar años escondido sin pedir espacio.

Luego cogió la foto. Era su madre. Más joven.

Pelo oscuro. Cara menos afilada. Una sonrisa abierta, casi descarada.

Feliz. A Luján se le endureció la cara. Detrás: pared sin color, pasillo o sala vacía. Luz blanca.

—No he visto esa foto en mi vida —murmuró Nerea.

Luján le dio la vuelta. Una fecha. Un número escrito debajo, casi escondido en una esquina.

B-17.

Y una palabra añadida después, con un trazo distinto: Perdón. Clara tardó en respirar.

—Eso no es de mamá.

—La letra sí.

Abrió la boca. La lengua le raspó contra los dientes, seca, con gusto a mueble viejo. Perdón. No “lo siento”. No “perdóname”. Solo perdón. Giró la foto de nuevo. Miró la cara de su madre. La sonrisa. La luz blanca detrás.

—¿Dónde está? —preguntó.

—¿Qué?

—El sitio. ¿Dónde está hecha?

Clara se acercó lo justo para mirar, pero no tocó la foto.

—No lo sé.

—Parece un hospital —dijo Nerea.

Las tres se quedaron quietas. Volvió: hospital.

Ya estaba en la libreta. En la casa. En el olor.

En la muerte reciente. En el cuerpo de su madre esperando una identificación en Sant Pere.

Guardó la llave y la fotografía en el bolsillo.

El metal golpeó contra el móvil. Ese sonido pequeño le trepó por la espalda.

El móvil vibró. Las tres miraron hacia su bolsillo.

Luján lo sacó. Número desconocido. Tampoco era una llamada. Mensaje.

Ya estás dentro.

El despacho se estrechó. Nerea leyó por encima de su hombro y soltó un sonido roto. Clara le quitó el móvil de la mano.

—Ahora sí llamamos.

—Ni hablar.

—Luján.

—No desde aquí.

—¿Estás escuchándote?

—Sí. Y estoy escuchando la casa.

Clara no se movió. Fue entonces cuando lo oyeron.

Un roce bajo, arrastrado, junto al suelo.

El ruido venía de otra parte. O quizá sí.

Era difícil saberlo en una casa vieja, con pasillos estrechos y madera que llevaba años repitiendo sonidos de otros días.

Pero aquello no fue un crujido normal. No fue la nevera, ni una tubería, ni una persiana movida por el viento.

Fue un roce: tela contra suelo, suela o una mano.

Notó la llave contra el muslo, dura bajo la tela.

El ruido volvió, cerca y torpe. Como alguien moviéndose rápido y corrigiendo tarde.

—¿Lo habéis oído? —preguntó.

Nerea asintió, pálida. Clara se separó del escritorio.

—Puede ser la vecina.

—La vecina vive arriba.

—La casa hace ruidos.

—Ese no.

Durante unos segundos se quedaron clavadas. Después, nada. Y ese nada pesó más. Dio un paso hacia la puerta. Luego otro.

El pasillo quedaba justo fuera, en esa franja que no se veía del todo desde dentro.

Las fotos familiares seguían en la pared, torcidas apenas, todas esas versiones viejas de ellas mirando hacia una mañana que ya no les pertenecía.

Se detuvo en el umbral. Primero vio el suelo.

Luego el tramo de pared. Después el fondo.

Ni rastro. La puerta del dormitorio de su madre estaba cerrada.

O eso creyó al principio. Entonces notó la línea negra.

Una rendija mínima. Clara también la vio.

—Yo la he cerrado —dijo.

Lo dijo muy bajo. Luján no apartó la vista de aquella rendija.

—¿Seguro?

Clara tardó en contestar.

—Sí.

Ninguna quiso comprobarlo.

—A lo mejor no encajó bien.

—Clara cierra las puertas hasta cuando no quiere cerrarlas —dijo Luján.

No tenía nada de broma. Clara no sonrió.

La casa ya no olía igual. Aquel orden ajeno no venía de su madre ni de una habitación cerrada.

Era más reciente, más colocada. Como en su piso.

Como en la taza limpia. Como en la manta doblada.

Dio otro paso. El suelo crujió bajo su pie.

Desde el fondo de la casa respondió un golpe pequeño.

Seco. Dentro del dormitorio. Nerea se tapó la boca. Clara susurró:

—Lu.

La mano se le cerró sola dentro del bolsillo. En la pantalla seguía encendido: Ya estás dentro. Miró la puerta entornada del dormitorio. Después el despacho abierto a su espalda. La libreta. Las páginas arrancadas. La foto.

B-17.

Perdón.

Y una certeza mala: no habían entrado ellas. Las habían dejado entrar.

—Hay alguien —dijo.

Y salió al pasillo.

***

La puerta del dormitorio de su madre estaba entornada. Clara la había cerrado. Luján lo recordaba: los dedos en la madera, el gesto rápido, hasta el fondo. Ahora quedaba una línea negra entre puerta y marco. Muy poca cosa. Bastante.

—Lu —dijo Clara.

En la pantalla seguía encendido:

Ya estás dentro.

Nerea respiraba rápido por la nariz, procurando no hacer ruido.

Luján descubrió que ella tampoco respiraba.

El pasillo olía distinto. Antes era una casa cerrada.

Ahora había otra cosa, breve y casi humana; parecía que alguien hubiera pasado pegado a ellas.

Se fue enseguida, o quizá su nariz se acostumbró, pero ya había estado allí.

—Yo la cerré —susurró Clara.

No lo dijo para convencer a Luján. Se lo dijo a sí misma.

Dio un paso. El suelo crujió bajo su pie.

La rendija siguió quieta. Podía ser corriente.

Una puerta mal encajada. Una casa vieja.

Pero desde el dormitorio llegó un sonido.

Pequeño. Seco. No fue un golpe fuerte ni el ruido claro de una silla moviéndose.

Fue menos que eso. Un roce contenido. Un error.

Como cuando una persona intenta no hacer ruido y precisamente por eso lo hace.

—¿Qué haces? —preguntó Clara.

Prefirió no responder. Empujó la puerta antes de perder valor. Cedió sin ruido. Aquello la dejó peor.

Una puerta vieja tenía que quejarse. La de su madre se quejaba siempre, un gemido corto en la bisagra inferior.

Luján lo recordaba de niña, cuando pasaba por delante de noche y la oía abrirse desde su habitación.

Su madre entrando al baño. Su madre yendo a la cocina.

Su madre levantándose a comprobar algo que nadie más sabía que había que comprobar.

Esa vez no sonó. Alguien la había abierto antes.

O la había dejado preparada. Luján entró.

El dormitorio estaba ordenado mal, sin parecer suyo.

La colcha estaba lisa, la lámpara junto a la cama, la persiana a media altura.

La chaqueta gris seguía en el respaldo de la silla y las zapatillas de su madre, colocadas debajo, tenían las puntas perfectamente alineadas.

Ningún cajón abierto. Ninguna prenda caída.

Ni un vaso de agua. Ni un papel. Ni un pliegue fuera de lugar.

Alguien había dejado la habitación con un cuidado que no era cariño.

Ahí estaba la ofensa: en la colcha lisa, en las zapatillas alineadas, en la lámpara puesta donde tocaba.

La cama le hizo daño, no por vacía, sino por hecha.

Avanzó un paso. Olía a cerrado, a ropa usada y a esa colonia barata que su madre se ponía incluso para estar en casa, dulce y pasada, de perfumería de barrio.

Eso tendría que haberla roto. Estuvo a punto de tocar la colcha y retiró la mano antes. Lo que la partió fue lo de abajo.

Debajo persistía un fondo seco, industrial, pegado a la lengua. No era olor de dormitorio. Tampoco de ausencia. Era el mismo aviso sucio de su piso. Otra vez.

—No entres más —dijo Clara desde la puerta.

Giró apenas la cabeza. Clara estaba en el umbral, rígida, con una mano apoyada en el marco.

No quería entrar. Se le notaba en todo el cuerpo.

El dormitorio era de su madre con una intimidad que el despacho nunca tuvo.

El despacho imponía miedo. La habitación imponía otra cosa.

Una intimidad que, muerta la persona, se volvía casi indecente.

Nerea se quedó detrás de Clara. Más pequeña. Más joven.

Con la sudadera torcida y la cara hinchada, parecía una adolescente a punto de pedir permiso para algo.

—¿Ves algo? —preguntó.

Se lo guardó. Rodeó la cama. El pie torcido le mandó una punzada hasta la rodilla.

Se agarró al colchón por instinto y retiró la mano al instante: la tela estaba helada.

Retiró la mano igual que si quemara. Se quedó mirando el punto exacto donde había apoyado los dedos.

La colcha no conservaba la forma de su mano ni se hundía; era una tela, una cama vacía, y aun así aquella sensación le había subido por el brazo con una claridad absurda.

—Lu —dijo Clara.

Esta vez su voz tenía miedo. Miró al otro lado de la cama.

Entonces la vio. Bajo el somier, asomaba una zapatilla.

Aquello no pertenecía a su madre. Ni de lejos.

Era una zapatilla fea, barata, con la puntera vencida y la suela gastada.

Nada que ver con la casa de su madre. El tipo de calzado que una no mira dos veces si lo ve tirado junto a un contenedor.

Pero estaba debajo de la cama de su madre. Luján se agachó.

—No la toques —dijo Clara.