CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO #2
—Esto no es normal. Ya sé que suena idiota decirlo, pero no lo es.
—Gracias —dijo Luján—. Me estaba costando ubicarlo.
Nerea no se molestó. Estaba pálida de verdad para eso.
—¿Has llamado?
—No me atreví.
La sinceridad se le escapó sin permiso. Luján la odió al instante. Clara sostuvo su mirada.
—¿Por qué?
Guardó el móvil.
—Porque si alguien quería que supiera que había estado allí, ya lo ha conseguido.
El despacho dejó de parecer una falta de respeto y empezó a parecer una urgencia.
Ahora las dos estaban detrás. Clara junto a la cocina, rígida, con los brazos cruzados.
Nerea un poco más atrás, con los dedos perdidos en la costura de la sudadera.
Ninguna de las dos quería ir hacia el pasillo. Ninguna quería quedarse. Avanzó.
El pasillo era estrecho, lleno de fotografías antiguas.
Comuniones, cumpleaños, una playa de Vilanova con sombrillas torcidas por el viento.
Clara con flequillo. Luján con las rodillas peladas.
Nerea en una foto añadida años después, ya adolescente, comiendo un helado sentada en el suelo del comedor igual que si aquella casa fuera suya también.
Su madre aparecía en varias imágenes, pero casi siempre en el centro de algo y al mismo tiempo lejos.
La sonrisa justa. El cuerpo un poco ladeado.
La mirada pendiente de otra cosa. Había una foto de las tres delante del mar. Luján, Clara y su madre.
No recordaba quién la había hecho. Tampoco esa sonrisa de su madre, abierta, pillada antes de ponerse seria. Le molestó verla así. Le molestó no haberla conocido de esa manera. Se detuvo frente a la puerta del despacho. El pomo estaba frío. Tardó en girarlo.
De niña había imaginado muchas veces lo que habría dentro.
Cajas llenas de dinero. Cartas de un amante.
Papeles de una vida secreta. Una pistola.
Tonterías de niña con televisión de más y muchas horas sola.
Luego creció y dejó de imaginar. El despacho pasó a ser solo una habitación donde su madre entraba para no ser madre un rato.
Ahora la puerta parecía más alta. O ella más pequeña.
—Lu —dijo Clara.
Le llegó sin tono de orden. Le raspó dentro.
Giró el pomo. La puerta cedió sin resistencia.
Cedió con una facilidad que no tocaba, y Luján quedó en el umbral.
La silla estaba alineada con el escritorio.
Recta de más, casi ofensiva. Su madre siempre dejaba algo mal puesto: una chaqueta en el respaldo, un recibo doblado, una taza con una marca de café, un bolígrafo mordido.
Allí no había nada que pareciera usado por una persona.
Una casa cerrada no se queda tan perfecta: el polvo se acumula, los papeles se curvan, la humedad mueve las cosas de sitio.
Allí no. Allí alguien había pasado la mano.
Y no para limpiar. Luján entró. El suelo crujió bajo su peso.
Las tres se quedaron paradas. Solo respondió la casa, con ese quejido mínimo de madera vieja que no explicaba nada.
El despacho olía a papel antiguo y a pasillo cerrado.
No a lejía. No a limpieza doméstica. Había algo clínico en aquel aire, algo que no pertenecía a una casa.
La persiana estaba bajada hasta la mitad.
Una línea de luz partía el escritorio en dos.
Había estanterías a ambos lados, carpetas viejas, libros médicos que Luján no recordaba haber visto, archivadores sin etiqueta, una caja de lata encima de un mueble.
En una silla auxiliar descansaba una manta doblada.
Su madre no usaba mantas en el despacho. Ni siquiera cuando hacía frío.
Decía que las mantas eran para enfermos y para gente que se rendía. Se acercó al escritorio. La libreta estaba abierta. El bolígrafo, al lado, sin tapa. Su madre no hacía eso.
Su madre podía tener media casa hecha un campo de batalla, pero jamás dejaba un bolígrafo sin tapar.
“Luego se secan”, decía. Parecía que un bolígrafo seco fuera una tragedia evitable en un mundo lleno de tragedias inevitables.
Luján se inclinó. La letra era suya. La reconoció al instante.
Pero estaba mal. Apretada. Torcida. Escrita con una prisa que no parecía de ella.
En la última línea se leía Hospital. La ele final quedaba cortada, igual que si la mano se hubiera detenido antes de terminar. Sujetó la página con dos dedos.
—¿Qué significa esto?
—Estaba así cuando llegué —dijo Clara desde la puerta.
No había entrado. Seguía apoyada en el marco, con los brazos cruzados y la cara deshecha.
La frontera invisible del despacho aún funcionaba en ella.
Pasó la página. Citas médicas. Horarios.
Pastillas. Una anotación sobre tensión arterial.
Otra sobre una llamada pendiente. Números sin nombre.
Iniciales. Un círculo alrededor de una fecha de la semana anterior.
Otra página. La compra: caldo, leche, manzanas, pilas. Otra.
La letra se iba encogiendo, cada vez más torcida y apretada.
Había urgencia. O miedo. O una rabia que apretaba cada palabra contra el papel.
Luján se detuvo en una línea. Ella dijo que volvería.
La leyó una vez. Después otra. Aquella frase no pintaba nada en una libreta de pastillas.
Rozó el borde de la hoja. El papel raspó un poco. Apretó hasta doblar la esquina.
—¿Quién dijo eso?
Clara hizo un ruido breve.
—Ni idea.
Sonaba cansada. Nada más. Pero no sorprendida del todo. Levantó la mirada.
—¿Lo habías visto?
—No lo había visto.
—Clara.
—He dicho que no.
—Lo has dicho muy rápido.
Clara entró un paso. Solo uno.
—Porque hoy todo lo que digo parece una prueba contra mí.
Nerea entró sin avisar. No se acercó al escritorio. Recorrió con la vista las estanterías, la manta, la libreta abierta, el suelo.
—Tu madre me daba miedo cuando entraba aquí —dijo.
Luján alzó la vista. Nerea se arrepintió un poco, pero ya era tarde.
—No miedo de verdad. No sé. Entraba aquí y era otra.
Clara dejó los ojos en cualquier parte menos en ella.
—Cambiaba.
Aquella palabra abrió una cosa vieja. Cambiaba.
Luján también lo recordaba. Su madre podía estar en la cocina discutiendo por una factura o cortando pan con una fuerza seca, y al entrar en el despacho se le afinaba algo en la cara.
Salía más tarde con los labios apretados, las manos limpias, los ojos lejos.
Como si dentro hubiera hablado con alguien que no admitía errores.
—¿Y nunca preguntasteis? —dijo Luján.
Clara soltó una risa sin forma.
—Claro que preguntamos. Una vez. Luego aprendimos.
Nerea se quedó mirando sus manos.
—Una vez me pilló mirando una carpeta.
Giró hacia ella.
—¿Cuándo?
—No sé. Tendría quince años. O dieciséis. Estaba aburrida. Vosotras discutíais en la cocina y yo entré porque la puerta estaba abierta. Solo vi papeles. Ni siquiera entendí nada. Pero ella apareció detrás y…
Se calló.
—¿Y qué? —preguntó Luján.
Nerea se pasó la lengua por el labio inferior. Tenía una grieta pequeña.
—No gritó. Eso fue lo raro. Me cogió la carpeta de las manos y me dijo que hay puertas que se abren una vez y luego ya no se cierran bien. Me lo dijo así. Parecía que estuviera hablando de una ventana mal aislada.
Clara miró la manga de su chaqueta un segundo.
Luján volvió a mirar la libreta. Puertas que se abren una vez.
Luego ya no se cierran bien. Pasó otra página.
Estaba arrancada. La siguiente también. La tercera, peor.
El papel tenía fibras levantadas y un borde irregular.
No estaba cortado. Lo habían arrancado con prisa, con rabia o con una mano que temblaba.
Quedaban pedazos minúsculos sujetos a la espiral.
—Esto no lo ha hecho ella —dijo Clara.
—No lo sabes.
—Sí lo sé. Mamá cortaba las etiquetas de la ropa con tijeras para no estropear la costura. No arrancaba páginas así.
Luján no le contestó. Clara tenía razón.
Pasó la página siguiente: vacía, solo a medias.
En la esquina inferior había una marca muy tenue.
Como si alguien hubiera apoyado encima otra hoja y escrito con fuerza.
Luján acercó la libreta a la luz. Se veía apenas el hundimiento de unas letras.
No palabras completas. Trazos. Una curva. Un número quizá.
—Trae un lápiz —dijo.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Un lápiz. De esos de toda la vida.
Nerea reaccionó antes. Abrió un cajón pequeño de una estantería, luego otro.
Encontró un lápiz mordido, corto, y se lo dio.
Pasó la mina de lado, lento, sobre la página.
Al principio no apareció nada. Luego una sombra.
Luego un trazo. No daba para leer una frase completa.
Sí para distinguir algo. Solo eso, o parte de eso: un uno y un siete.
Dejó de mover el lápiz. Clara se acercó otro paso.
—¿Qué pone?
—Aún no.
Pero sí lo sabía. O no lo sabía y aun así le dio miedo.
Diecisiete. Se le quedó en la cabeza como una chincheta.
Pasó la página. Durante un momento no cupo nada más en la habitación.
Abrió el primer cajón del escritorio. Vacío.
El segundo también. Ni una factura vieja.
Ni clips. Ni recibos. Ni sobres usados. Nada.
Su madre guardaba cosas. Recetas caducadas, cargadores de teléfonos que ya no existían, garantías de electrodomésticos muertos, bolígrafos sin tinta, llaves que nadie sabía de dónde eran.
Su madre no dejaba cajones vacíos. Abrió el tercero.
Ahí estaba. Un pañuelo doblado con cuidado.
Blanco, amarillento en los bordes, con una inicial bordada que Luján tardó en reconocer. C. Aquello no pertenecía a su madre.