Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO
7%

CAPÍTULO 3 — EL DESPACHO

Dentro, la casa no olía solo a cerrado. Bajo el polvo y la ropa guardada había un filo clínico, mal tapado, como si una habitación de hospital se hubiera quedado respirando dentro de otra casa.

Luján se quedó quieta al cruzar. No venía de un punto concreto.

Estaba en los muebles, en el pasillo, en la garganta.

Clara cerró con llave. El pestillo dio un golpe final.

Dejó el bolso en una silla del comedor. Luego lo volvió a coger. No sabía dónde poner nada. El bolso era suyo, pero encima de esa silla parecía una falta de respeto, como dejar una bolsa de supermercado sobre un cadáver.

—¿Te han dicho otra cosa? —preguntó.

Clara tardó en contestar. Tenía una mano aún en la llave, los nudillos blancos.

—Que fue rápido.

—Eso no significa nada.

—Ya lo sé.

La cocina estaba igual que siempre y no lo estaba.

La mesa pequeña con el hule claro. Las tazas boca abajo junto al fregadero.

El calendario de la farmacia con una cita médica marcada en rojo.

Un imán de Sitges sujetaba una lista de la compra escrita con letra de su madre: leche, caldo, manzanas, pilas.

Pilas. Se le quedó dentro. Le dio rabia no poder soltarla.

Era una palabra pequeña, fea, de cajón de cocina. Pero la letra de su madre estaba ahí, apretada al final. Todavía parecía haber tiempo para abrir un paquete de pilas, cambiar un mando, arreglar una tontería. Se fijó en el reloj: seguía parado en las once y veinte.

—No he podido entrar en su habitación —dijo Clara.

La soltó sin aviso.

—¿Por qué?

Clara volvió la cara hacia el pasillo.

—Porque está su chaqueta.

En el respaldo de una silla, junto a la ventana del comedor, seguía colgada la chaqueta de punto gris.

La de siempre. La que su madre se ponía incluso cuando no hacía frío.

Tenía un botón distinto a los demás porque una vez perdió el original y se negó a cambiar todos.

Luján se acordaba de sus dedos cosiendo aquel botón.

Pequeños, rápidos, impacientes. “No se tira una chaqueta por una tontería.” Pasó de largo sin tocarla.

Porque tocarla era admitir que dentro ya no había nadie. Solo lana, olor y forma.

Fue hasta el fregadero, abrió el grifo y llenó un vaso. El agua salió primero con un golpe de aire y luego clara en apariencia. Le supo a tubería cerrada, a metal viejo. Bebió un trago y tragó mal. Clara la miraba desde el otro lado de la cocina.

—¿Has dormido?

Luján soltó un sonido sin ganas.

—¿Eso importa ahora?

—Importa si vas a hacer ver que puedes con todo.

—No empieces, Clara.

—No he empezado nada.

—Tienes cara de haber empezado hace rato.

Clara se fijó en sus propias manos. Tenía una uña rota. Luján se fijó en eso y le molestó. Su hermana siempre llevaba las uñas cortas, cuidadas, funcionales. Una uña rota en Clara quería decir algo. Luján no supo qué, pero le molestó haberla visto.

—Me llamaron a mí —dijo.

Dejó el vaso sobre la encimera.

—Porque estabas más cerca.

—Porque yo cogí el teléfono.

Aquello quedó entre las dos. A Luján le subió una réplica rápida y venenosa.

Que Clara siempre quería ser la buena. Que no hacía falta pasar factura tan pronto.

Que si la habían llamado era porque ella estaba en Sant Pere, porque era la hija práctica, la que sabía hablar con médicos sin ponerse a la defensiva, la que no convertía cada conversación en una herida.

Se tragó la respuesta. Cualquier cosa que dijera iba a empeorarlo.

Clara apoyó las manos en la encimera. Luján sostuvo el vaso sin beber.

La nevera hizo un ruido bajo. En la calle pasó una moto.

—¿La has visto? —preguntó Luján.

Clara negó despacio.

—No todavía.

—¿No?

—Tengo que ir al hospital. Hay que firmar cosas. Identificación. Funeraria. No sé. Me han dicho tantas palabras que no me acuerdo de ninguna.

Ahí sí se le quebró algo en la voz. Muy poco. Pero Luján lo oyó. Clara se tocó la frente con dos dedos, intentando sujetar una idea que no se dejaba.

—Me han dado un número. Tengo que llamar antes de las diez.

—¿A quién?

—No lo sé, Luján. A alguien que recoge cuerpos.

La palabra cuerpos quedó sobre el hule de la mesa, fea y administrativa.

Miró de nuevo la chaqueta gris. Era su madre.

Insoportable. Viva en las manías que había dejado: sobres vacíos, el despacho cerrado, la forma de decir Luján cuando ya no le quedaba paciencia.

Pero en Sant Pere alguien ya la había convertido en trámite.

Una bolsa. Una firma. Luján se llevó el vaso a la boca y no bebió.

—Ha pasado algo en mi piso —dijo.

Clara alzó la vista. La taza limpia, la luz, la llamada y el mensaje se mezclaron en la boca con un sabor metálico. Sacó el móvil. No abrió el mensaje. Todavía no. Primero enseñó el historial. 6:03 — Desconocido (00:47). Clara leyó la pantalla. Después la miró.

—¿Contestaste?

—No me acuerdo.

—¿Cómo que no te acuerdas?

—Eso. Que no me acuerdo.

—¿Estabas dormida?

—Ni idea.

Clara tomó el móvil con cuidado, con el cuidado con que se toca una prueba que no quisiera contaminar.

—Cuarenta y siete segundos.

—Ya lo he visto.

—Igual lo cogiste sin darte cuenta.

—Igual.

—Lu…

—No me hables igual que si estuviera buscando drama. Mi piso estaba cambiado.

Clara no se movió.

—¿Cambiado cómo?

Miró al pasillo de la casa de su madre. Desde la cocina se veía una parte estrecha, con las fotos viejas en la pared y la puerta del despacho al fondo. Cerrada. Siempre cerrada.

—Ordenado —dijo.

Clara no respondió.

—La taza limpia. Las llaves colocadas en la cocina. La manta doblada. El vaso del baño girado. La luz encendida cuando ya estaba en la calle. Y un mensaje.

Ahora sí lo abrió.

La frase seguía ahí.

Clara no dijo nada durante varios segundos. Eso asustó más a Luján que si hubiera dicho estás loca.

—¿Quién te ha enviado esto?

—Número desconocido.

—¿Has contestado?

—Que yo sepa, no.

—¿Has llamado?

—Tampoco.

Clara le devolvió el móvil despacio. Había perdido un poco de color.

—Tenemos que llamar a los Mossos.

—¿Y decir qué? ¿Que alguien me ha doblado la manta?

—Que alguien ha entrado en tu piso.

—No puedo demostrarlo.

—¿Y el mensaje?

—El mensaje dice que llego tarde. No dice “hola, soy el intruso”.

Clara miró la mesa.

—No empieces con el sarcasmo, por favor. Hoy no.

—Es lo único que aún me funciona medio bien.

—Pues apágalo un rato.

Luján estuvo a punto de contestar. No pudo.

Clara tenía miedo. Lo vio en la manera en que se había llevado dos dedos al borde de la chaqueta, justo donde de niña se quedaba quieta cuando Carmen subía el tono.

Clara hacía eso de niña, cuando su madre subía el tono y todavía no sabían si habría gritos o solo silencio.

—¿Quieres que llame a Mateo? —preguntó Clara.

Luján retiró la mirada.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué está pasando.

—Precisamente por eso.

—Mateo no es policía, Clara. Ni santo. Ni solución universal.

—Tampoco. Pero al menos coge el teléfono.

La frase tocó una cosa que no quería mirar.

Antes de que pudiera responder, sonaron las llaves en el portal.

Las dos se quedaron quietas. No fue un susto limpio.

Fue una tensión inmediata, animal, nacida de la misma raíz que la luz encendida en el tercer piso.

Pasos en la escalera. Rápidos, torpes. Un golpe contra la barandilla.

Alguien murmurando una maldición. Clara aflojó la boca, apenas.

—Es Nerea.

Luján no se relajó del todo. Nerea entró despeinada, con una sudadera encima del pijama y el móvil aún en la mano.

Venía desde Sant Feliu de Llobregat con la cara pálida, los ojos hinchados y unas zapatillas mal puestas, sin calcetines.

La puerta se le quedó abierta detrás y Clara tuvo que ir a cerrarla.

Hermana de sangre, no. Carmen nunca la había llamado así, y quizá por eso Nerea había aprendido a ocupar la casa por los bordes: trayendo bolsas, quedándose a cenar, escuchando discusiones ajenas desde el sofá.

Esa mañana también le tocaba una parte del duelo, más torpe, sin apellido, pero real.

La pregunta se le quedó en la lengua. Primero miró a Clara, después a Luján, después a la casa, igual que si esperara que la ausencia estuviera sentada en algún sitio.

Besó a Clara en la mejilla. Luego abrazó a Luján con una torpeza sincera, primero fuerte y luego mal, floja de golpe.

—Lo siento —murmuró.

A Luján le molestó la frase. También la necesitó. Se separó enseguida. Nerea se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—No sabía qué traer. He salido sin… No sé. He dejado el coche fatal. Creo que he aparcado en una esquina que no se puede.

—Da igual —dijo Clara.

—No da igual si se lo lleva la grúa.

—Nerea.

—Ya. Perdón.

El temblor de su voz hizo que Luján mirara al suelo. No podía con Nerea rota encima de todo.

—Hay que mirar el despacho —dijo Luján.

Clara alzó la cabeza.

—Ahora no.

—Sí. Ahora.

—Acaba de morir, Lu.

—Precisamente.

Nerea pasó la vista de una a otra. No se metió, pero su cara cambió al oír el despacho.

—Mamá no dejaba entrar ahí a nadie —dijo Clara.

—Ni a ti.

—Entonces espera.

—¿A qué? ¿A que alguien vuelva y lo limpie mejor?

Clara se tensó. Luján notó la punzada del pie torcido al apoyar el peso. Ese dolor le trajo de pronto la sábana fría, el móvil fuera de sitio, la taza limpia, la luz apagándose desde la calle.

—Alguien entró en mi piso mientras dormía —dijo.

Nerea dejó las llaves sobre la mesa sin darse cuenta. Clara cerró un momento los ojos. Aquella frase le había dado por dentro, aunque ya la hubiese oído.

—¿Qué? —preguntó Nerea.

Sacó el móvil otra vez y le enseñó el historial. Después el mensaje. Nerea leyó la pantalla.

El aviso seguía ahí.

La mano hizo un gesto inútil en el aire y volvió.

—¿Quién sabe que tu madre…?

—No lo sé.

—¿Pero el mensaje te llegó después de la llamada de Clara?

—Sí.

—¿Y antes habías hablado con ese número?

—Nunca.

Nerea miró a Clara.