CAPÍTULO 2 — LA CASA DE LA MADRE
La casa de su madre siempre había tenido un centro prohibido: el despacho.
No hacía falta llave. Ni cartel. Ni una amenaza dicha en voz alta.
Bastaba con la forma en que Carmen cerraba aquella puerta al salir, ese gesto corto de muñeca, sin violencia, sin portazo, pero con algo definitivo.
La mano en el pomo, el hombro apenas vuelto, la mirada de reojo si alguna de ellas andaba cerca.
Un segundo. Menos. Lo suficiente para dejar claro que aquella habitación no pertenecía al resto de la casa.
Luján lo había aprendido de pequeña sin que nadie se lo explicara.
La cocina era de todos. El comedor, también.
El baño, con sus normas absurdas y sus toallas que nadie doblaba bien, era territorio común.
Incluso el dormitorio de su madre tenía una parte doméstica, humana, permitida: la chaqueta gris sobre la silla, las zapatillas junto a la cama, las cremas baratas encima de la cómoda.
El despacho, no. El despacho era otra cosa.
La puerta estaba al final del pasillo. Cerrada.
Igual que siempre. Pero antes tuvo que atravesar la carretera, la mañana y aquella frase.
No llegues tarde esta vez.
La había leído dentro del coche, todavía aparcada en la calle València, con el motor sin arrancar y las puertas bloqueadas.
Primero una vez. Luego otra. Luego tantas que las letras dejaron de ser frase y se volvieron manchas negras sobre una pantalla de brillo hiriente.
Número desconocido. La frase seguía allí, pegada a la conducción.
Durante unos segundos pensó que podía ser una broma cruel.
Algún error. Una de esas frases que llegan al teléfono equivocado y te rozan la vida sin querer.
Pero nadie se equivoca tan bien. Nadie escribe una frase así a una mujer cuya madre acaba de morir, justo después de una llamada de cuarenta y siete segundos que no recuerda haber contestado y de una luz encendiéndose en su piso cuando ella ya estaba en la calle.
Había estado a punto de llamar al número.
El dedo llegó a rozar la pantalla. Apartó el dedo antes de hacerlo.
Una parte pequeña y muy antigua de ella le dijo que no. Que, si contestaba, si devolvía la llamada, si aceptaba aquella conversación, estaría entrando en un sitio del que no sabría salir. Así que arrancó y condujo, o algo parecido.
La C-32 se le quedó pegada a los ojos a trozos: semáforos en Barcelona, un coche pitándole porque tardó más de la cuenta en salir, la incorporación tomada con una brusquedad que no recordaba haber decidido, túneles, roca clara del Garraf, el mar apareciendo a ratos al otro lado, bajo y sin brillo.
En algún tramo no supo si había cambiado de carril o si el coche había seguido solo por pura costumbre.
Las manos le dolían de apretar el volante.
El pie torcido protestaba cada vez que movía el embrague y aun así casi agradecía esa punzada.
Le recordaba que seguía teniendo cuerpo, no solo una cabeza repitiendo una frase.
Esa vez también falló. La última vez que había visto a su madre viva, también había fallado.
No falló según el reloj. Falló de la otra manera: con el abrigo puesto, el bolso colgado y la cabeza en otra parte; entrando en una habitación de hospital, mirando primero el móvil y sentándose diez minutos mientras pensaba, sin querer pensarlo, cuánto quedaría para poder irse.
Su madre la había mirado desde la cama con los labios secos y la cara hundida.
—No hagas esa cara, Luján.
—¿Qué cara?
—La de estar deseando que termine.
Luján había soltado una risa fea, defensiva.
—No empieces.
—Yo ya he empezado muchas cosas. Tú eres la que siempre llega al final.
Después discutieron por una bolsa de medicamentos, por una bata, por una llamada que Clara sí había hecho y Luján no.
No recordaba el orden exacto. Recordaba los ojos de su madre.
Eso sí. Oscuros, brillantes, aún mandando.
Recordaba que le dijo que volvería al día siguiente.
Recordaba que no volvió. La culpa hizo el resto.
Cuando entró en Vilanova i la Geltrú, la ciudad todavía estaba a medias.
Persianas bajadas, portales húmedos, una señora cruzando con una bolsa de pan apretada contra el pecho, dos adolescentes con mochilas y sueño esperando en una esquina.
El aire era distinto al de Barcelona. Más abierto.
Más salado. Con ese fondo de calle vieja, ropa tendida y mar cercano que de niña le gustaba y después empezó a molestarle porque olía a casa y ya no sabía soportarlo. Aparcó mal. Ni corrigió.
La casa seguía cerrada por fuera como cualquier otro día.
Fachada clara, buzón gastado, la grieta fina junto al marco de la puerta.
La misma grieta desde hacía años. De pequeña la había tocado muchas veces con la uña, siguiendo el recorrido irregular, un río torcido en la pared.
Su madre siempre le apartaba la mano. Eso se ensucia.
Todo se ensuciaba, para su madre. Las manos, las paredes, los nombres, los recuerdos.
Se quedó unos segundos delante de la puerta con la llave del coche hundida en el bolsillo. La grieta seguía. La puerta seguía. Su madre no. Clara abrió antes de que llamara.
Tenía el pelo recogido de cualquier manera, con mechones escapados junto a las orejas, y la cara lavada a medias.
No llevaba abrigo. Solo una chaqueta vieja encima de la ropa de calle, una de esas prendas que una se pone sin elegir cuando la casa se ha convertido en una sala de espera.
Parecía haber salido de sí misma sin terminar de llegar a ninguna parte.
Los brazos se le quedaron pegados al cuerpo. Luján tampoco.
Se quedaron frente a frente con el umbral entre las dos.
El aire de dentro salió hacia la calle, tibio, cerrado, con polvo y ropa guardada.
Luján sintió un impulso absurdo de dar media vuelta y volver al coche; cobardía, probablemente.
Mientras estuviera fuera, aunque fuera un poco más, su madre podía seguir estando muerta en otra parte.
Si cruzaba, ya no podría seguir dejando a su madre en Sant Pere.
—Has tardado poco —dijo Clara.
La voz le raspó al salir.
—He venido por la C-32.
Era una respuesta idiota. Una respuesta de tráfico. De gente viva. Clara asintió y se apartó. Luján cruzó el umbral.