Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA
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Azul era el destino (Proyecto Azul 1)

Azul era el destino (Proyecto Azul 1)

Por Montse González Gervilla

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CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA

La llamada entró a las seis y doce. No fue la primera.

Eso lo sabría después. Luján abrió los ojos en la penumbra y tardó unos segundos en ubicar el sonido.

No venía de la mesilla. Tampoco del suelo.

El móvil vibraba enterrado entre las sábanas, insistente y estúpido, con esa insistencia idiota de los objetos que no saben nada de las desgracias.

Tenía la boca seca. El pelo pegado a la mejilla.

Una pierna fuera del edredón, entumecida hasta dolerle el hueso.

Había dormido mal, si es que a eso se le podía llamar dormir; más bien se había apagado por tramos, con el cuerpo torcido y la cabeza llena de restos: una frase de su madre, Clara diciendo “luego hablamos” y no hablando nunca. El móvil volvió a vibrar.

Lo buscó a tientas, entre una camiseta hecha un nudo, una horquilla y el borde del colchón.

Al tercer intento lo atrapó. La pantalla le quemó los ojos.

Clara. Dejó que sonara. Una vez. Dos. Tres.

Más que una decisión, fue cobardía; esos dos segundos miserables que una se roba antes de que algo se rompa del todo. Descolgó.

—¿Sí?

La respuesta sonó ronca, como si la hubiera sacado de un cajón que llevaba cerrado mucho tiempo.

Al otro lado solo había una respiración pesada, cortada, y un ruido húmedo detrás.

Podía ser una calle, un coche, un pasillo de hospital.

O Clara intentando no deshacerse antes de hablar. Luján se incorporó despacio.

—Clara… ¿qué pasa?

Su hermana tardó más de la cuenta. El silencio se alargó tanto que ya no hacía falta nada más. La tripa se le encogió con un golpe feo, animal, antes incluso de entender las palabras.

—Mamá ha muerto.

La frase cayó sobre la cama y se quedó ahí, entre la rodilla de Luján y la pantalla encendida, como un objeto que nadie se atrevía a tocar.

Mamá ha muerto. Cuatro palabras exactas, incómodamente pequeñas, para cargar con una mujer entera.

Luján miró una arruga absurda de la sábana, un pliegue torcido junto a su muslo, y el cuerpo le hizo una cosa fea: saliva espesa, un amago de náusea, la necesidad tonta de mirar otra vez la tela antes de preguntar nada.

—¿Qué hospital?

—El Hospital General del Garraf, en Sant Pere.

El nombre le entró tarde. Aun así, el término hospital le trajo el mismo golpe: suelos brillantes, máquinas respirando por otros, voces neutras diciendo cosas sucias.

—Ayer estaba estable —dijo.

No tenía claro si se lo decía a Clara, a la habitación o a la parte de su madre que todavía seguía viva en algún rincón atrasado de la mañana.

—Anoche estaba viva —respondió Clara.

La voz le llegó plana. Correcta hasta doler.

Luján se levantó más deprisa de la cuenta.

La sábana se le enredó en los tobillos, el pie torcido le falló y una punzada le subió hasta la rodilla; tuvo que agarrarse al marco de la puerta, casi agradeciendo ese dolor concreto en medio de una frase imposible.

—Voy para allá.

—Luján…

—Voy.

Colgó antes de que Clara pudiera decir algo sensato.

Se quedó de pie en mitad del dormitorio, camiseta subida, móvil en la mano, pie latiéndole dentro del calcetín.

El piso estaba oscuro, pero no del todo.

La persiana mal bajada dejaba entrar una línea pálida.

Fuera, en la calle València, una moto arrancó a trompicones y alguien habló a un volumen impropio para esa hora.

Barcelona ya estaba en marcha. A su madre se le acababa de parar todo.

Entonces volvió a notar aquella limpieza desagradable, casi metálica.

Suavizante, sudor de mala noche y, debajo, otra cosa. Giró la cabeza hacia el salón.

La manta estaba doblada sobre el respaldo del sofá.

No bien doblada. Pero doblada. Los zapatos alineados.

La silla metida bajo la mesa. La taza de la noche anterior, fregada y en su sitio.

Ella nunca metía la silla. Nunca alineaba los zapatos.

Y la taza la había dejado en la mesa baja, con cerco de café y una factura que no pensaba pagar.

Fue al baño sin encender todas las luces.

El espejo le devolvió una cara hinchada, con la marca roja de la almohada cruzándole la mejilla.

Se mojó la boca. El agua sabía a cañería vieja.

Escupió y entonces vio el vaso: de pie, con el asa hacia fuera.

Limpio sin venir a cuento. Ella siempre lo dejaba boca abajo.

Una manía absurda, sí. Clara y su madre se burlaban de eso.

Tú y tus mierdas, Luján. El vaso estaba seco. Ni una gota.

No lo tocó al principio. Luego sí. Con dos dedos. Como si pudiera morder. El cuerpo se le quedó tieso, ridículo, delante de un vaso. Su madre acababa de morir y ella estaba mirando un vaso.

Se vistió con lo primero que encontró. Vaqueros del día anterior, jersey ancho, calcetines distintos. Al tirar de una manga, una percha cayó al suelo con un golpe seco. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, pero no pasó nada.

La nevera arrancó al otro lado del piso, un zumbido bajo que le pareció insultante en aquel silencio.

Buscó las llaves en el cuenco azul y no estaban.

Al principio revolvió con cuidado, pero acabó desordenándolo todo: vació el bolso —cartera, pañuelos, recibos arrugados, un ibuprofeno suelto, un pintalabios sin tapa— hasta que las encontró en la cocina, alineadas junto a la taza recién fregada.

Metió lo demás de vuelta en el bolso deprisa y mal; algo cayó al suelo y no se agachó a recogerlo.

Sintió un impulso irracional de estrellar la taza contra el suelo.

No era la taza; era el cuidado con que alguien la había dejado allí.

Quien había estado allí no había roto nada.

Había corregido el piso. Lo había dejado mejor que ella.

Le dieron ganas de lavarse las manos hasta hacerse daño.

El móvil vibró de nuevo. Número desconocido.

Dejó sonar el teléfono sin tocarlo. La pantalla siguió temblando sobre la encimera unos segundos, pegada al zumbido de la nevera.

Después se apagó sola. Luján no se movió hasta que dejó de sonar.

Entonces revisó el historial: 6:12 — Clara.

Debajo: 6:03 — Desconocido (00:47). Cuarenta y siete segundos.

No tenía ningún recuerdo de haber contestado.

No recordaba una voz. Ni su dedo deslizando la pantalla.

Ni nada. Bloqueó el móvil, cogió las llaves y fue hacia la puerta.

Antes de abrir, vio la marca junto al interruptor. Una línea fina, sucia, casi nada. Rozó el borde. La sombra se le quedó pegada, terca. La frotó contra el vaquero. El rastro siguió allí, agarrado a la tela.

—No —dijo en voz baja.

No habría sabido decir a qué. A todo. Salió.

El rellano olía a friegasuelos barato y humedad vieja.

Todo estaba en su sitio: la bici del vecino mal apoyada, el felpudo de enfrente con una esquina levantada, una propaganda doblada junto al ascensor.

Todo parecía normal. Y por eso mismo era peor.

Bajó por las escaleras. En el segundo, una puerta se entreabrió. Solo un palmo. Luján se detuvo.

—¿Hola?

La puerta volvió a cerrarse poco a poco.

O fue corriente. O alguien mirando y cerrando a tiempo.

Bajó con las llaves entre los dedos, sin notar hasta el portal que las estaba sujetando mal.

En el portal, el buzón estaba mal cerrado.

Una rendija mínima. Metió los dedos sin pensar.

Vacío. Al sacar la mano, la misma sombra oscura seguía allí. En la calle, el aire le golpeó la cara.

La ciudad seguía funcionando. Una mujer tiraba de un perro pequeño.

Un taxi pitó a una bicicleta. En la panadería de la esquina levantaban la persiana y olía a cruasanes calientes.

Su madre estaba muerta. Su piso no estaba igual.

Y alguien la había llamado a las seis y tres.

Dio dos pasos hacia el coche. Se detuvo.

Un aviso torpe, más físico que pensamiento.

Alzó la cabeza. En el tercero, la luz de su dormitorio seguía encendida. Se le cortó la respiración.

Podía haberla dejado ella. Había salido deprisa.

Tenía una madre muerta en Sant Pere y medio cuerpo sin obedecer.

Pero no se lo creyó. El móvil vibró en su mano.

Número desconocido. Dos tonos. Después se cortó.

La luz del dormitorio se apagó. Clic. Las llaves se le resbalaron de los dedos y cayeron al asfalto.

Cuando se agachó a recogerlas, volvió a mirar hacia arriba.

La ventana estaba oscura. Todo parecía normal.

Aquella normalidad era indecente. Subió al coche, cerró desde dentro y bloqueó las puertas.

En el pulgar quedaba una sombra fina, imposible de quitar del todo.

El móvil vibró una última vez. Esta vez no llamaban: era un mensaje de un número desconocido. Solo una frase.

No llegues tarde esta vez.