Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 11 — LA SEPARACIÓN #2
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CAPÍTULO 11 — LA SEPARACIÓN #2

Luján oyó la frase y habría sonreído en otra vida. Isaac arrancó algo del panel al pasar. Una carpeta.

No estaba dentro de una caja. Estaba atrapada entre dos cables, como si alguien la hubiera metido allí deprisa para que no acabara en los archivadores vacíos. El cartón estaba chamuscado por una esquina.

—Esto no estaba antes —dijo Damián.

Isaac se la metió bajo el brazo.

—Pues ahora está.

Clara se la quitó sin pedir permiso.

—Déjame.

—No es momento de leer.

—Para ti no.

La abrió mientras subían. Pasaba páginas con los dedos torpes. La carpeta estaba medio quemada, pero algunas hojas seguían enteras. No había nombres grandes. Había tablas, iniciales, sellos internos y líneas escritas a máquina. Clara leyó una cabecera.

—Fase prenatal…

La voz se le quebró. Se obligó a seguir.

—Binomio A. Sujeto A-1… Sujeto A-2…

Luján no se detuvo. Si paraba en mitad de aquella escalera, el cuerpo entendería lo que la cabeza estaba oyendo. Clara siguió pasando páginas.

—A-2… respuesta anticipada… riesgo elevado… aislamiento preventivo.

Nerea levantó la cara.

—¿Preventivo de qué?

Clara pasó otra hoja.

—No lo pone.

—Sí lo pone —dijo Damián desde abajo.

Clara se detuvo.

—¿Dónde?

—En la parte que no quieres leer.

Clara miró la hoja. Luján no se giró, pero la imaginó encontrando la línea.

—Riesgo de búsqueda cruzada.

La escalera pareció estrecharse. Mateo, dos peldaños más arriba, dejó de moverse durante medio segundo.

—¿Qué significa eso? —preguntó Nerea.

Damián contestó sin levantar la voz.

—Que incluso separados os buscabais.

Luján siguió subiendo. Otro escalón. Clara volvió a la página.

—A-1… respuesta controlada… adaptación estable…

Se le cortó la voz. Luján agarró la barandilla con más fuerza.

A-1.

Adaptación estable. La frase era limpia, por eso era obscena. Adaptación estable podía significar comer. Dormir. No gritar. No morir lo suficiente para que alguien apuntara otra cosa.

—Sigue —dijo Luján.

Clara no quería. Luján lo notó.

—Sigue.

La hoja crujió.

—A-1 / D-17… derivación familiar supervisada. Seguimiento externo… mantenimiento de entorno materno.

Clara bajó la carpeta un segundo.

—Mantenimiento de entorno materno.

Lo repitió como si quisiera encontrarle otro significado. Mateo miró a Damián.

—La madre no fue casual.

Damián siguió subiendo, una mano en la herida, otra en la barandilla.

—No fue casual.

Clara levantó la cara.

—¿Qué quieres decir con no?

La nuez se le marcó al tragar. Isaac, más arriba, abrió una puerta y revisó el rellano siguiente.

—Ahora no.

—Ahora sí —dijo Clara.

Damián se paró al fin. Estaba tres escalones por debajo. Respiraba mal. Tenía la frente húmeda.

—Vuestra madre no recibió a Luján por accidente.

Clara no se movió. Luján tampoco, por un instante. Pero el cuerpo se le quedó sin sitio.

—¿Recibió? —dijo Clara.

Damián dejó la vista en la mesa.

—La sacó. Luego firmó lo que pudo para convertirlo en otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

Damián apartó la vista hacia un punto bajo.

—Hija.

El golpe no vino de Damián. Vino de la palabra.

Clara seguía allí. Clara estaba pálida de verdad.

Una mano en la carpeta chamuscada y la otra en la barandilla.

Le faltaba una zapatilla. Ropa torcida. Ojos rojos.

Y seguía siendo su hermana. Papeles o no.

No tenía aire para decidirlo en una escalera de servicio.

—No fue después —dijo Clara.

A Luján le costó respirar. Clara no miraba a nadie.

—No fue que mamá descubriera una rareza años más tarde. No fue que encontrara papeles y se asustara. No fue…

La frase se le rompió. Luján terminó por ella, sin querer.

—Estaba desde el principio.

Damián no la corrigió. Abajo sonó un arrastre largo, metálico, muy lento. Isaac levantó la cabeza.

—Se mueve algo.

—¿Qué? —preguntó Nerea.

—Algo grande.

Damián empezó a subir de nuevo.

—Luego.

Subieron el siguiente tramo sin mirar atrás. Arriba había cable quemado, humedad cerrada y algo de calle. Muy poco. Una rendija de aire real filtrándose desde algún punto. Al fondo se veía una puerta de servicio. Isaac llegó primero. Empujó. Volvió a intentarlo con más fuerza. Nada se movió.

—No está en la tarjeta —dijo Mateo.

—Ya lo veo.

—Aparta.

—Ni de coña.

Isaac dio un paso atrás y embistió con el hombro.

La cerradura aguantó un poco más de lo normal.

Luego reventó. La puerta se abrió de golpe.

El aire de fuera les pegó en la cara. El aire le escoció en los ojos.

La salida daba a una zona trasera del hospital, medio escondida entre muros de servicio.

Contenedores grandes, una rampa de carga, una verja lateral, plantas mal cuidadas en jardineras de cemento.

Arriba, el hospital seguía funcionando con su piel limpia de siempre.

Ambulancias, ventanas, luces encendidas.

Desde allí no parecía un monstruo. Parecía un edificio.

La alarma llegaba en ráfagas amortiguadas. Isaac revisó fuera. Después atrás.

—Fuera. Ya.

Nerea salió casi doblada. Clara la sostuvo por la cintura y acabó apoyándola contra un muro.

Mateo pasó después, sin dejar de mirar la puerta rota.

Damián fue el último. Al cruzar, perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse al marco.

La sangre le había empapado el pañuelo. Isaac cerró la puerta como pudo, aunque ya no cerraba.

—No aguantará.

—¿Cuánto? —preguntó Mateo.

—Nada útil.

Luján seguía con los ojos clavados en la parte alta del hospital.

En alguna parte de allí dentro, o debajo, o más abajo aún, estaba él.

Jan. El que había movido los labios al otro lado del cristal.

El que quizá había dicho su nombre. El que su madre no había podido sacar.

El que alguien seguía llamando material, sujeto, respuesta persistente, riesgo.

El que no había dejado de existir solo porque ella no lo supiera.

Clara abrió otra vez la carpeta chamuscada. No quería hacerlo. Porque ya había entendido que los papeles podían herir, pero también podían impedir que la mentira volviera a cerrarse.

—Hay otra hoja —dijo.

Isaac maldijo entre dientes.

—No aquí.

Clara no le hizo caso. La hoja estaba pegada al final, doblada por la mitad y ennegrecida por un borde. Aquello no parecía una tabla como las otras; era una orden interna. Clara leyó para sí. La cara le cambió. Luján lo vio en su cara antes de oírlo.

—¿Qué?

Clara miró hacia la mesa.

—Clara.

Su hermana levantó la vista. Tenía los ojos mojados, pero la voz le salió clara.

—No consistía solo en separarlos.

Luján le quitó la hoja. No la arrancó. Clara la soltó.

El papel olía a quemado. Arriba, en letra administrativa, aparecía un código: BINOMIO A — ESTADO: ACTIVO.

Debajo: A-1 / D-17 — DERIVADA. SEGUIMIENTO EXTERNO.

A-2 — RETENIDO. RESPUESTA PERSISTENTE. Y más abajo, una línea escrita a mano con tinta azul.

Reunificar sin autorización: prohibido. Luján leyó la frase una vez.

Una más. Porque separación podía fingir distancia, error, daño.

Reunificar significaba que alguien sabía que había roto algo entero. Mateo se acercó.

—Lu.

Ella siguió leyendo. Había otra línea, casi comida por la quemadura.

En caso de activación de A-1, proceder a traslado de A-2.

Tampoco decía qué hacer si aparece. Ni qué hacer si pregunta.

Ni qué hacer si descubre. Ponía activación.

Ella no parecía una persona entrando por su propio miedo.

Parecía una pieza encendida. Damián se apoyó contra la pared.

—No tenía que estar ahí.

Isaac lo miró con desprecio.

—Pero estaba.

Levantó la hoja.

—¿Qué significa traslado?

La respuesta no llegó.

—Lo pregunto una vez.

Mateo miró a Damián.

—Contesta.

Damián tenía la cara cenicienta.

—Que, si detectaban que ella volvía al circuito, lo movían.

Ella. Ni siquiera Luján. Ella.

—¿A dónde? —preguntó Clara.

Damián evitó la luz.

—A una unidad externa.

Luján sintió el aire frío en la cara. Lejos, una ambulancia encendió la sirena. El sonido no venía por ellos.

—¿Dónde? —preguntó.

Damián miró hacia la pared. Isaac sí miró hacia otro lado. Luján lo vio.

—Tú lo sabes.

Isaac se pasó una mano por la boca.

—No seguro.

—Estoy harta de cosas no seguras.

—Garraf —dijo él.

El nombre cayó entre ellos con un peso viejo. Garraf, la sierra, la carretera. El mar apareciendo y desapareciendo entre la roca. La casa de su madre. El hospital de Sant Pere. El cuerpo. Clara se apoyó en el muro.

—Eso no.

Nerea apartó la mirada. Mateo miró a Isaac.

—¿Qué unidad?

—No sale en mapas.

—Isaac.

—No sale en mapas —repitió—. Pero hay accesos. Viejos. Cerca del macizo. Instalaciones cerradas, teóricamente sanitarias, teóricamente desmanteladas.

Luján dobló la hoja con una calma que no sentía.

—Entonces vamos al Garraf.

Mateo se giró hacia ella.

—No así.

—Sí.

—No vamos detrás de una orden diseñada para moverte como quieren.

Luján se volvió hacia él.

—Ya me movieron una vez.

Pero sí lo justo. Clara se pasó la mano por la cara. Tenía una sola zapatilla, el pelo pegado a la frente y la carpeta chamuscada contra el pecho. De pronto parecía mucho más joven. O mucho más vieja.

—Mamá murió en Sant Pere —dijo.

El sitio siguió sonando alrededor de ellos.

—Murió en el Garraf.

Miró la hoja.

A-2 — RETENIDO.

TRASLADO.

GARRAF.

La alarma del hospital seguía sonando detrás de la puerta rota, cada vez más lejos o cada vez más hondo. Ya no sabía distinguirlo. Damián deslizó la espalda por la pared hasta quedarse medio sentado en el suelo.

—Carmen intentó evitar esto.

Clara se volvió hacia él.

—No digas su nombre.

—Lo intentó.

—He dicho que no.

Damián se quedó mirando sus manos.

—Vale.

Mateo cogió a Luján del brazo. Esta vez no le pidió permiso. Tampoco la sujetó fuerte. Solo la obligó a mirarlo.

—Si vamos, no vas tú sola delante.

—No he pedido ir sola.

—Siempre lo haces.

—Hoy no.

Se quedaron así un segundo. La rabia de Luján seguía ahí. Entera. Pero ya no iba en todas direcciones. Tenía una forma. Un lugar: Garraf. Nerea abrió los ojos.

—Antes ha dicho tu nombre.

Luján volvió la cara hacia ella. Nerea bajó la cabeza.

—No sé si sirve de algo. Pero si lo sabía… si de verdad lo sabía… igual no ha dejado de saberlo.

No encontró respuesta. Porque esa frase hizo una cosa peor que darle esperanza. Le dio hambre. Isaac miró hacia la verja lateral.

—Tenemos que desaparecer de aquí antes de que bajen por servicio.

—¿Coche? —preguntó Mateo.

—Dos calles más allá. El mío.

—El mío está en carga y descarga.

—Entonces ya no es tuyo.

Mateo soltó una maldición baja. Clara cerró la carpeta.

—Necesito recoger los papeles de mamá.

Tardó en moverse. La realidad volvió por el sitio más cruel. Funeraria, documentos, Hospital General del Garraf, cuerpo, Jan, Garraf, madre.

—Los recogemos —dijo Luján.

Clara la miró, sorprendida.

—¿Qué?

—Los papeles. Los recogemos. No lo dejamos colgado.

Clara no supo qué hacer con eso. Con la promesa. Con que Luján hubiera entendido por fin que la muerte de su madre no podía quedar en pausa mientras el resto ardía.

—Y después —añadió Luján— vamos al Garraf.

Mateo no dijo que no. Damián levantó la cabeza desde el suelo.

—Si lo trasladan, no lo llevarán como paciente.

Luján sostuvo su mirada.

—¿Entonces?

Damián dejó la vista en la mesa. Lo dijo igual.

—Como material interno.

Aquello quedó flotando con un asco claro, difícil de mirar. Nerea se tapó la boca. Clara no apartó los ojos. Mateo agarró a Damián por la bata y lo levantó de pronto contra la pared.

—Una vez más. Una sola vez más que uses una palabra así…

Damián no se defendió.

—Por eso tenéis que llegar antes.

Mateo lo soltó. Isaac ya estaba abriendo la verja lateral.

—Ahora.

Guardó la hoja dentro de la carpeta. Encima de todo.

A-2 — RETENIDO.

TRASLADO.

GARRAF.

Luego cruzó la verja. Detrás, el Hospital Universal de Barcelona siguió funcionando ajeno a que acababa de escupirlos por una puerta de servicio. Debajo no existía nadie. Una separación podía durar toda una vida y seguir llamándose procedimiento. En la acera, el aire le dio en la cara.

Miró hacia el tráfico, hacia la ciudad, hacia todo lo que seguía moviéndose sin saber nada. Y pensó en Jan detrás del cristal. Al principio ni siquiera lo pensó como prueba. Ni como hermano todavía. Lo pensó como una mano. Una mano abierta, puesta al otro lado de la suya. Después empezó a andar.