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L a presentadora lleva un conjunto de chaqueta y falda color verde agua que hace juego con sus ojos claros enmarcados en un contorno de tez morena y cabellos castaños.
Es una mujer madura y tremendamente sexy.
Tiene unas piernas fornidas, curvas de infarto y una voz varonil que intimida a cualquiera.
Es la periodista especializada en el caso de la maldición del azufre, y con ademanes sensuales que sueltan un perfume que solo llega a oler el operador de cámara, explica con soltura un completo resumen del caso leyendo el telepronter de manera tan profesional que parece saberse el contenido de su monólogo de memoria.
—Muchos dan inicio al caso con el primer asesinato, el de Alicia Ortiz; sin embargo, algunos expertos coinciden en retrasar el comienzo días antes para posicionarlo en el discurso del sacerdote, el padre Santiago, ya retirado del cargo por abuso de menores, recuerden.
Pero nosotros nos remontaremos justo una semana atrás, a la erupción del volcán de La Palma.
Este sirvió como argumento para el provocador mensaje que lanzó el sacerdote.
Tan poderoso, que difundió por el pueblo de Zufre la creencia en una maldición que arrastraría a los jóvenes al infierno: la maldición del azufre.
Tan solo un día después de la misa, una columna de humo se alzó desde el bosque situado entre el pueblo y su embalse.
Son muchos los vecinos que avisaron a la Guardia Civil y a los bomberos; pero es un guardiacivil en concreto, el agente Lucas Vázquez, el primero en llegar al escenario del crimen y encontrarse con una escena dantesca.
Alicia Ortiz tenía toda una vida por delante cuando su asesino la ahogó en el embalse y arrastró su cuerpo torturado hasta colgarlo de un árbol y quemarlo bajo una pira incendiaria situada en un claro.
Aún se quemaban sus pies cuando el agente Vázquez se topó con aquella terrorífica escena, y lo peor fue que menos de un minuto después llegaba su mejor amigo, Fernando, el propio padre de Alicia.
Este, desesperado, trató de salvar a su hija pensando que aún seguía con vida y acabó con quemaduras de tercer grado por todo su cuerpo: heridas tan graves en su cuerpo que le provocaron la muerte tan solo dos días más tarde.
Se cobraba así dos vidas el que sería conocido como el asesino de la maldición del azufre.
La noche anterior a estos crueles asesinatos, y tan solo horas después del discurso del padre Santiago, llegaba a Zufre para incorporarse a su nuevo destino la sargento Anastasia Petrova.
Una incorporación prejuzgada entonces como inoportuna, y que ahora sabemos que no pudo ser más oportuna, pues todos sabemos el importante papel que jugaría en esta historia y que vamos a reseñar al final de este análisis del caso.
Bien, pero ¿qué sucede el día del doble asesinato?
La misma agente Petrova se dirige al lugar de los hechos acompañada de su compañera Yohanna Alonso, competidora oficial y campeona mundial de Muay thai.
Allí sorprenden y detienen, en una vertiginosa persecución que acaba en el embalse, al primer sospechoso: el holandés Manfred Van Rossum, un personaje sin duda misterioso por aquel entonces.
Es retenido e interrogado en comisaría y su versión no termina de cuadrar a los agentes, no terminan de creerle, y esto es porque saben que esconde algo; algo que puede relacionarle de manera directa con el caso: Manfred es amante de Belén, la mejor amiga de Alicia, y se ha visto varias veces con ambas jóvenes en la casa en la que vive, construida precisamente en el bosque.
Pero esta información llega a la Guardia Civil al mismo tiempo que a la prensa, por medio de una declaración sorprendente: una Belén indignada clamaba con gritos a las cámaras de televisión, a las mismas puertas del cuartel, acerca de la inocencia de su amado Manfred.
Pero si Manfred era inocente, ¿quién más se encontraba en el bosque?
¿Quién había ahogado y quemado el cuerpo de la joven Alicia?
El capitán Paz y su equipo de la policía judicial madrileña acudían en socorro al pueblo para resolver esto, detener al asesino y acabar con la maldición del azufre.
En medio de esta vorágine se produce un incidente de gran relevancia: alguien lanza un cóctel molotov contra el piso en el que reside la sargento Petrova, a la que tienen que sacar del enorme incendio que se forma.
El caso se complica y se lleva al acuartelamiento para ser interrogado al menor de edad Daniel Sosa, pero por falta de pruebas para realizar una acusación formal, es pronto liberado con la ayuda de un familiar: Arturo, el famoso abogado conocido como el rey de los gitanos.
La detención de Daniel fue responsabilidad de la sargento, cometiendo un error garrafal que la apartaría del caso principal y que no le perdonaría entonces el pueblo de Zufre ni su máximo representante religioso.
Una mayoría supersticiosa asimila la inoportuna llegada de la nueva sargento con la propia maldición del azufre.
Y esta tensión explota en la iglesia de la Purísima Concepción, cuando el padre Santiago, oficiando el funeral de Fernando Ortiz, lanza un discurso incendiario en el que acusa a Anastasia de brujería.
Y también a Manfred de hereje. No es la primera vez que carga contra el extranjero.
Belén, la amante de Manfred, estalla contra el sacerdote y le acusa de abusar de la fallecida Alicia Ortiz.
Esta declaración provoca, en el interior de la iglesia, una lucha de insultos y golpes tan grave que la Guardia Civil interviene para poner a un apaleado sacerdote a salvo de la ira del pueblo.
Después de esta guerra civil en el atormentado pueblo de Zufre llega una calma tensa e insegura.
Los padres tienen miedo y son pocos los jóvenes que retoman las clases de instituto.
Y en este ambiente nos acercamos al desenlace.
Una sargento abucheada y poco querida, llamada bruja por muchos, logra descifrar las claves del caso por medio de un antiguo libro: el Malleus maleficarum , que encuentra en la iglesia durante la detención por abusos del padre Santiago.
Escrito en el siglo XV, El martillo de las brujas fue usado por la Santa Inquisición para juzgar, condenar y castigar a brujas y herejes a lo largo de varios siglos.
Miles de personas morirían bajo las reglas de este códice.
Hallado en la iglesia, el monaguillo Enrique García estudiaba este libro con auténtica veneración.
La avispada sargento Anastasia Petrova encajó las piezas que le faltaban para completar el puzle y avisó a su compañera Yohanna para proceder a la detención de Enrique.
Por desgracia, este había salido a completar su plan criminal asestando el mayor golpe, paradójicamente, con un martillo.
Enrique asaltó la cabaña en la que vivía Manfred para matarlo a martillazos.
Luego secuestró a Belén para quemarla viva, pero el padre de la joven, que es a su vez el agente Vázquez, y su compañera Yohanna lograron llegar a tiempo para evitarlo.
Por otro lado, la mayor sorpresa de este caso llega cuando Anastasia, siguiendo una pista, da con el padre de Enrique, Jacobo García, cómplice y principal autor del planeamiento de estos horribles asesinatos.
Todavía se investiga la psicología del que muchos ya llaman el diablo de Zufre , pero aún no sabemos si de verdad padecía o si fingía padecer el llamado mal de Alzheimer para usarlo como tapadera.
Precisamente Jacobo fue quien acusó a Daniel de lanzar el cóctel molotov contra el piso de la sargento Anastasia, para desviar así la investigación de su hijo Enrique, y por lo que se podría deducir que presenta una lucidez impropia de alguien con un avanzado estado de demencia senil.
Y llegamos con esto a un agridulce final.
Terrible, pero, a la vez, esperanzador. La mañana en la que Enrique asesina a Manfred, al mismo tiempo, Jacobo mata a Ismael López, el conductor del bus escolar.
Sube al autobús e incendia este con nueve jóvenes en su interior, entre ellos el mismo Daniel, que salió ileso.
Jacobo usó a su hijo, sus asesinatos, como bomba de humo para despistar a las autoridades y poder cometer así sus crímenes de manera impune.
Pretendía cortar la vida a la juventud del pueblo, incluida la de Jésica, una jovencísima madre que lucha por sacarse los estudios y ofrecer una vida mejor a su bebé.
Por suerte para esta madre y para sus compañeros de clase, la sargento Petrova llegó a tiempo para salvarles, entregando su vida a cambio de la de ellos en un sacrificio que este pueblo no olvidará fácilmente.
Lucas apaga la televisión con dolor y sale al patio trasero de su hogar. Se apoya en la barandilla para observar el paisaje: el bosque de los tormentos y el embalse para ahogar penas. En el cielo siguen habiendo nubes escarlatas.
Las heridas no han sanado aún.
Y tardarán mucho en hacerlo.