Azufre 85
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No me digas adiós, sino hasta luego.

Dios determinó que en el cielo estoy mejor.

No me digas adiós, sino hasta luego.

Tuve que partir a un lugar donde no voy a sufrir.

No me digas adiós, sino hasta luego.

No te preocupes más por mí, porque donde estoy espero por ti.

​ Una gran nube escarlata cruza el cielo en diagonal como una enorme herida abierta. Es la tercera vez que la canción suena por la megafonía del pueblo. Miles de personas se han congregado para el funeral de la sargento Anastasia Petrova, quien ha salvado la vida de los hijos del pueblo.

En Zufre no cabe un alfiler: todos los vecinos, la prensa nacional, residentes de los pueblos de alrededor, altos cargos de la Guardia Civil y hasta el ministro de interior, que visita por vez primera el Balcón de la Sierra junto a otros políticos.

A la sargento no se le conoce familia, pero no falta gente que la quiere de corazón.

Asisten muchos amigos y compañeros que hizo en sus diferentes destinos y a lo largo de las etapas de su vida.

Están entre ellos la tutora del centro social en el que maduró tras la trágica muerte de sus padres, y también Sergio, su mejor amigo en la escuela y con quien tuvo un infructuoso romance.

Anastasia ha sido una mujer solitaria, pero no antisocial ni poco reconocida.

Allí por donde ha pasado ha sembrado semillas cuyos frutos se presentan ahora unidos en el pueblo de Zufre para ofrecerles su sincero y sentido pésame.

​ Lucas y Yohanna se mostraron voluntarios para cargar a hombros el ataúd con el cuerpo de la difunta Anastasia; sin embargo, desestimaron la propuesta a petición de los jóvenes del pueblo a los que Anastasia había salvado del incendio del autobús.

Estos han reunido el valor para dar un paso al frente y sostener el féretro en agradecimiento a su salvadora.

Bajo la mirada de las miles de personas reunidas allí, y la de millones que presencian el directo por televisión y a través de las redes sociales, Jésica y Daniel encabezan la marcha con lágrimas sinceras en sus ojos eternamente agradecidos por ver un nuevo amanecer.

Tras el ataúd soportado por los ocho jóvenes a los que Anastasia salvó la vida aquel fatídico día, va una marcha de cientos de menores de edad del mismo pueblo y de pueblos vecinos; tratan con veneración a la mujer que se sacrificó por ellos dando su vida y resolviendo el caso de la maldición del azufre.

​ El infame Jacobo fue detenido después de estrangular a Anastasia con la correa del perro que paseaba como parte del papel que interpretaba de manera habitual.

Los cargos de acusación tienen la consistencia de nueve testigos presenciales, menores de edad.

Ocho de los cuales cargan el féretro de la sargento; el noveno, que ha sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en las piernas por el líquido inflamable que le arrojó el viejo psicópata, va en la procesión llevado en silla de ruedas por otro compañero de clase.

​ Como Anastasia no es la única asesinada, delante de la procesión de la sargento va otra más modesta, la de Manfred.

El Cristo y la Virgen. Su ataúd es el que finalmente cargan a hombros los guardiaciviles, entre los que van Yohanna y Lucas al frente, con sus elegantes uniformes verdes cargados de medallas.

Belén va llevada detrás, también en silla de ruedas, por su madre.

En lugar de viajar ella a Madrid, ha sido su madre quien ha bajado a cuidarla un tiempo.

​ En último lugar va otra humilde comitiva, la que acompaña el féretro del autobusero.

​ Tres almas solitarias han sido sesgadas de este mundo, y como si hubiesen sido entregadas en sacrificio al volcán de La Palma, han logrado liberar al pueblo de la maldición del azufre.

​ La procesión entra en la iglesia de la Purísima Concepción, donde dejan los féretros frente a un hombre con ropaje de sacerdocio.

Viste el alba, una túnica blanca que cubre hasta los pies, y sobre esta lleva echada una casulla morada de mangas muy anchas que ocultan sus manos desnudas y libres de pecado.

El sacerdote va al paso con lástima, sufriendo del ascenso al altar sobre el que se siente apenado.

Mira a su público, con tristeza, a través de unos cristales sin montura, y, tras haber liderado la misa exequial, traga saliva antes de inspirar con la misma fuerza con la que pretende lanzar un conmovedor discurso.

​ —Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y a la media tarde Jesús clamó con voz potente: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?.

​ El nuevo sacerdote de la iglesia de la Purísima Concepción de Zufre lee las Sagradas Escrituras, luego cierra el libro y muestra al público su tapa roja con letras doradas. Carraspea un poco antes de proseguir.

​ —Mi nombre es Sergio, y hoy presido esta misa exequial porque uno de los cuerpos que descansan en esos ataúdes me toca en lo más hondo de mi corazón. Me refiero al cuerpo de la sargento Anastasia Petrova, pues ella fue mi mejor amiga en la infancia.

El público escucha con solemnidad.

—Hace mucho tiempo sentí la vocación de seguir al Señor en el sacerdocio.

Ella no lo entendió entonces, cuando decidí ser sacerdote; se enfadó conmigo y nuestros caminos se separaron.

Y hoy mi alma busca la suya para reconciliarse: quiero decirle que lo entiendo, que ahora comprendo por qué el Señor llamó a mi puerta…

Ahora sé que el Señor me escogió para pronunciar estas palabras, para enviaros este mensaje: vecinos del pueblo de Zufre…

, vecinos de Huelva…, vecinos de Andalucía y de España…

, a Anastasia la escogió el Señor para una misión más importante incluso que la mía, para dar su vida por los jóvenes de este pueblo y salvarles de las garras del mismísimo infierno.

Por eso tuvo que acostumbrarse a sus llamas.

Es el mayor sacrificio que he visto en mi vida.

Lo hizo mi mejor amiga, Anastasia, y ahora soy yo el que está enfadado con ella…

porque nuestros caminos se han separado…

para siempre. Anastasia, Dios mío, ¿por…

por… por qué me has abandonado? ¿Por… por… por….

​ Caen lágrimas de sus ojos azules y vuelve a tartamudear. Las dolorosas palabras se le atascan clavadas en el corazón. Sergio prefiere no continuar…