Azufre 84
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E l autobús es una bola de fuego y ella siente el sofocante calor. Tose. Le cuesta respirar. El ambiente está cargado y los ojos le pican.

Suenan unos pasos pesados sobre el asfalto, a su espalda, por encima del crepitar de las llamas.

El extraño pirómano que la ha agredido parece disfrutar observando su sumisión, su derrota.

Su instinto le chilla que debe huir, correr; sin embargo, las llamas son cada vez más altas y están por todas partes.

Respira menos y ve peor, por lo que los jóvenes del autobús deben estar a punto de desfallecer y ella no puede fallarles, no puede fallar a la madre, no puede dejar huérfano a un bebé y que crezca sin padres como ella.

Hará lo que sea necesario por evitarlo. Por evitar que alguien tenga que vestir su dolorosa piel.

​ Anastasia recoge su pistola y se gira para apuntar al hombre que la ha agredido. Un reguero de sangre le cae desde la frente sobre uno de sus párpados, lo que la obliga a cerrar un ojo y ver aún peor de lo que ya veía. A pesar de ello, reconoce la gigantesca silueta de un demonio del pasado.

El extraño está inmóvil frente a ella, mirándola con el fulgor de Satán en sus negras pupilas.

No va armado más que por sus grandes puños, que se ciernen sobre una correa de perro, por lo que reconoce a Jacobo, el viejo que se perdía paseando al perro por culpa de su alzhéimer, y se sorprende.

Su mirada es diferente, diabólica en lugar de perdida en el infinito.

Y ese carácter premonitorio sigue ahí. Hay algo en la imagen, como una paramnesia o como algo revivido.

No puede evitar la similitud de aquella escena con el recuerdo que la ha perseguido toda su vida.

—¡Sálvalos! —alza la voz, Jacobo, por encima de las llamas—. ¡Sálvalos, Señor, con tu fuego!

Anastasia está demasiado confusa. Se encuentra entre el mal y el fuego, y en su interior comienza a crecer la rabia. Pero sabe que no debe disparar. Él no va armado, ese no es el protocolo. Debe reducirlo, sin embargo, el tiempo apremia y los jóvenes van a morir calcinados si no reacciona rápido.

Su cuerpo está nervioso, tenso, desesperado.

Sabe que disparar a la ventana del autobús puede revertir la situación, aunque no salvarla del agresor.

Darle la espalda de nuevo puede costarle la vida, no obstante, debe tomar una decisión ya.

Nuevamente debe enfrentarse a una elección trascendental: reducir al demonio de su pasado o salvar la vida de los jóvenes del pueblo, con el riesgo que esa heroica acción conlleva.

En su interior sabe qué es lo correcto y esta vez es capaz de afrontar la decisión.

Encara las llamas que le queman las pestañas. Todo arde. Alza la pistola y dispara contra el cristal del autobús varias veces.

¡Bang! ¡bang! ¡bang! ¡bang!

Al cuarto disparo pierde el arma. Su cerebro tarda en procesar lo que está pasando.

Jacobo ha rodeado su cuello desde atrás con la correa y ha apretado tan fuerte que le ha cortado la circulación sanguínea.

Pronto el oxígeno dejará de llegar al cerebro y perderá el conocimiento antes de morir, irremediablemente, estrangulada por su diablo.

E incluso así, su última visión la llena de gratitud y esperanza.

El cristal del autobús se ha agujereado y está fracturado como telas de araña.

Los pocos jóvenes conscientes logran golpearlo hasta hacerlo añicos y escapar del autobús en llamas saltando por la ventana.

Daniel carga con el cuerpo de Jésica, la joven madre está a salvo.

¿Cómo se llamaba su bebé? Ah, sí, eso era… Esperanza.

Muchos chicos saltan sin cuidado y se golpean la cabeza contra el asfalto o se hacen pequeños cortes con los cristales del suelo, pero nada comparado con lo que les esperaba metidos en aquel crematorio.

Ninguno de ellos podrá ayudar a Anastasia.

Alguno hará un intento en vano. Alguna patada a la enorme espalda de Jacobo, que está empecinado en ahorcar a la mujer que le ha fastidiado su magnífico plan.

​ —¡Purifícate! —dice con rabia y frustración—. ¡Purifícate, maldita seas!

​ Y sigue escupiendo odio, aunque la sargento deja de escucharle.

No puede continuar esforzándose por vivir.

Su tráquea está tan comprimida que los ojos parecen querer escapársele de las cuencas.

No es capaz de cerrarlos, pero tampoco logra ya ver nada.

La presión en su cabeza es tan enorme que deja de funcionar.

La sangre y el oxígeno se detienen y el dolor remite. Su vida se acaba.

​ A pesar de llevar tan solo una semana destinada en el pueblo de Zufre, para muchos jóvenes, y para muchos padres, la sargento perdurará por siempre en sus corazones.

Sin embargo, en el mundo de Anastasia, ella acaba por morir, al menos, sabiendo que ha tomado la decisión correcta.

Ha salvado la vida de Jésica y para ella es como si hubiese resucitado a su propia madre.

​ Ahora puede sentirla. Toca con sus dedos los cabellos rubios de su madre. Huele su perfume. Siente la seda del camisón que recubre sus pechos. Su madre es perfecta y ella es feliz. Anastasia se marcha agradecida.