Epílogo
—¿P or qué existen los asesinos en serie? ¿Qué motivos hay para que alguien torture, viole y mate, y le guste tanto hacerlo que repita una y otra vez? ¿Los asesinos en serie nacen o se hacen? Ese es el tema que vamos a tratar hoy…
El silencio en el aula es absoluto. Los tricornios negros y relucientes como el ónice reposan sobre cada pupitre.
Aquella clase es novedosa en la academia de Baeza.
La idea había partido del instructor Fonseca y este es el único en toda la clase que mueve un pie nervioso por cómo los nuevos reclutas reciben aquella enseñanza y por cómo el profesor impartirá la clase.
Espera que la haga amena, no aburrida. En principio ha empezado bien.
El público parece interesado. Permanece callado e inmóvil: atendiendo.
El profesor carraspea antes de continuar.
—Mi nombre es Miguel Ángel Utrillas y soy perfilador de asesinos.
Cuando la policía me pide ayuda con un asesino difícil de atrapar, yo estudio lo que considero su obra de arte: sus asesinatos…
Analizo los escenarios, los entornos y las víctimas, y con toda la información que percibo concluyo un perfil que ayuda a estrechar el cerco sobre el asesino para que sea más fácil de atrapar.
No soy ningún prestidigitador, ni esto son trucos de magia.
Los orígenes de lo que hago se remontan a los setenta, cuando el agente del FBI Jhon Douglas se interesó por la psicología de los asesinos en serie y comenzó a estudiarlos.
Su estudio se completó con cientos de entrevistas a los homicidas más prolíficos de la época: Ted Bundy, Charles Manson, el hijo de Sam…
En la sala aparece alguna que otra tímida voz. Charles Manson es el más sonado, a pesar de ser el único que no mató a nadie.
—Os hablaré de algunas teorías interesantes, como la que plantea Peter Vronsky en su libro Hijos de Caín , que concluye la relación entre los padres que lucharon en la Segunda Guerra Mundial y los hijos que conocieron la edad de oro de los asesinos en serie.
La mayoría de expertos coinciden en que el asesino serial se forma en su etapa infantil.
¿Quiere decir esto que el asesino no nace, sino que se hace?
¿Quiere decir esto, a su vez, que cualquiera de nosotros podría haberse convertido en un asesino en serie según el entorno y las condiciones de nuestra crianza?
¿Podemos entender por qué alguien comete semejantes atrocidades?
A lo largo de esta semana analizaremos la profundidad moral que esto conlleva y examinaremos los casos más sonados en España.
Para no meternos en materia y aburriros con tecnicismos neurológicos, podemos empezar con una demostración.
¿Alguien tiene alguna sugerencia? ¿Algún asesino en serie que desee que analicemos en esta clase?
Normalmente el público se presenta como precavido y la primera mano en levantarse suele esperar a que el profesor se muestre más insistente. En cambio, aquella tarde una mano fina se alza solicitando atención.
—Adelante —dice Miguel Ángel señalando a una jovencísima recluta de cabellos dorados.
—¿Podría hablarnos de los asesinos de la maldición del azufre?
—¡Oh! Muy interesante… Un caso muy reciente. Es normal que sintáis ganas de conocer los entresijos de esas mentes que han tenido en vilo al pueblo de Zufre y a toda España. Yo seguí el caso muy de cerca, a través de los medios.
La recluta sonríe desde su asiento. Muy cerca, dice…
—Bien. Es lo que llamamos asesinos por asociación.
Son casos muy extraños y más aún, como es el caso, entre padre e hijo.
Pero no resulta difícil deducir que en esa relación Jacobo era el dominante mientras que Enrique era el sumiso.
Y en función a las primeras catalogaciones del FBI, también intuyo que el padre era organizado, mientras que el hijo era desorganizado.
De hecho me atrevería a aventurar que el primer asesinato de la maldición del azufre, el de la chica…
¿Cómo se llamaba? —Miguel hace un ademán para que le ayuden a recordar.
—Alicia Ortiz —completa la recluta que ha preguntado.
—Alicia, sí. Me atrevo a decir que el asesinato de Alicia fue ejecutado por el hijo, Enrique, pero planeado y acompañado por el padre en la puesta de escena.
Por eso el cuadro que presentan estos asesinos, el escenario del crimen, tiene elementos de ambas partes.
Podríamos decir que Jacobo es un cortacésped mientras que su hijo es una apisonadora.
A la vista está que en cuanto al hijo se le dejó solo, predominó la desorganización, su impulsividad, su ímpetu por destruir.
No supo ser tan eficaz como su padre, un asesino con más de sesenta años e inactivo desde finales de los noventa.
De hecho, de no ser por el hijo, probablemente nunca habrían atrapado al padre.
Y sin duda es el padre el responsable de los actos del hijo.
Enrique mostraba indicativos, estresores lo llamamos, como el haber sido considerado como discapacitado en aquel pueblo.
A su edad seguía siendo incapaz de comunicarse con mujeres, por eso sus crímenes eran violentos y rápidos.
No trataba de engatusar a las jóvenes, sino que las atacaba como un relámpago para luego poder matarlas y abusar de ellas, que era su verdadero objetivo.
La mano de la joven vuelve a levantarse y Miguel Ángel da paso a una pregunta cuya respuesta es reveladora.
—¿Su objetivo no era su particular guerra contra las brujas?
—¡Oh! No, no, no… Eso de la Santa Inquisición y la quema de brujas no es más que su puesta en escena, su cortina de humo, su excusa.
La mayoría de asesinatos de este tipo son sexuales.
Con escenarios más o menos complejos, al final estos crímenes pueden resumirse en respuestas básicas intrínsecas en nuestro cerebro reptiliano, como son la ira o el sexo.
Enrique deseaba sexo, pero era impotente y emocionalmente incapaz de conectar con mujeres, por eso la violación postmórtem o el abuso una vez la víctima quedaba sometida por completo.
Por otro lado, Jacobo era irascible, vengativo y pirómano.
De ahí aquel crimen de celos en el que incendió toda una casa para matar a una mujer de la que se había enamorado, pero que ya tenía una hija con otro hombre.
Pero era organizado, que son los más difíciles de atrapar.
Por cierto, esta clase es una iniciación y se acepta la tertulia.
Cualquiera puede hablar si tiene ideas o sugerencias tan interesantes como las de la señorita…
—la señala pidiendo su nombre y ella responde:
—Jésica —contesta.
Antes había sonreído al oír al profesor decir que había seguido el caso de cerca porque ella lo había sufrido con diecisiete años.
Había mirado al asesino a los ojos y había visto su profunda oscuridad.
Unos ojos vacíos al contrario de los de su salvadora, la sargento Anastasia Petrova, que estaban llenos de luz y empatía.
Eran la noche y el día. Y gracias a ese día que ella veía un nuevo amanecer.
El enorme acto de sacrificio de Anastasia caló tan hondo en la joven, que la convirtió en su referente.
Esa inspiración la llevó a aprobar la oposición de la Guardia Civil y a lograr un sustento económico para su hija sin depender de sus padres.
Jésica ha madurado mucho desde que tuvo a su bebé y desde que juntas sobreviviesen a la maldición del azufre.
Al fin siente que ha encontrado su lugar en el mundo, su camino en la vida, ya no está perdida y es gracias a Anastasia, la mujer que le dejó un legado lleno de esperanza.