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L as hojas del bosque bailotean a su alrededor burlándose de él.
Se mueven. El aire se filtra entre ellas provocando sus risas.
Es un aire jodidamente caliente. Huele a ceniza y las partículas incandescentes sobrevuelan su malherida cabeza.
La sangre marca su frente. El sonido de las llamas devorando la madera le llegan amortiguados.
Está tirado sobre la tierra. Su cerebro ha dado directrices a su cuerpo, expulsando químicos que sirvan de anestesia general para disminuir el horrible y punzante dolor que sentía en toda la parte trasera de su cuerpo debido a las quemaduras merecidas por darle a su hija unos minutos más de vida.
Está en un limbo. Apenas es consciente de lo que sucede a su alrededor.
Y lo peor de todo es que sabe que eso es justo lo que se siente antes de morir.
Quique se acerca a él, martillo en mano.
Ese guardiacivil va a la iglesia, puede que no sea un hereje, pero es el padre de una bruja y lejos de condenarla pretende protegerla a ella y con ella a sus actos impuros.
Merecido o no, él se lo ha buscado. El puño de Quique se cierne sobre el mango de su maza cuando este lo coloca justo encima de la cabeza de Lucas.
A ella va dirigido el golpe, del mismo modo que hizo con el holandés, para abrirla como a una sandía y que se desparrame su líquido rojo.
Tiene los ojos abiertos; sin embargo, no parece verle. De poco importa, no saldrá vivo del bosque.
La bestia alza el puño que lleva el arma; echa el brazo hacia atrás para tomar impulso; flexiona una rodilla para acercarse más a la cabeza y no errar el golpe. Está listo para matar al agente Lucas Vázquez.
Una fiera salvaje se abalanza sobre él y se aferra a su arma para evitar que esta descienda e impacte sobre aquella cabeza ya aturdida.
El monaguillo nota garras y dientes clavarse en su puño derecho, en sus nudillos, y obligarle a soltar el martillo de las brujas.
Precisamente una bruja es la que ha conseguido todo eso.
Belén ha logrado desatarse de la escalera y quitarse el capirote de la cabeza.
Con los tobillos inflados como globos ha logrado correr por la vida de su padre, del mismo modo que él corrió antes por la vida de su hija, y ha saltado como una tigresa para morder la mano del asesino de su mejor amiga.
Ha sacado todo el coraje que no pudo demostrar antes, pero solo de coraje no se vive y pronto Quique lanza un revés que atiza como un látigo la suave cara de la muchacha, rasgando su piel y lanzándola de espaldas sobre el bosque, una vez más.
En un último intento por proteger a su padre, ella se arrastra despacio como una serpiente e intenta picar con sus colmillos en el talón de Aquiles, pero el siervo de Dios la reduce a patadas hasta que deja de moverse.
Quique se da la vuelta malhumorado. Aquello está tardando demasiado.
Sus esperanzas de salir impune de aquello son ya escasas.
Pronto estará allí toda la Guardia Civil del pueblo de Zufre, acompañada de los especialistas tanto de Aracena como de Madrid, llamada con señales de humo por el inmenso incendio que él ha provocado.
Ya no le importa. Si sigue el plan de su padre a pies juntillas, habrá merecido la pena y no le perturbará cumplir condena junto a él sabiendo que mejoró la vida del pueblo erradicando sus malas hierbas.
El plan es perfecto, mientras él incendia la casa de aquel diablo fornicador, desviando la atención de los guardiaciviles, su padre estará sesgando la vida de los jóvenes rebeldes que han abandonado la Iglesia, entre ellos la fornicadora menor de edad que ha concebido un bebé.
A lo mejor, su padre logra escapar sin pena, sin castigo.
El que no logrará salir de allí sin pena es el padre de aquella bruja ni la propia bruja que le está complicando tanto su plan.
La enorme bestia, enfadada, se tira sobre el delgado cuerpo de Belén.
Con su pesada cintura la inmoviliza y rodea su fino cuello con unas manos gruesas y duras que aprietan tanto que la joven siente que sus ojos saldrán disparados hacia delante por la presión.
Va a morir, esta vez lo sabe con certeza.
La muy zorra le ha jodido el plan perfecto, su mayor obra, quemarla sobre la escalera como hacían algunos inquisidores.
No puede perder más tiempo y decide matarla ya y luego tirar su cuerpo al fuego para después rematar al padre y salir del bosque cuanto antes.
Quizá todavía tenga una posibilidad de que no le atrapen.
Sus manos presionan sobre la carne de la joven cuyo rostro muestra una innegable expresión de dolor.
Sigue apretando con los brazos estirados para alejarse de las garras de aquella bruja que pretende arañarle otra vez.
Aprieta más fuerte: aquello no llevará más de tres minutos, sabe que no debe aflojar ni una pizca.
Ella pierde las fuerzas y sus manos caen a ambos lados con un hormigueo en los dedos. Sin el peligro de aquellas uñas, él puede acercarse y sentirla morir, lo que le provoca una erección. Pero un grito le interrumpe:
—¡¡Alto a la Guardia Civil!!
Quique separa las manos de aquel cuello amoratado.
A unos veinte metros de distancia, Yohanna Alonso le apunta con su pistola reglamentaria.
La agente tiene el rostro acalorado y su abultado pecho sube y baja sin parar.
Sus manos, en cambio, parecen firmes cogiendo el arma.
Mantiene las piernas abiertas y semiflexionadas para afianzarse al terreno.
Tiene un buen tiro, por lo que el monaguillo decide levantar las manos en señal de rendición.
Es entonces cuando Quique es consciente por primera vez del enorme calor que hace allí. Incluso está mojado por el sudor.
—¡Quítate de encima! ¡Apártate de ahí! —grita Yohanna al ver que aquella mole aplasta a una Belén inerte.
La chica parece muerta.
Él obedece e incorpora su enorme cuerpo. Tan grande es que, con el fuego a su espalda, su sombra se cierne amenazante sobre Yohanna y la pistola se le hace chica en unas manos que empiezan a sudar. Incluso teme que se le resbale.
—¡Ahora, arrodíllate! —ordena.
Él no ve alternativa y también obedece. Incluso de rodillas está casi a la misma altura que ella. Todavía tiene una oportunidad.
Yohanna se acerca despacio. Sabe la peligrosidad que tiene aquella detención.
Solo tiene dos manos para maniobrar y necesita enfundarse el arma para sacar las esposas y colocárselas a Quique.
Ni siquiera sabe si tendrán el tamaño adecuado para unas muñecas tan gruesas.
Ese movimiento puede ser crucial. Preferiría esperar refuerzos, pero es que ni Belén ni su padre responden.
Puede que estén en parada cardíaca. Tiene que hacerles una reanimación cardiopulmonar y no puede hacerlo con aquel asesino suelto.
El tiempo corre y cuanto más tarde, más probabilidad de que la joven Belén permanezca muerta para siempre. Tiene que echarle valor y actuar ya.
—¡Al suelo! ¡Échate al suelo!
Necesita ponerlo en una situación incómoda para que revolverse le resulte complicado. Parece no obedecer tan deprisa a aquello.
—¡Que te eches al suelo, joder, he dicho que te eches al puto suelo!
Quique tumba su pesado cuerpo sobre la tierra, bocabajo.
Yohanna no espera más: enfunda su arma, saca los grilletes y le agarra la gruesa muñeca con fuerza.
Es entonces cuando el monaguillo se revuelve como un pez fuera del agua.
A pesar de su tamaño es rápido y habilidoso.
Se gira para estar bocarriba, flexiona las piernas y estira sus cuádriceps para lanzar ambos pies en una patada doble que golpea el pecho de Yohanna y la lanza hacia atrás.
Él se incorpora a toda prisa y corre hacia la guardiacivil.
Ella, también con agilidad, se posiciona de rodillas, desenfunda el arma ya montada, quita el seguro y dispara.
¡Bang!
El sonido irrumpe en el bosque con tanta fuerza que por un momento las llamas parecen haber parado de comer, pero pronto retoman su actividad.
A pesar de que el tiro ha sido acertado, un único impacto sobre aquel cuerpo tan grande no frena la marcha de aquella bestia que se tira contra Yohanna.
El choque provoca que ambos cuerpos vuelvan a caer.
Ella rueda rápido sobre su espalda, se levanta y se pone en posición de combate.
La lucha está tan presente en su vida que forma parte de un instinto de supervivencia.
Quique también se ha levantado deprisa y vuelve a correr hacia ella para embestirla de nuevo.
Esta vez ella está más preparada para el envite y ladea su cuerpo, esquivando aquella mole.
Entonces, lanza una patada lateral que impacta en sus costillas.
Él suelta un gruñido; le ha dolido. Aun así no ha servido de mucho aquel golpe.
Tiene que analizar mejor a su contrincante.
Lo primero es el entorno. Él está en una posición más elevada, lo que le da ventaja, así que Yohanna mira a su alrededor buscando otra elevación del terreno.
Le parece ver a Lucas arrastrarse hacia su hija.
No es momento de pensar en ello. La amenaza sigue presente frente a ella.
Yohanna camina lateralmente, nunca ofreciendo la espalda a su enemigo, que la encara y tiene una mirada cargada de ira puesta sobre ella.
Cuando Yohanna toma la posición que quiere, se analiza a sí misma y a su enemigo.
Ella ha perdido la pistola, imagina que en el lance con el enorme monaguillo, cuando se lanzó sobre ella, el arma debió habérsele escapado de la mano.
No importa, tiene su cuerpo para presentar batalla y se centra en él: su respiración es agitada, necesita regularla, así que insufla aire por la nariz y lo expulsa por la boca de manera rítmica y constante hasta que comienza a encontrarse mucho mejor.
Luego analiza a su rival. No hay duda de que es enorme, pero se sujeta el vientre con una mano; hay sangre, es una herida de bala.
No sabe cuánto tiempo tardará, pero aquella herida surtirá efecto y acabará por derribarlo tarde o temprano.
Y más vale que sea temprano… Echa un vistazo más general.
Su enemigo puede alcanzar casi los dos metros, no obstante, tiene un tren superior demasiado grueso, muy tocho, mientras que sus piernas son flacas y alargadas como espigas de campo soportando a una ballena.
Las piernas flacas y aquella herida son sus puntos débiles.
Yohanna Alonso está preparada.
La luchadora se acerca despacio, tanteando la manera de atacarle.
El otro, por el contrario, vuelve a saltar sobre ella con impaciencia.
Yohanna retrocede lo justo para esquivar sus manos, lanza un grito ensayado para expulsar tensiones y suelta una patada lateral a la rodilla izquierda con tanta fuerza que esta se dobla y hace caer a su enemigo de rodillas.
Luego gira sobre su esbelto cuerpo para sincronizar una patada circular que golpea con el talón la herida de bala del vientre del monstruo, que se encorva sobre sí mismo.
De inmediato, conecta un rodillazo que le desencaja la mandíbula.
Los ojos de la bestia suben al cielo y este da a parar sus pesados huesos contra el suelo.
Las hojas del terreno saltan, apartándose de aquel gigante.
Yohanna recupera sus grilletes y esposa a la mole inconsciente con las manos a la espalda, logrando así detener al fin al asesino de la maldición del azufre.