Azufre 81
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S iente el pecho ardiendo y el corazón a mil por hora. Ha comenzado a correr aún más rápido al ver la columna de humo negro que se eleva al cielo. Es un autobús y, por los gritos que empieza a oír, parece que hay personas en su interior.

Anastasia no puede creerlo.

​ Mira la parte trasera, donde, a través de un cristal pequeño y rectangular, ve rostros con ojos muy abiertos, implorantes.

Sabe lo que tiene que hacer antes de llegar, así que desenfunda su arma.

Alcanza el bus y se posiciona en un lateral.

Por un segundo, la bola de fuego en que se ha convertido la parte delantera la deja paralizada.

La gruesa columna de humo negro procede de esa parte, pero a este pilar de humo y ceniza se le unen ramificaciones que escapan del interior del cubículo a través de las pequeñas ventanas que son como ranuras abiertas sobre los cristales.

En el interior todo es un infierno sofocante.

Son los jóvenes del pueblo de Zufre. La mayoría llevan la camiseta levantada para taparse la zona buconasal para no inhalar el condensado humo que recubre el techo del autobús.

Deben salir pronto antes de que se desmayen por el espeso humo y acaben permitiendo que su carne se queme en aquel horno con ruedas.

Carne quemada como la de sus propias piernas.

Anastasia tiembla, incapaz de moverse. Vuelve a quedar paralizada mientras las lágrimas se asoman al borde de sus ojos, horrorizada por lo que ve y por la sensación de que no podrá actuar.

El terror a aquellas llamas la atenaza por completo.

No puede hacer nada, no puede hacer nada por ellos, van a quemarse frente a sus ojos.

¡Bum, bum, bum!

Unos porrazos la despiertan. Una chica rubia golpea el cristal desde el interior y la mira asustada pidiendo socorro.

Es la joven de diecisiete años que ya ha sido madre, Jésica.

¿Cómo se llamaba su bebé? No lo recuerda.

Da igual. No puede dejarla morir allí, quemada, del mismo modo en que murió su propia madre.

Le duelen las quemaduras de sus piernas, pero más le duele la muerte de su propia madre.

El terror la paraliza, pero Anastasia no puede permitir que la historia se repita.

Tiene que resarcirse. La joven implora su ayuda y ella responde para salvar a una madre.

Alza su pistola apuntando al amplio cristal bajo la pequeña ventana abierta.

Hace una señal para que los jóvenes se aparten y estos obedecen viendo las intenciones de la sargento.

Sujeta el arma con firmeza, quita el seguro e introduce el dedo para tantear el gatillo.

Y a pesar del calor, siente en la nuca el frío helado que produce saber que la garra de un monstruo se acerca por la espalda para cazarla.

Antes de abrir fuego, una mano enorme le agarra la cabeza por detrás.

Se ve forzada a avanzar cuando la mano que le sujeta avanza con ella empujándola hasta estrellar su frente, con una fuerza desmesurada, contra el lateral del autobús, abollándolo.

La pistola se resbala de sus manos y ella cae al suelo con la frente abierta y la vista en negro.