Azufre 79
91%

79

E l fuego ha debido devorar casi toda la madera porque el calor resulta insoportable.

Puede sentirlo en su piel, pero no puede verlo porque aquel monstruo le ha tapado la cabeza y hasta los ojos con una coroza.

Se ha tomado su tiempo en forzarla para vestirle el cuerpo con un sambenito, un saco marcado con una equis de pintura roja, y le ha tapado la cabeza con aquel capirote encajado hasta la boca, por lo que no puede ver y apenas logra respirar.

Ella intentó luchar al principio, solo hasta que él la golpeó en las piernas dos veces con el martillo con tal contundencia que el miedo a un nuevo golpe aún está presente; y también el dolor de sus tobillos fracturados tras saltar por la ventana del primer piso para escapar del asesino que ha acabado por atraparla.

Ni siquiera el llanto la consuela, pues sus lágrimas se evaporan rápido en aquel infierno.

​ Quique termina de atarle las muñecas y los tobillos a una estructura de madera que Belén no puede intuir.

Es una escalera que ha cogido del trastero de Manfred.

Manfred… No quiere creer que su amado haya muerto por defenderla.

Belén vuelve a llorar bajo la coroza y sus lágrimas vuelven a desaparecer evaporadas.

​ Quique tiene a Belén atada sobre la escalera que reposa en la tierra frente a la ardiente fachada principal de la casa del diablo.

Esa es su mayor obra de arte: su obra maestra.

Él ha resucitado a la Santa Inquisición y va a quemar viva a una hereje por sus continuados pecados.

Y va a hacerlo como Dios manda. Contempla a la joven vestida con las ropas de una hereje y, ahora que no puede verle, decide satisfacer su deseo sexual.

Se saca su pequeño miembro y lo masajea hasta que este se hincha y puede masturbarse.

Lo hace arropado por el calor de las llamas y por el deseo que le produce ver a una joven, guapa, de cuerpo esbelto, que se cree más lista que nadie, completamente sumisa y dominada por él, por alguien del que siempre se han reído y al que siempre han tratado como al tonto del pueblo.

Ahora es él quien manda, quien domina la situación, quien dice qué y cómo deben hacerse las cosas.

El poder es suyo y Quique lo palpa y siente que sale de su entrepierna.

​ El éxtasis llega rápido. Mancha el saco pintado de la hereje, se sube los pantalones y agarra el extremo de la escalera, por encima de la coroza de la bruja despersonalizada. Ha dejado de gritar hace rato, cuando le dio los golpes con el martillo antibrujas.

Quique utiliza la fuerza de sus amplios músculos para alzar la escalera a la que ha atado a la chica.

Esta se eleva por encima de la cabeza de la bestia que piensa tirarla al fuego, a las llamas.

Tiene la escalera en vertical y en el extremo superior de esta se encuentra atado el cuerpo de la joven ignorante de su atroz destino.

Calcula que si lanza ahora la escalera hacia delante esta no alcanzará las llamas y solo logrará que la joven se parta los dientes contra el suelo, así que agarra la escalera por la base y la levanta en peso para andar unos pasos hasta acercarla lo suficiente al incendio.

El sobresfuerzo le deja exhausto. El calor es sofocante y su piel se queja.

Casi siente que se quema, no obstante, logra su objetivo. Ahora sí está lo suficientemente cerca.

​ Alza la vista y contempla una vez más su mayor obra.

Se siente tan bien que es capaz de masturbarse de nuevo, pero la posición es incómoda y ya ha empleado demasiado tiempo en todos los preparativos.

Debe hacerlo ya. Es hora de consumar su plan y quemar a otra bruja del pueblo como dictaminan las leyes inquisidoras.

Quique empuja la parte de arriba de la escalera hacia delante para que caiga por su propio peso sobre la lengua de llamas infernales.

​ Como en el mito de Ícaro, Belén es alzada hacia el sol abrasador para luego sentir la caída en su estómago y gritar por su vida una última vez antes de precipitarse sobre un mar ardiente.