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—Q uique, mi monaguillo. Siempre está cogiendo ese libro.
¡Quique! Quique era quien tenía aquel libro amarillo.
Le vio. Ella le vio cuando entró en su casa y habló con la madre.
Le vio absorto en él, leyéndolo, y luego cerrándolo y marchándose molesto a su habitación; fue un detalle que le pasó desapercibida pero que su subconsciente atrapó para bombardearla con ese color.
El color amarillo, ese libro amarillo era la extraña sensación, la clave para resolver el caso, la había tenido frente a sus ojos y no lo había comprendido hasta entonces, hasta que unió todas las piezas de aquel terrible puzle.
Quique había aprendido de aquel libro amarillo la grotesca justicia para con las herejes.
Por eso aplicó las arcaicas técnicas de castigo: ahogarla con un pañuelo mojado atascado en la garganta, colgarla de las muñecas y quemarla en una pira.
Anastasia entra en el vehículo y deja el pesado libro sobre la guantera.
Ahora tiene una pista tan gruesa que puede hallar las respuestas del crimen que ha estado atormentándola a ella y también al pueblo de Zufre.
La maldición del azufre… resuelta. Por ella, solita, sin la ayuda de la policía judicial de Aracena que dirige el frustrado brigada ni del absurdo y prepotente capitán Paz con su equipo de élite venido desde la capital.
No se anotarán este tanto, es la reputación de ella la que ellos mancharon y que ahora debe limpiar.
A pesar de la emoción que siente por haber encontrado la clave del caso, trata de guardar las apariencias y se mantiene serena sobre el asiento del copiloto a la espera de que su compañero arranque.
Sin embargo, el vehículo no se mueve. Mira entonces a Patxi.
—Mi sargento, ¿se encuentra bien?
Patxi la mira con la boca abierta. El sacerdote también. Ambos se han quedado pasmados ante la actitud de la sargento que apareció chillando con el libro en la mano como una loca, preguntando sobre quién lo estaba leyendo.
—¿Qué? Sí, estoy bien. ¿Por qué?
—¿Quiere quedarse ese libro? —pregunta el párroco desde la parte trasera del coche.
—Ay va, yo diría que has visto una sorginak. ¡Estás pálida! ¿Pasó algo ahí dentro? Cualquiera diría que viste un milagro.
—Anastasia, ¿qué ha pasado? —insiste Santiago.
Ella niega con la cabeza, seria, con los labios sellados, temiendo que su reciente descubrimiento se le escape de su boca. No puede permitirlo o sus jefes volverán a pisarla y se harán con todo el mérito. Tiene que aguantar la información y compartirla solo con quien más confianza tiene.
—No es nada. Vámonos ya.
De camino al cuartel, saca el móvil y manda un mensaje a su compañera Yohanna.
Le escribe que la espere preparada para salir.
Recalca que es urgente. Cuando llegan al acuartelamiento, la sargento ordena a Patxi que acompañe al sacerdote al interior del edificio mientras ella se lleva el libro y busca a Yohanna.
—Sígueme.
Yohanna le acompaña a paso ligero.
—¿A dónde vamos con tanta prisa?
—Creo que sé quién es el asesino de Alicia. Esto es muy importante —dice mostrando el libro.
Yohanna se toma unos segundos para comprender sus palabras.
—De Alicia y también de Fernando. ¿Quién? ¿Y cómo lo sabes? ¿Estás segura? Dime quién, por Dios, Anastasia.
—Cuando fuimos a casa de Santa Carmen para interrogar a Jacobo acerca del cóctel molotov vi a Enrique, el monaguillo, con este libro amarillo. Hoy he visto este mismo libro en la iglesia. Es el Malleus maleficarum, el martillo de las brujas .
—¿Qué?
— El martillo de las brujas . Es un libro muy antiguo.
Lo he ojeado. Lo escribieron dos inquisidores y se usó por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición como guía para condenar a herejes.
Vi cómo Quique permanecía absorto con este libro.
Lo trataba casi con veneración. Es lo que me contó aquel profesor sobre la Iglesia y sobre la quema de brujas. Tenía razón en muchas cosas.
—Pero no podemos acusar a nadie por leer un libro. Podríamos estar cometiendo otro grave error.
—No… No podemos. No aún. Por eso te he avisado solo a ti.
Para que hablemos con la madre y con su ayuda presionemos a Quique, a ver qué conclusiones sacamos.
No tenemos nada firme, pero es un hilo importante del que tirar.
Quiero mostrarle el libro para ver su reacción.
Esta es nuestra única pista y debemos aprovecharla.
—Pero, Quique es… ¿De verdad crees que es él?
—Quique es un adulto con mucha fuerza que se ha criado en un ambiente marginal. Usaremos a la madre para presionarle y que se derrumbe. Traigo el libro para que lo vea. Quiero que cuando lo mire sepa que lo sabemos y entonces se desplome.
—Un libro que cuenta cómo quemar a una bruja.
—¡Sí!
—¿Y lo usaba la Santa Inquisición de manera oficial?
—¡Exacto! Vengo de detener al padre Santiago y acabo de ver este libro en su casa, en la iglesia, y me ha dicho que Quique, el monaguillo, siempre lo anda leyendo.
—Si ese libro estaba allí, ¿por qué no sospechas de Santiago?
—No. Fue a Quique a quien vi con este libro.
Sé qué implicación tuvo el sacerdote en todo esto.
Sin saberlo, él marcó a la víctima. La señaló con sus discursos contra los jóvenes que no van a la iglesia…
que buscan religiones alternativas. Alicia se hizo budista y Quique enfocó su ira y su apetito sexual contra ella. Un apetito que sacia con violencia.
Cuando alcanzan la vivienda de los García, Anastasia golpea la puerta con insistencia. Abre Santa Carmen.
—¿Está su hijo en casa?
Ella mantiene la boca abierta, sorprendida por el fuerte golpe que han empleado para llamar. Se siente alterada.
—No. ¿Qué pasa?
—¿Podría decirnos dónde se encuentra?
—Salió a pasear esta mañana, temprano. No sé… Quizá esté en la iglesia. ¿Por qué? —Carmen repara en el ejemplar de El martillo de las brujas —. ¿Ha venido a traerle su libro?
Anastasia prepara una mentira para la madre de Quique, pero antes de soltarla oye el intenso ruido de una moto que se les echa encima a sus espaldas.
—¡Yohanna! ¡Yohanna!
Anastasia y Yohanna se vuelven y ven al joven que se les acerca con expresión desesperada. Es entonces cuando oye las palabras que hace que le tiemblen las piernas:
—¡Fuego! ¡Hay fuego en el bosque, Yohanna! ¡Fuego! ¡La casa de Manfred! ¡Es la casa de Manfred que se quema y está allí Belén, la llevé antes, y su padre también ha ido allí y me ha dicho que os avisara! ¡Hay fuego por todo el bosque!
—¡¿Qué pasa?! ¿Qué está pasando? —grita Carmen.
El vecino, Óscar, se asoma por la ventana de su habitación.
—¡Tito, hay otro incendio, se quema la casa del holandés con gente dentro!
—¡Voy a llamar a los bomberos! —dice Óscar antes de volver a meterse dentro.
Anastasia, sin previo aviso, sale corriendo en dirección a la carretera que da al bosque y que se encuentra a cien metros a la espalda del domicilio de los García. Yohanna le pide la moto a Cristian.
—¡Te la devolveré! ¡Tú avisa en el cuartel, Cristian!
La guardiacivil se sube a la moto y arranca para llegar al bosque antes que su sargento. Alcanza la carretera principal que conectan los pueblos en menos de un minuto.
Desde la distancia, Anastasia ve a su compañera montada en la moto adentrarse en terreno boscoso en dirección a la casa de Manfred. Ella la sigue a pie, corriendo, cuando algo hace que se detenga antes incluso de cruzar la carretera que separa Zufre del bosque.
Un perrito corre a toda prisa en dirección contraria, por el centro de la carretera.
Es un bodeguero, el perro de la familia García, ¡de Quique!
, y regresa buscando su hogar con el rabo entre las piernas.
No ha salido del bosque, sino de la carretera que va hacia el pueblo vecino: Santa Olalla del Cala.
¿Y si Quique ya ha terminado en la casa de Manfred y ha salido del bosque más al este?
¿Y si ellas y toda la Guardia Civil se centran en el incendio provocado y dejan escapar al único del que Anastasia sospecha?
Como ya pasó con el crimen de Alicia. ¿Qué pruebas tendrían contra el monaguillo entonces, sin haberle atrapado cerca del incendio?
¿Es eso lo que verdaderamente piensa o es una excusa para hacer caso a su temblor de piernas y no adentrarse en un bosque en llamas?
Sea por seguir su lógica o por apartarse del miedo que le produce saber que corre hacia una casa ardiendo, Anastasia decide no pensar más y correr siguiendo la pista del chucho.