Azufre 76
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—¡M i cabo!

​ Su respiración es agitada. Mira sus manos enguantadas: tienen sangre, pero sabe que no es suya.

La situación es extraña. Lo vive desde el presente, empero siente que todo sucede a cámara lenta.

Puede ver la estrecha sala a su alrededor llena de instrumentos médicos.

Bandejas de plástico, tijeras, gasas, jeringas…

​ —¡Mi cabo!

​ No atiende a quien le llama porque está ensimismado.

Hay otro hombre que grita más, pero no a él.

Es un árabe con bigote, y en su expresión y en sus gestos se aprecia una súplica desesperada.

El teniente lo echa a empujones para que deje espacio y pueda entrar la camilla en la que va la hija del árabe del bigote.

Esta pasa por delante de sus ojos y lo que ve se queda sujeto a su memoria para siempre.

Como las marcas de fierro incandescente en el ganado, aquello jamás podrá separarlo de su piel, aquello jamás podrá olvidarlo.

​ —¡Mi cabo, atiende aquí de una puta vez!

​ Sobre la camilla va una adolescente con el cuerpo completamente despellejado, malherido y ennegrecido por la explosión de una bomba.

Quemaduras de tercer grado recorren todo su cuerpo sin piel.

Está temblando, y la chica fija sus ojos llorosos en el cabo Lucas Vázquez.

Su mirada implora ayuda para aliviar el dolor.

Es entonces cuando sus ojos cambian de color, del negro azabache al castaño oscuro de su propia hija.

Es Belén la que le pide ahora ayuda. Su cuerpo se quema. Están quemando a su niña.

​ —¡Papá!

​ Lucas se despierta sudando en el sofá. Su móvil vibra sobre la mesa y lo atrapa para contestar a la llamada que le ha despertado de aquella horrible pesadilla.

​ —¡Lucas, la niña! ¡¿La niña dónde está?!

​ —¿Qué? —le cuesta centrarse. Ha contestado sin ver ni quién era. Ahora la voz le resulta bastante familiar, es la de su exmujer.

​ —¡¿Que dónde está la niña, Lucas?! Que llevo un rato llamándola y ni siquiera da cobertura.

Y se supone que iba a llamarme cuando fuese en el autobús y aún no sé nada.

¿Dónde está la niña, Lucas? Dime que está contigo, por Dios bendito.

Después de todo lo que está pasando allí en el pueblo, dime que está ahí contigo.

​ Lucas cuelga la llamada. Necesita pensar. Vuelve a mirar el móvil y decide marcar el número de su hija.

La llamada no da tono y eso puede significar una cosa.

Su exmujer le está llamando de nuevo. Descuelga.

​ —¡Por Dios, no me cuelgues así! Dime que sabes dónde está la niña, por todo lo que más quieras.

​ —Creo que ya sé dónde puede estar —responde haciendo acopio de paciencia.

​ —¿¡Crees!? ¡Lucas, por favor, deja de mentir!

​ Vuelve a colgar. Las reprimendas de su exmujer son lo último que necesita. Se levanta, se calza los tenis y sale al exterior. Va camino de su vehículo cuando oye la ruidosa motocicleta de Cristian. Cruza la esquina y continúa hasta acercarse a él.

​ —Vienes de casa del holandés, ¿verdad? —Cristian no abre la boca—. ¿Cuánto te ha pagado mi hija por llevarla?

​ El chico lo mira de arriba abajo antes de contestar:

​ —Veinte euros.

​ —Mentira. Si le cobrases eso por cada viaje no se hubiese enamorado del mamarracho ese. Yo no le doy tanta paga.

​ Cristian sonríe y se corrige:

​ —Dos euros, si me pilla de buenas; a veces, tres.

​ Lucas saca la billetera y le ofrece un billete de diez.

​ —Llévame —dice. Pero el joven no se mueve—. Vamos, me bajaré antes de la moto y le diré a ella que he llegado caminando. No sabrá que me has llevado tú.

​ El joven asiente y Lucas sube en la parte trasera. Se siente tan incómodo como pez fuera del agua. El piloto lanza una coz al mismo tiempo que gira la muñeca para arrancar y ponerse en marcha.

​ Lucas llega mareado al interior del bosque.

Hace demasiado tiempo que no va de paquete en un vehículo de dos ruedas y el añadido de los botes por aquel paraje le ha revuelto el estómago.

Pero aquella sensación es sustituida por la del pánico cuando divisa entre los árboles una columna de humo gris oscuro, muy parecida a aquella que vio justo antes de presenciar el cadáver torturado de Alicia.

A medida que Cristian se acerca, comprende que la casa del holandés se está quemando.

No puede creer lo que está viendo con sus propios ojos.

Grita a Cristian que se acerque más y cuando están tan cerca que sienten el calor, se baja y le pide a este que regrese al pueblo a toda prisa para pedir ayuda.

Luego, Lucas se adentra en el infierno de sus más profundas pesadillas.