Azufre 75
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E l conductor del autobús se detiene en la parada de Zufre. Suben siete jóvenes antes que Daniel y Jésica y, tras estos, él la mira y le cede el paso. Ella entra con la barbilla alta.

​ —Sois pocos —dice el chófer.

​ —La gente está cagada de miedo con lo de la maldición del azufre. La mayoría se ha ido del pueblo —explica Daniel. El conductor asiente y le ofrece una sonrisa cándida.

Dani ve cómo todos toman asiento al fondo para estar juntos. Él prefiere situarse en medio, aislado del resto sin quedar delante. Hoy no tiene ganas de relacionarse con nadie. El autobús cierra sus puertas y continúa en dirección al instituto de Santa Olalla del Cala.

​ A menos de dos kilómetros, divisa una silueta en medio de la carretera.

El chófer se ve obligado a reducir la velocidad, maldiciendo al desgraciado que no se aparta.

Dani se acerca a la parte delantera para ver mejor qué pasa.

Es el único que se percata de lo extraño de la situación, el resto de chavales se entretienen al fondo.

Primero piensa que debe ser un loco hasta que, cuando el autobús se detiene a tan solo un par de metros, observa la altura del hombre y reconoce a Jacobo, el pobre viejo con alzhéimer.

Ha debido de perderse de nuevo. Siempre se levanta temprano y se echa a caminar con su perro en cualquier dirección, pero esta vez es peligroso y el conductor del autobús decide bajarse para ayudarle.

​ —Dani, ven, tonto… —Reconoce la voz. Es Jésica—. No tienes por qué sentarte solo.

​ Él obedece porque sabe lo dura y orgullosa que es Jésica. Tanto o incluso más que él. Quizá se ha visto apartada del grupo principal y se siente tan aislada y vulnerable como él. Ambos se quedan callados, sentados uno al lado del otro. Él la mira y ella le mira a él.

​ —Pareces un besugo… —le insulta.

Él le da un codazo en el brazo y ambos se echan a reír.

​ —Tía, nunca te conté lo del tatuaje de este autobusero.

​ —Ah, sí, me dijiste que ya sabías lo que era.

​ —Sí. Es una cruz. Tiene una cruz enorme tatuada por toda la espalda y lo que vemos que sobresale por la nuca es la parte de arriba. Debe ser un fanático religioso o algo de eso. Lo fuerte es cómo lo descubrí. Vi una foto suya sin camiseta en mi aplicación de citas. Es gay, tía.

​ —¿En serio? Si parece muy hetero…

​ —Porque no sale del armario. Por eso siempre está amargado.

Incluso va a la iglesia a rezar. Es de los que se sienten culpables después de que un tío le coma la po…

—Dani se interrumpe cuando ve al conductor regresar.

No, espera, no es el conductor. Es Jacobo el primero que ha subido al autobús.

Nadie sube detrás y nadie le echa cuentas hasta que habla el típico gracioso:

​ —El viejo loco, el viejo loco, tíos.

El bufón que se burla de Jacobo se levanta para demostrar a sus amigos lo imbécil que es. Se adelanta unos pasos.

—¿A qué curso vas?

​ Suena alguna risilla tímida. El chiste no ha tenido mucha acogida.

​ Jésica y Daniel se miran y saben al instante lo que piensa el otro. Ambos odian a ese imbécil cobarde que pretende mostrarse atrevido para ganarse el respeto de sus patéticos amigos. Y ambos piensan en decirle algo, pero no tienen tiempo.

​ El viejo Jacobo apunta con su botella de agua para limpiar el pipí del chucho al chico que le encara desde la distancia. Estruja esta y un chorreón transparente moja los pantalones del bromista, que da unos pasos atrás, sorprendido.

​ —¡¿Qué haces, viejo?!

​ Y entonces Jacobo hace algo que deja a todo el autobús atónito. Termina de rociar con la botella algunos asientos delanteros como quien riega plantas y luego saca su amuleto y mayor tesoro: un mechero plateado.

Es entonces cuando Daniel nota el fuerte olor a alcohol que desprende el líquido y descubre, para su horror, que no es agua para limpiar las meadas de su perro.

La chispa se activa desde el mechero y la llama que crece aborda los asientos y el pasillo hasta alcanzar la pernera del pobre abusón que empieza a chillar con voz aguda y afeminada mientras trata de desabrocharse el cinturón.

Las llamas están delante y ninguno puede salir del autobús que acaba de comenzar a arder.

Jesi y Dani se dan cuenta de que están en una ratonera.

​ Jacobo se da la vuelta y sale tranquilamente del autobús. A sus pies, tirado en el suelo, muerto, está el conductor con la correa del perro enroscada en su cuello.