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U na mano firme aprieta su fino cuello hasta el punto de que casi no la deja respirar.
A Manfred le gusta el sexo salvaje y Belén se ha adaptado a sus toscas maneras.
Ella abre la boca y saca su lengua. La extiende hacia delante todo cuanto puede sacarla.
Hace calor y sus cuerpos están a punto de romper a sudar; no obstante, en la saliva de su lengua siente un aire fresco justo antes de recibir el pene de su amado extranjero.
El líquido preseminal que fluye de él sí está caliente.
Con la mano libre, él le tira de los pelos y empuja hacia delante y hacia atrás.
El paso de los gruesos labios de la joven por el tronco y el glande, y su imagen desnuda y arrodillada, sumisa, sometida a él, hacen que se deleite de placer.
Presiona su cabeza contra sí mismo, para sentirla todavía más adentro, hasta que ella emite un sonido gutural seguido de una arcada.
Con las palmas de sus manos, Belén golpea sus muslos para recordarle el límite y el holandés la suelta para que se aleje y tome aire con ansiedad.
Desde abajo, ella sube una mirada desafiante, aún con la boca muy abierta, la lengua fuera y los fluidos cayendo de esta sobre sus turgentes pechos.
Él no soporta tanto placer y con un sonido animal la alza en volandas, la tira sobre el sofá y se zambulle entre sus piernas dispuesto a ser complaciente.
Comienza dando suaves besos en la cara interna de los muslos.
Ella se muestra pasiva y él, sin sacar la cabeza, agarra sus manos y las guía hasta sus largos cabellos, más largos que los de ella, indicando que puede aferrarse a ellos para domarle.
Ella obedece y se sujeta de aquellos cordeles dorados como si montara a un semental.
Manfred se adentra más en territorio prohibido y saca su lengua ávida de sexo.
Lame despacio, muy despacio, y la oye gemir.
Se toma su tiempo, lo saborea, hasta que muy lentamente comienza a aumentar la cadencia de su ritmo.
Aquel intenso placer mantiene a Belén con la boca muy abierta y el ceño fruncido.
Se siente al borde de un abismo al que desea saltar.
Nota el ardor y las cosquillas que le suben desde el pubis hasta el pecho; este asciende y desciende de forma irregular, reflejo de los imprevisibles movimientos que realiza la atrevida lengua de su amante, de arriba abajo y de un lado al otro.
Se va a volver loca y de un momento a otro sus piernas empezarán a temblar de manera impulsiva.
Incontrolable.
Al borde del clímax, algo terrible destruye la magia.
De una fuerte patada desde el exterior, la puerta principal de la casa salta hacia delante cayendo en el interior.
Belén grita. Manfred se gira y ve bajo el marco de la puerta la enorme silueta de una amenaza.
Alguien gigantesco, ensombrecido a contraluz, con un martillo en la mano izquierda y un cóctel molotov en la otra.
Da unos pasos para adentrarse en la casa y el fuego del paño que corona la botella de cristal convertida en bomba ilumina su rostro. Belén abre los ojos y ve tras su amante a aquel gigante. Se trata de Quique, el monaguillo.
—Bruuuuuuuuuu —emite el rugido de aquella bestia.
Quique lanza el cóctel molotov contra Manfred, cayendo a sus pies.
El cristal se hace trizas y el combustible del interior de la botella se extiende impregnando la base del sofá y los pantalones caídos del holandés, y la llama devora aquel líquido en un santiamén.
El salón se ilumina de golpe con colores cálidos y el ambiente se carga con olor a alcohol.
Manfred vuelca su cuerpo, tirándose del sofá al suelo e intentando desprenderse del pantalón en llamas que le queman los pelos de sus huevos.
Lanza un chillido agudo cuando aquel fuego le alcanza la entrepierna.
Belén impulsa su cuerpo, también para escapar del sofá que ha empezado a arder. Salta tanto que supera el respaldo y cae por el lado contrario a Manfred. Desnuda, comienza a correr escaleras arriba, hacia la primera planta, con los pechos y las nalgas rebotando.
Quique cambia el martillo a su mano diestra y corre con él en alto tras la chica.
—¡Brujaaaaaaaa! —grita el loco de Quique.
Belén sube los escalones de tres en tres entre lágrimas y con un pavor que engarrota sus manos y sus piernas tanto que pierde el equilibrio, golpea con el pie el último escalón y cae al suelo de la planta superior.
La bestia sube los escalones de dos en dos.
Su enorme mano agarra el tobillo de Belén y la arrastra abajo tres escalones, cuyos filos se le clavan a la chica en la espalda.
Ella vuelve a gritar, impotente, vulnerable.
Quique alza el martillo de nuevo, preparado para descargarlo contra el frágil cuerpo de Belén.
Manfred salta como un tigre, se aferra a la oscura ropa del monaguillo y tira hacia atrás.
Este pierde el equilibrio y se ve obligado a soltar el martillo para girar el cuerpo, pasar sus manos por delante y amortiguar la caída desde las escaleras hasta la planta baja.
Aun así, su boca golpea el suelo y sus labios se abren, salpicando sangre.
Desde el suelo, gira el rostro con los ojos encendidos por la ira.
Ve al diablo desnudo con su larga serpiente; ha logrado desprenderse de sus pantalones y está delante de la bruja, protegiendo su herejía.
La visión de aquella mole tumbada en el suelo, sangrando por la boca y mirándole con odio, es espeluznante. El fuego crece e ilumina a aquella bestia que se incorpora y recupera su martillo.
—¡Vamos, Belén, vámonos!
Manfred la ayuda a levantarse y ambos corren en pelotas hasta el dormitorio principal. La madera de los escalones cruje anunciando que la bestia sube a por ellos. Belén grita asustada y llora desconsolada. A Manfred le duelen mucho los cojones; pero tienen que sobrevivir a aquel depredador.
No hay tiempo para pensar. Quique corre y proyecta su cuerpo contra la puerta del dormitorio. Las bisagras son escupidas del marco y la puerta cae con el monaguillo sobre ella. Se levanta, a pesar de su altura y su peso, su agilidad resulta sorprendente. Se lanza, esta vez, contra el holandés.
Belén abre la ventana y saca medio cuerpo.
Duda si saltar, la distancia es considerable.
Mira al interior de la habitación donde Manfred trata de agarrar las manos de su adversario, pero es demasiado alto y sus brazos demasiado largos, por lo que no logra sujetarle.
Quique descarga un primer golpe de martillo sobre la cara del holandés, no demasiado fuerte, pero lo suficiente para aturdirle y conseguir tiempo para extender su brazo hacia atrás y, esta vez sí, descargar el mazo sobre la cabeza del brujo con todas sus fuerzas.
Belén vuelve a gritar.
El golpe suena a roca partida y Manfred cae fulminado sobre el escritorio.
Su cuerpo inerte se desliza hasta el suelo y se queda allí tendido.
Luego, la bestia mira a la chica y esta se tira por la ventana.
Cree que se le ha escapado, pero, cuando Quique se asoma, ve su cuerpo desnudo tendido sobre la naturaleza.
Está viva, pero se lamenta, ha debido romperse algo tras la caída desde un primer piso; así que el monstruo baja despacio, con la tranquilidad de una araña que mantiene enredada a su presa.
Fuera, Belén intenta dejar de llorar. Aprieta los dientes y se arrastra. No consigue ponerse en pie. Sus músculos no le responden. Está agarrotada y además no sabe si tiene un par de esguinces gordos de tobillo o directamente se ha partido los huesos.
Llora.
Se arrastra.
Sobre el sonido de su propio arrastre oye el rugido de las llamas y un sonido más aterrador: el crujir de los escalones bajo el pesado cuerpo del monaguillo, que desciende martillo en mano para rematarla.
Quique no tarda en alcanzar a la joven convaleciente. En cambio, esta vez deja su martillo aparte y le dirige unas palabras:
—Las brujas a la hoguera —sintetiza.
Agarra de los cortos pelos a Belén y la arrastra hacia atrás, alejándola del bosque y adentrándola en el infierno de la casa en llamas.