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A l retirar la cortina y salir del confesionario, la luz aborda sus pupilas empequeñeciéndolas y engrandeciendo su iris del color de la avellana.
Anastasia espera en silencio al padre Santiago.
Este sale de la caja, reflexivo. Ambos caminan entre las bancadas y al pasar delante del púlpito, él se detiene pensativo y mira en derredor.
—He dedicado toda mi vida a esto.
Anastasia no contesta. No le da lástima y tampoco quiere seguir debatiendo.
Espera pacientemente hasta que él continúa su marcha hacia la sacristía para acceder a la casa.
Atraviesan el salón con una molesta luz de media mañana.
Cuando ella abre la puerta para salir al exterior, Patxi espera fuera, de pie, con los brazos cruzados y expresión adusta.
—¿Colabora?
La sargento asiente y mira a ambos lados de la calle. No hay nadie más allí y tampoco se escuchan las voces de la prensa y de los familiares de Alicia. Así que le hace una señal al sacerdote para que salga y acompaña el gesto de una mirada taciturna.
El padre Santiago sale y se monta, sin ayuda, en la parte trasera del coche. Patxi hace lo propio en el asiento del piloto y espera que su sargento les acompañe; sin embargo, ella permanece clavada bajo el marco de la puerta mirando al interior.
Amarillo.
Ha visto algo.
Amarillo.
O ha sentido algo; no sabría definirlo. Es otra vez esa cosa con el color amarillo.
El espeso haz de luz que desciende desde la claraboya alcanza la zona del salón donde hay una mesita redonda, y señala el único libro que allí reposa, lejos de las estanterías de alrededor.
Su cubierta refleja un rayo de esperanza en las comprimidas pupilas de la sargento.
Una pieza más al puzle, quizá la más importante.
Antes no reparó demasiado en ello, pero ahora lo hace.
Se acerca con paso lento, como quien sabe encontrarse ante una reliquia o ante un peligroso secreto.
Es un libro de color amarillo.
Lee la portada de ese libro amarillo. El título, en letra de color roja como la sangre, reza: Malleus maleficarum, el martillo de las brujas . Y bajo este hay una aclaración: para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza .
Anastasia abre el libro amarillo para leer y ojear algunas páginas.
No puede creer lo que descubre. Es la guía utilizada por la Santa Inquisición para el enjuiciamiento y la condena de brujas y herejes.
Fue escrito por dos inquisidores del siglo XV, Enrique Kramer y Jacob Sprenger.
Vienen a la memoria de Anastasia las imágenes de las torturas de la toca y de la quema de brujas.
Amarillo, el amarillo es la clave.
Agarra el ejemplar y corre hacia fuera.
—¿¡Qué es este libro!?
—No sé… —balbucea Santiago, sorprendido por la urgencia y el cambio brusco de actitud de la sargento que le ha detenido con buenos modales—.
Tengo muchos libros en mi biblioteca. Mi salón es mi santuario.
Pertenecen a la iglesia y mis feligreses pueden acudir a ellos cuando quieran.
Ese me lo devolvieron ayer mismo, antes del funeral.
—¿¡Quién!? ¿¡Quién le ha devuelto este libro!?