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L a motocicleta da saltos de rana por los caminos internos del bosque.
A Belén le duelen las manos de aferrarse con fuerza a la cintura de Cristian mientras soporta el macuto golpeando su espalda, pero él disfruta con ello.
No acelera únicamente por parecer un temerario, sino porque le gusta aquella chica.
Le encanta sentirla aferrada a él y por eso es capaz de levantarse temprano para llevarla donde sea, hacerle de chófer.
Él le hace un favor, o mejor dicho una labor, porque siempre le cobra, tampoco es idiota, pero además de la pasta también saca ese ratito placentero.
Belén es muy sexy, está tremenda; sin embargo, él es consciente de que no tiene nada que hacer.
Una hippie y un macarra nunca encajarán.
Relaja el puño hasta frenar la motocrós y su motor se queda molestando con su tamborileo a la naturaleza. Ella se baja, le paga con monedas y él se las guarda en un bolsillo. Luego señala la enorme mochila.
—¿Te quedas para una temporada o qué?
—Es la idea. Pero te avisaré si te necesito.
—Claro. Estamos en contacto.
Cristian mete puño y se pierde dando tumbos por donde ha venido.
Belén camina los pocos metros hasta la casa de Manfred. La puerta se abre antes de que ella llegue: él ha escuchado la moto y sale sorprendido.
—Amorr mío… —Con su acento todo parece más intenso.
Ella siente lástima por lo que ha tenido que pasar y corre los últimos metros hasta tirarse a los brazos de su amado.
Belén tiene dieciocho años, un cuerpo esbelto y turgente, y muchas ansias de recibir atenciones y cariño.
Manfred tiene treinta y nueve, un cuerpo alto y fibroso, y muchas ganas de sexo.
La busca con sus labios y ella ladea la cabeza de forma esquiva.
Él sonríe, la conoce, sabe que debe andarse con cuidado, solo al principio, ella suele tardar unos segundos más en desatar la lujuria.
Vuelve a intentarlo, aproximando su boca tan despacio que parece no importarle el tiempo.
Así es como le gusta a ella y al final acepta no solo sus labios sino también su lengua.
Se funden en un beso cálido que a él le hace experimentar las mariposas que no fueron a visitarle en su adolescencia.
La alza en volandas y ella rodea su cintura con sus piernas.
Ambos entran en la casa sin parar de manosearse.
Fuera, el cazador de brujas se oculta tras un árbol, al acecho, preparado para atacar y asesinar a la pareja de amantes herejes.