Azufre 71
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A nastasia llama al timbre y espera. Oye ruido en el interior, pero nadie abre.

​ —Padre Santiago, soy la sargento Anastasia Petrova, abra la puerta, por favor, sé que está ahí.

​ —¡No! Quieren asesinarme —responde una voz temerosa. Anastasia decide no contradecirle.

​ —Para eso estamos aquí, para protegerle, pero necesito que me abra la puerta; le prometo que nadie más que yo va a entrar.

​ Vuelve a esperar y, entonces sí, la puerta se abre.

​ Tilín, tilín, tilín…

Suena el avisador acústico colgado sobre la puerta. Aquellos dulces sonidos le producen un escalofrío a Anastasia.

​ El padre Santiago lleva puestas unas babuchas de estar por casa, un pantalón marrón y un jersey oscuro envuelto en un batín del mismo color al que se aferra asustado como una abuelita. Su calva reluce con la luz natural que entra por una claraboya.

​ —La gente de este pueblo está loca. Fue abrir la boca aquella bruja de pelo corto y todos echárseme encima. Usted lo vio. Yo ni siquiera entendí lo que dijo. Que si yo… Que esa niña… Por favor, todo es mentira. Todo es falso.

​ —Debemos ir al cuartel. Allí responderá ciertas preguntas. Tiene derecho a guardar silencio no declarando si no quiere, a no contestar alguna o alg…

​ —¡Yo solo respondo ante Dios! Él es el único que puede juzgarme.

​ No en este país, piensa Anastasia, pero se calla. Sabe que no es buena idea entrar en conflicto. Venía pensando algo antes del arresto del sacerdote, algo con lo que ablandar el terreno, y decide que es buen momento para ponerlo en práctica.

​ —Está bien… Padre, quiero confesarme.

​ —¡¿Qué?!

Se hace el silencio. Parece que los manifestantes de la puerta también se han aburrido, o que no arman tanto jaleo para oírles desde la parte trasera.

—¿Me tomas el poco pelo que me queda, niña?

​ —No. Realmente he venido a confesarme.

​ —Creí que eras atea.

​ Anastasia se guarda su opinión. Lo cierto es que le importa tan poco Dios como el ratón Pérez, le importa tan poco que ni siquiera le gusta que la clasifiquen por su falta de creencia.

Es atea de Dios del mismo modo en que lo es de Papá Noel, pero nadie se cataloga como agnóstico o ateo de este último.

Ni hacen reuniones para charlar sobre por qué no creen en la Navidad, el reno de la nariz roja o esos desagradables duendecillos mágicos.

A Anastasia no le importa Dios, lo que quiere es confesarse.

​ —Lo que quiero es confesarme, ahora.

​ El padre Santiago traga saliva. Luego le pide que le acompañe.

De la entrada pasa a un salón amplio repleto de libros y Anastasia se fija en uno de portada amarilla que está sobre la mesa.

Cruzan un par de estancias más que corresponden a la casa del sacerdote para acceder a la sacristía y de ahí al pabellón principal donde dos hileras de bancas reposan frente a la escalinata bajo el púlpito.

Pero no se encaminan hacia este, sino que continúan por el lateral, pasando de largo la Cruz Parroquial de plata y estilo gótico hasta llegar a un reducido cubículo.

El sacerdote entra por una pequeña puerta.

Anastasia lo rodea y accede a él traspasando una cortina morada.

Las sombras se ciernen sobre ella, pues el lugar es muy íntimo.

Para algunos puede ser relajante, pero a ella le resulta claustrofóbico.

Se sienta en una banqueta y mira la rejilla tras la que se oculta el padre Santiago.

​ —¿Te has confesado alguna vez? —pregunta él. Ya no hay temblor en su voz. Ha adquirido un tono rutinario, profesional.

​ —Nunca. ¿Cómo tengo que empezar?

​ —Como quieras. Ya casi nadie viene a confesarse. La gente prefiere gastarse el dinero en psicólogos. Tómate esto como una terapia, si quieres.

​ —Eso es lo que había pensado.

​ —Pues adelante, ¿qué te atormenta?

​ Anastasia rememora la novela gráfica Watchmen .

Allí daban un consejo para posibles escritores.

Decía: si no sabes qué escribir, empieza por el mayor drama de tu vida; una vez lo cuentes, te habrás ganado al público, y solo tienes que continuar escribiendo.

Anastasia piensa que el sacerdote se ha convertido en su mayor enemigo en el pueblo y que debe ganárselo para lograr que este confiese los abusos a menores o se cerrará en banda y nunca los admitirá.

Por ello ha decidido ganarse su confianza de aquella manera, en su terreno, y, por qué no admitirlo, a ella le vendrá bien pasar por terapia.

Así que ya sabe lo que debe hacer: contar el mayor drama de su vida.

Allá va:

​ —Cuando tenía nueve años, un hombre irrumpió en mi hogar.

Violó a mi madre y asesinó a mis padres.

Quemó sus cuerpos y toda mi casa. No solo perdí todo lo que tenía.

También me… —Un nudo atraganta las palabras de Anastasia.

Pensaba que lo soportaría mejor, que ya era adulta y sabría llevarlo y hablar de ello fluidamente.

No obstante, y más rápido de lo que pensaba, nota cómo las lágrimas se agolpan a la espera de salir disparadas.

​ —Pero qué dices, hija… ¿Esto que me estás contando es verdad? —Hay verdadero asombro en sus palabras. Santiago está conmovido.

​ —Hay más… Él, el hombre que hizo eso, se acercó a mí. —Oye la garganta del sacerdote tragando saliva—. Me dijo que era una guarra y que me purificaría con fuego. Me agarró. Me levantó en peso… Y metió mis piernas y mi… vagina… en las llamas.

​ —Cielo Santo, ¿quién es ese hombre? Estará encerrado… o muerto.

​ —Nunca le encontraron.

​ —Dios mío… Pero Dios lo encontrará cuando le llegue su hora, si acaso no le ha llegado aún, y lo enjuiciará y enviará su alma al infierno hasta la eternidad. Allí el fuego no le hará tanta gracia. Ahora comprendo tu vida, niña, esto que me cuentas es terrible. Una desgracia como nunca había oído.

​ —¿Pero no cree que debería ser enjuiciado aquí?

​ —Por supuesto, y encerrado para siempre, como mínimo. Yo estoy a favor de la prisión permanente revisable y este tipo sin duda la merece por todo lo que te hizo sufrir.

—Mi tormento duró años y aún perdura su oscura sombra en mi cabeza.

Anastasia se limpia las lágrimas. Se siente despejada, incluso descongestionada. Ese es el momento, lo sabe, debe aprovecharlo.

—Ese monstruo abusó de mí de una manera extremadamente violenta.

—Así es. Sin duda te hizo muchísimo daño.

—Pero algunos abusos no son tan violentos ni tan extremos.

Algunos abusos se producen sin que el culpable no solo no llegue a comprender el daño que hace, sino que, además, crea de verdad que no ha cometido ningún mal, que no ha sido para tanto.

—El padre Santiago guarda silencio porque entiende la referencia.

Pasados unos segundos, Anastasia continúa—: Algunos abusos no producen un daño físico, pero sí psicológico.

Sobre todo cuando la víctima no ha alcanzado la mayoría de edad, porque no ha llegado a su madurez ni física ni moral.

Es más vulnerable. —Santiago sigue en silencio, pero por la silueta tras la rejilla alcanza a verle cabizbajo.

Su discurso está haciendo mella—. Usted es sacerdote…

¿Qué determina la Iglesia para mí? Tras mi confesión, ¿qué debo hacer?

Me has dicho que a aquel pirómano le espera el infierno. Pero ¿cómo puede calmar Dios mi dolor?

—Con el rezo, Anastasia, con el rezo. El rezo ayuda a digerir el sufrimiento. Adelante, cierra los ojos y reza conmigo, hija mía: Dios te salve, María, llena eres de gracia…

Ella decide imitarle, seguir su corriente hasta llegar a puerto. Cierra los ojos y le acompaña en el rezo.

—El Señor es contigo —continúan dos voces al unísono—; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Se produce un silencio reflexivo. Acompañado de aquella oscuridad, resulta muy místico, muy espiritual, y Anastasia comprende cómo hay personas que se dejan llevar por aquella sensación de paz y desahogo para acabar por convertirse en creyentes.

Pero la sargento ha venido a otra cosa y es ahora cuando decide hacérselo ver a Santiago.

—Gracias —dice ella—, por enseñarme cómo gestiona la Iglesia el sufrimiento.

Ahora, tenemos que hablar de cómo lo hace la Guardia Civil.

Creo que coincidimos en que el abuso, en mayor o menor medida, provoca sufrimiento.

Por desgracia, Alicia está muerta y no podemos ayudarla a digerir su sufrimiento.

Pero sí debemos castigar a los culpables.

Al de su tortura y muerte, en cuanto lo encontremos.

Pero tú, padre Santiago, también le provocaste un daño al abusar sexualmente de ella.

Como guardiacivil, insisto, voy a leerte tus derechos.

Luego, saldremos por la puerta de atrás para que no tengas problemas con los familiares de Alicia.

Subirás al coche que te espera fuera y serás llevado a dependencias a espera de juicio.

Y vas a hacer lo que te digo, porque ambos tenemos la creencia de que el sufrimiento no debe quedar impune.