Azufre 70
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A nastasia se abrocha las botas en el salón.

Tiene puesta la televisión. Los periodistas se enteran de las novedades del pueblo antes incluso que la propia Guardia Civil.

No le extraña, van con las cámaras de un lado a otro persiguiendo cualquier sonido fuera de lo común.

Y el pueblo solía ser tranquilo, un sonido fuera de lo común conduce a algún conflicto y, en este caso, se está produciendo en la iglesia de la Purísima Concepción, donde una decena de personas se han levantado temprano para protestar tras sus puertas cerradas.

​ —¿Vas a trabajar?

​ —Claro, el brigada me ha sacado del caso de Alicia, pero no del pueblo. Sigo siendo la sargento y debo velar por el orden, sobre todo ante este descontrol. Al menos, me queda eso.

​ Lucas presta atención a las noticias y entiende lo que ocurre.

​ —¿El padre Santiago está ahí dentro?

​ —Sí, le dieron el alta anoche, pero esta mañana no ha abierto la iglesia y mira la que se está armando.

​ —¿Vas para detenerle?

​ —Voy para que esas personas no cometan más crímenes y también para asegurarme de que el padre Santiago no se haya suicidado. No es algo descabellado pensarlo, después de que sepa que todo el pueblo sabe que es un abusador de menores.

​ —Voy contigo.

​ —No, tú deberías estar de baja médica.

Si quieres hacer algo, sigue manteniendo conversaciones con los vecinos del pueblo acerca del asesinato o entérate de las novedades que descubran el capitán Paz y sus hombres.

Podemos seguir la investigación por nuestra cuenta, en paralelo, pero no es conveniente que las cámaras te graben trabajando conmigo.

​ Lucas asiente. Anastasia se despide de Buda con una caricia y se marcha. Cruza el cuartel de la Guardia Civil y ve fuera al brigada fumando. Este asiente al mirarla, ella le imita y continúa caminando.

​ —No eres capaz de tomarte un descanso, ¿eh, sargento?

​ —El diablo no descansa —contesta.

Guerrero alza una ceja: desconoce si se refiere al asesino o a ella misma, pero le importa bien poco.

Ella ha cumplido su función, le ha servido de cabeza de turco.

El problema es que ahora todo el peso de la investigación recae sobre él y está estresado y más perdido que el barco del arroz.

Por eso está fuera fumando después de llevar dos años sin besar aquellas barritas cancerígenas.

​ Anastasia alcanza la plaza de la iglesia. El revuelo es considerable. Varios familiares de Alicia se pelean por atender a los pocos medios de comunicación que se han puesto a trabajar desde tan temprano, aunque más que atenderles parecen gritarles:

​ —¡Me tiene que abrir la iglesia! ¡Me tiene que abrir la iglesia porque yo soy creyente y he venido a rezar! —se excusa uno de ellos. Esa es su treta para que el sacerdote Santiago le abra la puerta y todos les devuelvan las hostias repartidas.

​ —¡Queremos explicaciones! ¡Queremos su palabra!

​ —¡Lo queremos lejos del pueblo y que venga otro y nos abra la iglesia! ¡Queremos a otro cura y esta tarde vamos a manifestarnos aquí mismo todo el pueblo hasta que este señor se vaya para siempre jamás y que no se le ocurra volver nunca!

​ —¡A ese hijo de la gran puta lo cojo yo de los pelos! —grita, sin pensar, una prima de Alicia. Anastasia lo ve complicado, pues poco pelo le queda al sacerdote.

​ —Sshh, mira, la sargento de la maldición… —oye susurrar a alguien, y los gritos comienzan a apagarse.

​ Aparece un vehículo oficial de la Guardia Civil con Patxi al volante. La sargento le da instrucciones al vasco para que lo coloque cerca de la puerta trasera de la iglesia, la que da acceso a la vivienda del padre Santiago.

​ —¿Entro con usted?

​ —No, no es necesario, Patxi. Tú espera aquí por si alguno de los que están en la puerta de delante se les ocurriese dar la vuelta. Que nadie acceda por esta calle. No quiero otro linchamiento.