Azufre 69
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P or la mañana, Lucas despierta con la sensación de haber dormido una eternidad.

Es la primera vez en mucho tiempo que ha descansado sin pesadillas que le perturben la madrugada.

Tiene el agradable aroma, mezcla de frutos rojos suavizado con vainilla, abrazado a su cuerpo, literalmente: Anastasia no le ha soltado en toda la noche.

Tras el apasionado beso, llegó un irrefrenable sentimiento de deseo que no revivía en años.

Aquel cuerpo fino y tenso bajo sus músculos y ese olor tuvieron un efecto salvaje en él.

Al ser la primera vez para ella, tuvo que contener sus ganas de tener sexo duro.

Contuvo sus mayores impulsos y dejó que todo fluyese de manera más lenta, más sosegada; hicieron el amor.

Después se quedó dormido como un bebé y ella se abrazó a él y no le soltó.

​ Anastasia lleva un largo rato despierta, acariciando con cuidado su barba cana como quien acaricia a un león dormido.

Cuando Belén baja de la planta de arriba y entra al salón, ve bajo las sábanas del sofá a su padre acostado y agarrado de la nueva sargento.

Le parece algo increíble. Decide que aquella incómoda situación no va a desviarla de su objetivo y continúa con su plan.

Se acerca a la librería y mete algunos de los libros en la mochila.

​ Ante el ruido que producen varios libros colándose en la bolsa, Lucas abre los ojos y suspira cuando se topa con la figura de su hija. Se sienta con las sábanas tapando sus partes. Sin saber bien qué explicación dar, decide actuar como si nada pasara y hablar a su hija con normalidad:

​ —¿Adónde vas? ¿No es muy temprano?

​ —¿Adónde voy a ir…? ¿Ya no te acuerdas?

​ Se dirige a la cocina. Hay reproche en sus palabras y también en su manera de abrir los cajones de la alacena, parece que está cogiendo algo de comida para el viaje. Lucas vuelve a suspirar.

​ Anastasia tiene los ojos muy abiertos y una mano sobre la boca. Ha tomado consciencia de dónde se encuentra y se siente entre avergonzada y fascinada.

​ —No pasa nada —asegura él—. Ella hace tríos con un salvaje ¿y yo no puedo acostarme con una mujer?

​ Anastasia golpea su brazo y no puede evitar soltar una risa. Pocas veces la ha oído reír y aquel dulce sonido le parece el mejor despertador del planeta.

Belén está muy nerviosa, sin embargo, sabe que debe mantener las apariencias para que nadie se dé cuenta de sus verdaderas intenciones.

Agarra un zumo del frigorífico y, con la enorme mochila a la espalda, la misma con la que algún día piensa viajar a Tailandia con Manfred, sale de la cocina y agarra el pomo para salir de casa.

​ —Adiós —se despide, sin decir papá ni nada más.

​ —¿Qué? ¿Cómo? Espera, espera, hija ¿dónde vas con tanta prisa? —masculla Lucas levantándose con la sábana alrededor de la cintura. Anastasia tira de la bajera para ocultar sus piernas—. Espérate, ¿ya te vas? ¿Por qué no esperas un poco? Es muy temprano…

​ —Cojo el primer autobús; el viaje es largo. No puedo perderlo.

​ —Ya, hija… Bueno, pues espérate, te acompaño a la parada.

​ Belén se pone todavía más nerviosa.

​ —No, no, papá, de verdad, que no hace falta.

​ —¿Cómo que no? Claro que voy.

​ —¡Que no! —exclama.

Lucas se queda petrificado y la observa en silencio. Entiende que esté enfadada, él es un desastre de padre.

Ella es consciente de que el nerviosismo la ha llevado a alzar la voz y teme que su padre se enfade. No sabe qué decir, pero tiene que evitar que la acompañe o todo se complicaría. Toca hacer las paces para tranquilizarle.

​ —Es que… —dice ella—. Papá, no pasa nada, están todos esperando el bus para el insti y yo estoy cansada de ser la hija del guardiacivil, de ser la mimada, la protegida del pueblo… No quiero despedirme de los demás contigo delante, la verdad.

​ Su padre no reacciona. Al cabo de unos segundos, que se le atragantan, asiente despacio.

​ —¿De verdad que es eso?

​ —De verdad.

​ —Vale… Ten mucho cuidado y llámame cuando hagas alguna parada. ¿Lo llevas todo?

​ —Sí, papá.

​ Se despiden y Belén se marcha con un sabor amargo. Se siente mal, aunque no tanto después de lo que ha visto. De hecho, lo que ha visto refrenda todavía más su decisión y piensa seguir adelante.

​ Camina hasta la parada del autobús donde solo cinco jóvenes esperan; entre ellos están Jésica y también Daniel. Ninguno de los tres intercambia palabras. Parece que Jesi y Dani han dejado de llevarse bien, lo que demuestra que el pueblo está en guerra.

​ El ametrallador sonido de una motocrós resuena cerca.

Cristian aparece en la carretera y se acerca a unos metros de la parada.

Belén sabe que viene a por ella. Avanza unos pasos para acercarse a Cristian, mientras Jésica y Daniel la miran con recelo.

Cristian y Belén hablan, pero el sonido de la moto impide a los de la parada escuchar lo que dicen.

Belén vuelve su rostro a Jésica, baja la mirada, y regresa con paso tímido hasta ponerse frente a ella.

​ —No tengo por qué darte explicaciones, pero quiero que sepas que no me estoy tirando a tu ex, y Alicia tampoco se lo tiraba. Él solo nos llevaba a ver a Manfred. Ahora me lleva con él, con el holandés.

​ —Me importa una mierda quién se tire a mi ex.

No le importa tan poco como una mierda, lo que pasa es que le importa más parecer débil delante de los demás. Sobre todo de Cristian.

​ —Gracias por apoyarme ayer en la iglesia —termina Belén antes de dar media vuelta y marcharse corriendo con la pesada mochila.

​ —¿Te la crees?

​ —Cállate, Dani.

Belén sube detrás de Cristian, que mira a Jésica y le guiña un ojo antes de bajarse la visera del casco. Ella no reacciona. Daniel piensa que Cristian le ha guiñado a él y le saluda moviendo enérgicamente la mano como un tonto. Cristian arranca y solo deja humo tras de sí.