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T ilín, tilín, tilín…
Al abrirse la puerta del comercio, la parte superior de esta desplaza las cadenillas metálicas del colgante artesanal. Las campanillas hacen su función avisando con un agradable tintineo la entrada de un cliente.
El cliente camina con largas zancadas y un puro apagado y sujeto por sus finos labios.
—¿Qué desea?
Este está a punto de hablar cuando se queda pasmado mirando a la dependienta.
Es una mujer rubia, preciosa, la más hermosa que haya visto nunca, de unos enormes ojos azules que le recuerdan al verano en la costa.
A él se le relajan tanto sus finos labios que el puro le cuelga al borde de caer de su boca.
La mirada es tal que la dependienta da un respingo y se muestra incómoda.
Clin, clin, clin…
Esta vez, el sonido es más apagado y viene de las tiras colgantes que hacen de puerta al almacén interior del negocio.
Una niña sale de él correteando sin mirar arriba hasta chocar contra las piernas del señor.
Este se dobla para agarrarla con fuerza y el puro sale despedido de su boca yendo a rodar por el suelo.
—Sshh, sshh, ¡eh!, Nastia, venga para adentro.
La niña obedece a su madre, retrocede y entra de nuevo al almacén tan despacito que las tiras no suenan esta vez.
—Lo siento mucho —dice la dependienta. Bordea el mostrador y se agacha para recoger el puro del cliente—. Puedo ofrecerle otro, por favor, disculpe a mi hija, es un torbellino.
El hombre la agarra por la muñeca y ella se queda pálida, con sus ojos azules profundos muy abiertos y clavados en él, que, con una mano callosa, recoge su puro del suelo, da un fuerte soplido y vuelve a llevárselo a la boca, esta vez, masticado entre afilados colmillos.
Luego hace el gesto de un encendedor. La dependienta reacciona rápido y le tiende uno de los muchos mecheros del mostrador.
—Por favor, quédeselo como un regalo.
Él se enciende su puro, exhala el humo en el rostro de la mujer y observa su nuevo regalo: un mechero plateado.