Azufre 65
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E l cielo encapotado de nubes grises deja caer su llanto.

Zufre llora otra pérdida. Las campanas de la iglesia de la Purísima Concepción truenan y su sonido atraviesa la llovizna que arrecia el campo, revitalizando huertos y, al mismo tiempo, haciendo caer regueros de amargas lágrimas desde el Balcón de la Sierra.

​ La lluvia se afina hasta volverse chirimiri, por lo que Anastasia ni se preocupa por no llevar paraguas.

Lucas y su hija salieron de casa antes que ella para no dar que hablar en el pueblo.

Cuando la sargento llega a la iglesia, todos la miran como si por la puerta se hubiese colado una bruja montada en su escoba; se escuda veloz junto a su fuerte compañera, Yohanna.

​ —Te advertí que no era buena idea presentarte aquí —le susurra esta.

​ —¿Y qué imagen hubiese dado si no llego a venir? ¿Entraría Satán en una iglesia?

​ El padre Santiago hace su aparición con los brazos en alto.

​ —Sí —contesta Yohanna tras ver a este.

​ El volumen de las lamentaciones se incrementa mientras el sacerdote se pasea por el altar, nervioso.

Saca un pañuelo y seca la coronilla de su despejada cabeza.

Puede ser sudor o agua de lluvia. Cuando vuelve a guardar el pañuelo, en la mente de Anastasia reverbera la sensación de que le falta una pieza de puzle que tiene al alcance y no logra ver…

; pero la melodía, preludio del funeral, comienza a sonar y vuelve a nublarle el juicio como aquel oscuro atardecer.

No me digas adiós, sino hasta luego.

Dios determinó que en el cielo estoy mejor.

No me digas adiós, sino hasta luego.

Tuve que partir a un lugar donde no voy a sufrir.

No me digas adiós, sino hasta luego.

No te preocupes más por mí, porque donde estoy espero por ti.

La triste melodía finaliza y el sacerdote Santiago inicia su misa exequial para, una vez terminada esta, comenzar con su discurso:

​ —Tengo el alma partida —exclama—. Tengo el alma partida de ver a un pueblo que se derrumba.

Ya lo avisé, que con la caída de nuestros vecinos canarios, nosotros también estábamos en peligro.

Y es que el demonio adopta muchas formas, pero siempre transgrede en lo mismo: muerte, muerte a su alrededor. Tenemos al demonio metido en el pueblo.

​ Con aquel discurso, el párroco se parece más a un imán propenso al yihadismo que a un representante católico. Logra con ello exaltar una buena parte de los congregados que comienzan a expresar protestas en voz alta, con venas gruesas en sus cuellos, rostros encendidos y ojos y bocas muy abiertas.

​ Venido arriba por las protestas de su pueblo, Santiago se cree un profeta y se atreve a juzgar al prójimo, a su antojo, delante de todos.

Anastasia traga saliva cuando el cura, con un fulgor en las pupilas de sus ojos desorbitados, la mira fijamente antes de continuar con aquel discurso incendiario.

​ —¡Y es mi deber, como vuestro guía espiritual, como vuestro pastor que os guía por el buen camino, denunciar la mala praxis y la mala gestión que se ha llevado con el principal acusado, Manfred, el extranjero, al que muchos consideramos el culpable de este mal que nos ha golpeado, y que, en cambio, algunos no quieren ver, dejando en libertad al diablo para que siga haciendo de las suyas, para que siga emponzoñando los corazones y la mente de nuestras hijas!

​ La mitad del pueblo arde en vítores hacia el padre Santiago, al que casi se le adivina media luna de sonrisa en el rostro, satisfecho y orgulloso de recibir tanta adoración de sus fieles seguidores. Los gritos se suceden dentro de la iglesia.

​ —¡La culpa la tiene esa bruja de la maldición! —oye de una voz aguda, parecida a la de Daniel, pero que no puede corroborar porque con tanta gente allí metida no logra ver de dónde viene el insulto.

Lucas se pone en tensión nada más oír aquella frase y parece buscar entre el gentío para dar con el responsable. Muchos feligreses se dejan llevar por la corriente del miedo a la superstición.

​ —¡Es culpa de la maldición!

​ —¡La nueva trajo la maldición!

​ —¡Que se vaya! ¡Que se vaya!

​ Anastasia comienza a temer por su integridad ante las caras encendidas de muchos convecinos que gritan con rostros desfigurados como demonios. Alguno se gira y la mira directamente de manera acusadora. Yohanna, de forma instintiva, se posiciona delante de su sargento ofreciéndose como coraza.

​ —¡Que se vaya del pueblo!

​ —¡Que se largue de nuestro pueblo, la bruja maldita!

​ —¡Que se vaya, la bruja!

​ —¡Fornicadora!

​ El padre Santiago, en lugar de apaciguar al gentío, empuja a sus hordas hacia la locura:

​ —¡Lo estás oyendo, Anastasia Petrova, mi pueblo no te quiere cerca, recoge tus embrujos y márchate lejos con ese extranjero, holandés, hijo de Satanás!

​ Unas lágrimas de impotencia acuden al rostro avergonzado de Anastasia, que se lleva las manos a la boca sin poder creer lo que allí está pasando. Contempla los rostros de la ira; muchos le gritan. Retrocede varios pasos, asustada, dispuesta a marcharse de allí y no regresar jamás.

​ Es entonces cuando oye la voz de Lucas, que trata de alzarse sobre la del resto:

​ —¡Vete tú —ruge—, demagogo, la mitad de este pueblo también está cansada de ti y de tus discursos! ¡Tú eres quien divide al pueblo!

​ Para su sorpresa, muchos se unen a esta reclamación, incluso alguno se coloca delante de ella, al igual que Yohanna, en un sentido proteccionista, gesto que la conmueve. Los vecinos empiezan a discutir entre ellos a voz en grito y al borde de la guerra civil.

​ —¡Demagogo! ¡Tú no eres un verdadero cura!

​ —¡La sargento es una bruja!

​ —¡Guardia Civil, corrupta!

​ —¡Que se vaya el cura!

​ —¡Que se vaya la Guardia Civil!

​ —¡Corrupta!

​ —¡Bruja!

​ —¡Mentiroso!

​ Muchos se desgañitan y hasta se encaran con los puños cerrados hasta que una voz cae sobre todos, tan aguda que cala hondo en los tímpanos del pueblo.

Una voz que repite una frase tan poderosa que, poco a poco, hace callar al resto, haciendo que, al final, se extienda un silencio sepulcral alrededor de aquella frase demoledora:

​ —¡Tú violaste a Alicia! ¡Tú violaste a Alicia! ¡Tú violaste a Alicia! ¡Tú violaste a Alicia! ¡Tú violaste a Alicia! ¡Tú violaste a Alicia...

​ Todos se van girando para localizar aquella aguda voz que se rompe por contar una verdad oculta.

Y para saber contra quién va dirigida aquella terrible acusación.

Cuando la mayoría ha plantado sus ojos sobre la chica que grita aquella frase una y otra vez, el grito ahogado de la sorpresa recorre la iglesia como una ola que lo inunda todo.

​ Es Belén la que acusa, gritando y señalando con el dedo, al padre Santiago. Este, en lugar de consternado, parece avergonzado, pues su cara se ha vuelto roja desde la barbilla hasta la calva.

​ Anastasia completa la pieza del puzle que le faltaba. Te follaste al calvo, decía Jésica en el vídeo. ¡Claro, con lo de calvo se refería al sacerdote Santiago!

​ El griterío y las acusaciones cambian en dirección inversa, de la sargento al padre Santiago. Este se ve colmado de imprecaciones que le llegan de todos lados; no obstante, su perfidia está entrenada y sabe defenderse.

​ —¿Acaso van a creer las palabras de otra bruja? La mismísima amante del diablo extranjero. Dicho por ella, no por mí.

​ De nuevo, el público, dividido en dos, se lanza acusaciones mutuamente y algunos llegan a los agarrones y empujones que preceden a los golpes de una posible pelea multitudinaria.

Entre estos está Víctor, el hermano mayor de Óscar, que aprovecha la situación para zancadillear a Pilar, la dueña del restaurante que le hace la competencia, y hacerla caer al suelo.

Aquella caída ocasiona un desplazamiento de la masa feligresa que produce más roces y empujones.

El brigada Guerrero, allí presente, grita órdenes para que sus hombres traten de poner calma a la turba.

Yohanna interviene entre dos mujeres que intentan tirarse de los pelos.

​ —¡Dice la verdad! ¡Belén dice la verdad! —grita Jésica.

Todos miran ahora a la chica rubia y madre joven.

El pueblo sabe, gracias al vídeo difundido por Daniel en las redes y la televisión, que Jésica es la enemiga número uno de Belén y Alicia; por lo que sus palabras deben ser más fiables que las de la mismísima Belén, que la mira agradecida por tirar la lanza a su favor; en favor de la verdad y la justicia.

—¡Ella dice la verdad! —continúa—. ¡El cura abusó de Alicia!

¡Por eso las chicas no queremos ir a su iglesia!

¡Por eso trata de culpar al extranjero, porque teme que también este lo sepa gracias a ellas!

El cura abusó de Alicia, por eso ella se volvió tan rarita y budista, la pobre…

Siento haberme peleado con ella… Lo siento mucho.

​ Un tremendo silencio se apodera de la iglesia tras la confesión, como la calma en el ojo del huracán. Un instante después, el hilo que sostiene la espada de Damocles se rompe para dejar caer sobre la iglesia el puñal de la ira.

Se desata el caos.

​ Anastasia ve cómo un varón sube al estrado, probablemente algún familiar cercano de Alicia, y golpea con dureza al sacerdote en la mandíbula.

Sus vestiduras bailan al son de sus giros y se doblan por la mitad cuando recibe otro puñetazo en el estómago.

Más gente sube corriendo, incluidos algunos guardiaciviles que tratan de poner orden sin lograrlo.

Abajo también hay golpes, escupitajos e insultos.

El marido junto con la familia de Pilar da una buena paliza a Víctor, que trata de escapar de la iglesia a gatas.

​ —¡Es la casa de Dios! ¡La casa de Dios! —se oye gritar a alguien. A la gente le importa un bledo de quién sea la casa mientras no sea suyo lo que rompan.

​ Fuera, apartado de la muchedumbre que trata de autodestruirse, una sombra disfruta ante aquel caos.

Una sombra que tantea su preciado mechero plateado.

Una sombra que valora la posibilidad de cerrar las puertas de la iglesia y prender fuego a todo para que la estúpida humanidad arda como se merece, atascada en sus creencias y emociones.