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E l clima comienza su cambio: nubarrones oscuros ocultan el cielo ocre del atardecer volviendo el ambiente grisáceo. Los pájaros revolotean inquietos hasta encontrar refugio y los gatos del pueblo se esconden porque huele a tormenta.
En el instituto de Santa Olalla, el conserje recoge papeles caídos por el pasillo para mantener el edificio presentable. Mañana se retoman las clases.
El brigada Guerrero los tiene sellados, dormido en la misma posición que el capitán solo que en la silla del despacho. Después de leer informes y darle tantas vueltas al asunto, sigue igual de perdido y además el sueño le ha vencido.
Jacobo, con aire ausente, jala de la correa para que su perro bodeguero siga paseando. Pero este se resiste a obedecer a su dueño: mantiene las patas firmes al suelo y ladra a la tormenta con insistencia.
Cristian se coloca el casco en la cabeza, aplastando su largo flequillo. Prefiere alejarse del pueblo mientras dura el funeral del padre de Alicia; le importa bien poco, por él como si se incendia el pueblo entero.
Óscar, vestido de negro, trata de encender su mechero para fumarse un cigarro.
En la vivienda del padre Santiago, contigua a la iglesia de la Purísima Concepción, alguien lee unos libros antiguos dejados sobre la mesa.
Y en la casa del Señor un hombre tatuado llora arrodillado por haber pecado. Su pecado es la lujuria.
El sol se encamina hacia el horizonte huyendo de las nubes que lo recubren todo. Pestañea un rayo sobre la sierra y el trueno golpea contundente los atemorizados corazones, ya ahogados en pena, de los preocupados vecinos de Zufre.
Muy pronto, la maldición les atacará de nuevo.