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¡L ibre! ¡Manfred, libre! Belén no cabe en sí de gozo. Salta y contonea su cuerpo emocionada por la gran noticia. Luego, feliz, comienza a dar palmadas. ¡Su amado al fin es libre!
—¡Belén, a tu cuarto! —grita Lucas enfadado. No debió ser tan consentido con su hija. El pueblo se hunde en una tragedia y ya ni siquiera tienen a quien culpar, y su hija lo celebra con el entusiasmo de una colegiala—. ¡Y quiero verte lista a las siete y media para el funeral de Fernando!
Belén deja de palmear y se retira sin mirar a su padre. ¿Es que nadie lo entiende? ¡Manfred es inocente!
Tras entrar a su habitación da un portazo con el que sella su postura ante la autoridad de su padre.
Este lanza una protesta desde el salón, en la planta baja, que ella no llega a escuchar ni le importa.
Lo más importante es que Manfred no será condenado.
Ha salido libre y al fin podrán volver a verse, a estar juntos, y si ni el cura ni la Guardia Civil ni el pueblo entero han podido retenerle en prisión; entonces ni su padre ni nadie evitará que Belén pueda reencontrarse con su amado holandés errante.
Manfred Van Rossum, el amor de su vida.
Una semilla con forma de idea se planta en la mente de Belén.
Mañana temprano debe coger el autobús que le lleve en dirección a Madrid con su madre.
Eso es lo que su padre le ha ordenado y va a seguirle la corriente…
hasta cierto punto. Los labios de la joven se ensanchan en una amplia sonrisa.
Da una palmada y vuelve a contener su emoción.
La idea es buena, ahora tiene que regar la semilla para que tome forma.
Se dirige al armario y agarra el asa de la maleta.
Tira de ella hasta bajarla de la parte alta.
Luego, comienza a escoger ropa para varios días.
Tiene un magnífico plan.
Belén, alegre, se pone a bailar y a silbar.