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T ras hacer las paces con su hija Belén, le pregunta si le apetece merendar. Ella niega con la cabeza y Lucas baja a la cocina para prepararse un bocadillo de caña de lomo. Consolar tanto le da hambre.
—¿Quieres merendar algo, Nastia?
Como no oye respuesta alguna, se asoma al salón donde encara el rostro de desolación de su sargento. Ella se aparta el flequillo de la cara pasándolo tras las orejas.
—Agradezco que me llames Nastia. Me tranquiliza.
—¿Qué te pasa? ¿No tienes hambre?
Ella niega con la cabeza y alega:
—Me sorprende que tú la tengas.
—Hay que comer, siempre. A por los problemas es mejor ir con el estómago lleno.
—¿Esa filosofía viene aprendida de tu pasado militar?
Él asiente. Recuerda las molestas alarmas de entonces y cómo, cuando sonaban a la hora del almuerzo, tenía que meter lo que le cupiese en la boca y en los bolsillos del uniforme de campaña antes de salir por patas sin saber cuándo podría volver a comer.
—Nunca pierdo el apetito —simplifica.
—Pues yo siento hasta mareo.
—Claro, de no comer. Te voy a preparar un bocadillito de…
—Me han echado.
—¿Cómo?
—Me han separado del caso. El brigada Guerrero me ha echado la mierda a mí, como si yo fuese la responsable de lo que ha pasado hasta ahora.
Me ha dicho que me he desviado demasiado con lo de Daniel, que eso son chiquilladas y que…
Buf, espero no meterme en rollos legales y que me suspendan de empleo y sueldo.
—¿Chiquilladas? ¿Un cóctel molotov?
—Ya… Tampoco he podido confirmar si ha sido él.
He podido cometer un error muy gordo… Pero el brigada tampoco da una con Manfred, se le escapa de las manos, y me carga a mí con la responsabilidad de que la investigación vaya por mal camino.
En resumen: me apartan del caso. Dicen que no quieren más mi ayuda.
—Ellos se la pierden.
Llaman al timbre de la casa y Lucas observa a través de la mirilla antes de abrir para no encontrarse con la sorpresa de los paparazis. Es Yohanna. Entra, uniformada, para hablar con Anastasia.
—Lo siento —le dice—. Vengo de allí. Ya me he enterado. El brigada es un mamón.
La sargento repara en una bolsa que trae en la mano.
—Te he traído ropa mía que dejarte, incluido un pijama.
—Vaya, estás en todo…
—Te va a quedar algo grande, pero es que la mayoría de tiendas están cerradas guardando luto por lo ocurrido. Mañana abrirán y podrás comprarte ropa a tu gusto.
—Muchas gracias, Yohanna, de verdad que no hacía falta. Eres un sol.
—¿Quieres merendar? —se interesa Lucas.
—Claro.
—También voy a preparar un bocadillo pequeñito para ti, Nastia. Ya verás qué bueno.
Anastasia sonríe al sentirse tan arropada por sus compañeros.
Lucas prepara tres bocadillos y convence a la sargento para que pruebe el suyo. Conversan de lo famoso que se ha hecho el pueblo por televisión. Yohanna cuenta cómo el abogado, Arturo, puso los puntos sobre las íes a un capitán acorralado que no hacía más que sudar a mares.
—Teníais que ver su cara. Se esfumó toda esa apariencia de gallito de corral.
Anastasia lamenta haberse precipitado tanto en la detención de Daniel.
Piensa que, en parte, se ha buscado aquella situación.
Sin embargo, lo que más le dolió escuchar de boca de su superior fue decir que ella no estaba preparada para esto.
Como si acaso no fuese merecedora de portar el uniforme de la Guardia Civil.
Aunque no quería reconocerlo, aquello le había dolido y mucho.
Le creaba impotencia no poder explicar su pasado y, por tanto, su temor al fuego.
Ella no había estudiado para ser bombero…
, y nadie está preparado para que en plena noche, mientras uno duerme plácidamente, le lancen una bomba y le incendien la casa.
Una hora más tarde, Yohanna se despide con una advertencia:
—Creo que es mejor que te quedes aquí confinada unos días; al menos, hasta que los periodistas dejen de preguntarme por ti o de decir que eres la causante de la maldición del azufre.
Visto como está el patio, puede suceder que algún vecino más del pueblo se eche a hablar a las cámaras y saque una nueva exclusiva que haga que los periodistas dejen de mencionar a la misteriosa sargento venida del norte.
Y lo siento, Lucas, lo que he dicho no es nada personal contra tu niña; a mí Belén me parece encantadora.
Pero ya conoces este pueblo y más pronto que tarde saldrá una nueva exclusiva que ponga otra vez la investigación del revés.
Así de peculiar veo Zufre: salta la liebre y todos se lían a pegar tiros a diestro y siniestro.
Cuando la luchadora ya se ha ido, Anastasia y Lucas regresan al salón.
Ella coge la bolsa de ropa y saca las prendas con curiosidad.
Hay tres pantalones: dos de chándal y uno vaquero.
También hay varias camisetas y tops. Le llama la atención un conjunto con estampado de constelaciones algo corto de piernas.
—Madre mía, si esto me parece corto a mí, a ella debe vérsele el culo con esto.
Lucas se sonroja y siente nervios en el estómago imaginando que pronto anochecerá y su sargento se acostará en su cama con aquel conjunto de culote y top que le haría ver las estrellas.
Piensa en cómo se verá su delgado cuerpo, y mira al patio exterior para saber cómo de cerca está la noche.
Es extraño, se conocen de apenas unos días y, allí cómodos en el sofá sentados uno al lado del otro, parece como si llevasen años viviendo juntos. Como si fuesen pareja.
—Seguro que te queda bien —se atreve a soltar él.
Anastasia le mira con curiosidad. Él le aguanta la mirada en contra de todo su cuerpo que le insta a agachar las orejas y continuar con lo suyo.
Resiste, esperando una respuesta adecuada por parte de ella, le vale con que sonría un poco.
Y las comisuras de sus labios comienzan a curvarse cuando su hija Belén irrumpe en el salón, agarra el mando de la televisión y sube tanto el volumen que le resulta molesto.
—¡Belén, por favor, baja eso! —exclama fastidiado por haberle roto su momento especial.
—¡Ha salido libre! ¡Ha salido libre! —chilla su hija con entusiasmo.
Lucas y Anastasia miran perplejos la pantalla. Un montón de periodistas rodean a Manfred mientras este trata de esquivarlos.
La voz de la periodista lo anuncia:
—Como pueden ver, el extranjero, Manfred Van Rossum, ha quedado en libertad sin cargos.
Y tras la salida, también, del joven Daniel, esto quiere decir que la Guardia Civil se queda sin sospechosos en el caso criminal más importante de la última década en toda la provincia de Huelva, el caso de la maldición del azufre.
Vemos indignación entre muchos vecinos que deben pasar una noche más con miedo.
Muchos de ellos han decidido alejarse del pueblo hasta que se resuelva el caso, pero otros muchos, que no tienen adonde ir, se preguntan: ¿estamos seguros en Zufre?