Azufre 60
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L a sargento sale de la inopia. Aparta los ojos de la televisión y mira a Lucas.

—¡Yo ni siquiera sabía que Daniel era gitano! —protesta.

—No pierdas el tiempo con eso. No debemos desviarnos de nuestra investigación por su palabrería. Tenemos que centrarnos en el asesinato.

—¡Pero ese chico casi me quema viva!

Lucas no sabe qué decir y Anastasia se palpa la frente.

Está desesperada. Él tiene razón: aquel teatrillo solo los desvía de la investigación principal.

Con cada paso que da, siente que retrocede.

No están logrando nada del caso que más importa.

No tiene la menor idea de quién ha podido cometer el asesinato y realmente intuye que no ha sido Daniel.

Es solo un chaval y cree que el perfil del asesino debe ser mayor tanto en edad como en fortaleza física.

Hay que tener fuerza para alzar un cuerpo y colgarlo del árbol, y Daniel no es más que un joven flacucho.

Demasiado enclenque. No ha podido ser él. Pero entonces, ¿quién?

Lucas se levanta.

—¿Adónde vas?

—Voy a reanudar las negociaciones con mi hija…

​ Anastasia le imita.

​ —¿Y tú?

​ —Al cuartel. Se ha presentado allí el abogado del chico, tendré que ir.

​ —Si vas ahora, la prensa te comerá viva. Yo que tú me quedaba en casa.

​ Es consciente de que ha dicho en casa y no en mi casa . Agradece ese interés por hacerla sentir cómoda.

​ —No sé qué hacer aquí…

​ —Puedes llamar al brigada por teléfono.

Eso sería mejor que presentarse en el puesto para que te despedacen en directo para toda España.

Luego tómate un respiro. A esta hora hace mucho calor para hacer nada, descansa, échate un rato en la cama o en el sofá con el aire acondicionado y piensa en tus próximos pasos.

Yo también necesito una guía para saber qué podemos hacer ahora.

Habla con el brigada para ver si sus hombres o los del capitán han descubierto algo, cualquier novedad.

​ Lucas se marcha, con los hombros caídos, camino de la habitación de Belén.

​ Anastasia coge su teléfono móvil y llama al brigada Guerrero, pero no se lo coge.

Debe tener mucho lío con ese rey de los gitanos.

Se tumba en el sofá y mira el techo. Piensa en el caso principal: ¿quién pudo asesinar a Alicia?

Por las últimas pistas parece plausible que sea alguien religioso.

Quizá debería presentarse en la iglesia de la Purísima Concepción y hablar con el sacerdote Santiago.

Recordó las palabras del cura condenando a Manfred ante todo el pueblo.

¿Por qué lo hizo? ¿Acaso tenía especial interés en que le condenaran?

Y de ser así, ¿por qué? Todos hacemos lo que hacemos por alguna razón…

​ El teléfono suena. Es el brigada Guerrero.

​ —Mi brigada…

​ —¿¡Cómo se te ocurre arrestar a un niño gitano!?

​ —¿Perdón?

​ —Ese abogado se ha echado al cuello del capitán Paz y obviamente él me ha dado la del pulpo a mí. Dice que tu único argumento para acusarle es el testimonio de un demente: de un viejo con alzhéimer. ¿¡Esto es verdad!?

​ —Bueno, me parece que lo ha tergiversado, pero…

​ —¿Tu testigo tiene el mal de Alzheimer, Anastasia? ¿Sí o no?

​ A la sargento le tiembla el labio antes de hablar. Se alegra de que la conversación, al menos, sea telefónica, para que así no vea cómo su rostro está al rojo vivo de vergüenza. Tiene que asumir su error.

​ —Sí.

​ —¡Me cago en la mar! ¡Me cago en la grandísima y gloriosa mar salada!

¿Y para qué coño detienes a ese chico? Y encima gitano, joder, estando como está la puta agenda globalizadora de los cojones y este gobierno izquierdista e hipócrita.

Que a las minorías étnicas no se las puede tocar.

Ni gitanos ni negros ni moros ni amarillos… ¿Es que no lo entiendes?

​ —No sabía que era gitano, pero ¿¡qué importancia tiene eso!? ¡Ese chico puede haber quemado el piso!

​ —¡Y te lo dijo un viejo con demencia senil!

​ —¡Nos estamos olvidando de lo importante!

​ —Sí, eso mismo. —El brigada relaja su tono de voz, cosa que a Anastasia preocupa incluso más que oírle chillar—.

Nos alejamos del objetivo principal. El asesinato de esa chica.

Y hasta que no lo resolvamos yo estoy recibiendo toda la enorme presión de la cúpula de la Guardia Civil que, a su vez, recibe toda la presión del Gobierno.

Así que no estoy para perder el tiempo con travesuras de chavales.

​ —¿Travesuras? ¡Casi me muero allí!

​ —Eso mismo me ha dicho el capitán, que no reaccionaste: te quedaste paralizada. Es posible que no estés preparada para esto. Ya le dije al capitán que creo que estás saturada y que lo mejor será apartarte de este caso y que yo mismo cubra tus funciones un tiempo.

​ —Pero si el caso no es mío. ¡Es suyo! ¡Ya era suyo antes!

​ —Ya, por eso. Mira, Anastasia, no quiero que te tomes esto como una expulsión del partido, tómatelo mejor como una amonestación, una tarjeta amarilla… —Amarillo, otra vez—. Mantente al margen. Ya no necesitamos su ayuda, sargento. —Y cuelga.

Anastasia no puede creerlo. Está segura de que, ante la presión ejercida por el capitán Paz, Guerrero le ha echado la responsabilidad a ella para quitarse la mierda de encima. Tira su móvil y aprieta los puños contra sus ojos cerrados. ¡Qué complicado es gestionar la impotencia!

Vuelve a tener esa extraña sensación de color amarillo en su cabeza. ¿Qué quiere decir? ¿Qué significado tiene el color amarillo en aquel asunto? No sabe por qué, ¡pero tiene la intuición de que el color amarillo es la clave para resolver el caso!

​ —¡Justicia! ¡Hoy se ha hecho justicia! —oye en la televisión.

Anastasia aparta los puños y contempla estupefacta a Daniel en libertad.

Va cogido de su madre que grita a todos los periodistas.

Delante, Arturo baja los escalones con paso firme y una sonrisa orgullosa.

No ha tardado ni quince minutos en sacarlo de prisión; por algo le llaman el rey, el defensor del pueblo gitano.