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D on Arturo Jiménez, alias el rey de los gitanos, también conocido como el defensor de las minorías, sube los peldaños de acceso al cuartel y, en lugar de llamar para entrar, se gira de cara a la prensa y se ajusta la corbata como preparación para un discurso ensayado.
Estela, la madre de Daniel, se coloca a su lado.
Él la agarra por la cintura y ella lo estrecha contra su cuerpo hasta quedar embriagada por su perfume.
Arturo es primo de su marido y ella está loquita por sus huesos.
Desde niña, Estela soñaba una boda gitana por todo lo alto, donde centenares de familiares y amigos le tirasen flores, donde un enorme grupo de amigos borrachos zarandeasen al novio y cada mujer allí presente llorase de emoción al ver su precioso vestido de infinita cola, y donde el marido de la boda de sus sueños fuese Arturo Jiménez.
Pero nunca sabemos lo que las hilanderas de nuestros designios tejen para nuestro futuro.
El futuro que tuvo Estela fue muy diferente.
Se casó con Rafael, un holgazán que en lugar de trabajar no hacía más que pedir dinero prestado y ayudas de todo tipo.
Nunca tuvieron suficiente para celebrar la boda con la que tanto había soñado, ni el hombre ni el traje infinitamente largo ni centenares de invitados ebrios y emocionados.
Estela tuvo que conformarse con menos. ¡Qué diferente habría sido su boda y su vida de casarse con aquel apuesto abogado! Arturo, el rey de los gitanos.
—Señoras y señores de la prensa —comienza él—.
Creo que ya me conocen de sobra por casos sonados como el del tapicero, pero para quienes no tengan esa suerte, me presento como el rey Arturo, defensor de las injusticias contra mi pueblo.
Y aquí, hoy, en Zufre, se ha cometido una tremenda injusticia.
No solo han detenido a Daniel Sosa por ser gitano, sino que para colmo es menor de edad, hecho por lo cual necesitará de toda nuestra ayuda.
Porque piensen en esto —recalca, llevándose un dedo a la sien—: hoy ha sido Daniel, pero si siguen sin respetar los derechos de los menores, mañana podría pasarle esto a cualquiera de nuestros hijos.
Arturo no tiene hijos.
Se separa de Estela y esta lanza una amenaza:
—Esa guardiacivil nueva que llegó el domingo al pueblo, justo antes de que se cometiera ese angustioso crimen, esa mujer es la arpía que me engañó.
¡Detuvo a mi niño de forma ilegal! Llamó a mi puerta y me engañó de buenas maneras para entrar y detener a mi niño sin que yo pudiese hacer nada.
Se aprovechó de mi buena voluntad y lo detuvo sin pruebas, ¡solo por ser gitano!
Y cada día creo más en la premonición del párroco Santiago.
La maldición del azufre… ¡La maldición la trajo ella!
Desde que ha venido, las desgracias se suceden en este pueblo.
Ya me lo dijo mi hijo: que ella es una bruja.
Y se comportó como tal cuando me engañó para entrar en casa y raptar a mi niño.
¡Ella es la bruja que nos ha traído la maldición al pueblo!
Estela se gira enérgicamente y se cuela en el cuartel tras su amor platónico, Arturo. Las puertas se cierran con un bum que retumba en el corazón de Anastasia.