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S e va a llevar una bronca monumental. Esa niña se lo ha ganado.
¿Cómo ha podido hacer eso? ¡Lo ha contado en televisión!
¡A todo el pueblo! ¡A todo el país! España entera sabe que su hija es una…
una… ¡Es una loca! ¿Cómo ha podido acostarse con…
con… Y decirlo así y quedarse tan ancha y tan pancha como Castilla-La Mancha.
Lucas golpea el volante y siente el agudo dolor en su mano.
Aunque no puede verlas, siente las enormes ampollas con líquido en el interior de sus palmas.
Los fármacos amortiguan la intensidad, pero necesita de ese dolor, no solo para canalizar su rabia, sino también como un sustituto de la cafeína para no quedarse dormido al volante.
Le duele cada curva que toma en la carretera.
Aun así, se aferra a ese dolor para recordar quién es el verdadero culpable.
No es su hija en la que debe proyectar su ira, sino en el asesino que condenó al pueblo a parecer maldito ante toda la sociedad española.
Ya ajustará cuentas con ese criminal en cuanto den con él.
Pero su hija… su hija es tonta. ¡La madre que la parió!
¿Cómo se le ocurre? Ella no tendrá la culpa de muchas cosas, pero ¿lanzar ese mensaje a los periodistas?
Sabiendo cómo son… Ya tienen programas para largo a costa de la inestabilidad emocional de su hija, sin que les importe el daño que le pueden hacer.
¡Es que esta niña es tonta! El pueblo hablará de ella durante años.
El dolor de sus manos se incrementa al aparcar con tanto giro de volante. Ya le hubiese gustado que alguien condujese por él, pero Lucas no es de pedir favores a nadie. Siempre, a lo largo de toda su vida, se ha apañado solo, sin la menor ayuda de nadie, y no va a cambiar a sus cuarenta años.
Cuando se apea del vehículo y camina a casa, su furia se incrementa con cada paso.
Esta niña nunca le hace caso en nada; constantemente hace lo que le da la gana.
Bien, pues eso se acabó. Va a entrar en casa con decisión y va a imponerse como su padre que es.
Como su propio padre hacía con él. Esta vez, Belén se va a enterar, va a aprender la lección por las malas.
Como si la tiene que dejar encerrada en casa un mes… ¡o un año!
Lucas saca el tembloroso y tintineante manojo de llaves y abre la puerta de casa con nerviosismo. Entra y da un portazo. Piensa en cogerla de los pelos y… y… y…
—¡Belén, ven aquí ahora mismo! —ordena el padre y guardiacivil que acaba de instaurar una autocracia en casa.
Belén está en el salón sentada frente a Anastasia.
La sargento ya no lleva la ropa de estar por casa de su hija, ahora va uniformada y tiene cara de preocupación.
Incluso así, su cara sigue siendo hermosa.
Tiene las manos adelantadas con las que abraza las manos de su hija.
Cuatro manos delicadas. No como las suyas, toscas y quemadas, que para colmo parecen envueltas en papel del culo.
Su hija está llorando. Tiene un rostro angelical, pero está arrugado y las lágrimas le corren por las mejillas. Al autoritario padre se le cae el alma a los pies.
—Ya está, cariño —le dice—, no llores…
Lucas se sienta con ambas y consuela a su niña.
En realidad la comprende: ha estallado porque no le hacían caso y tenía razón.
No hay pruebas suficientes contra Manfred y es cuestión de tiempo que le pongan en libertad.
Ha actuado así por desesperación, porque no le prestaba la suficiente atención, es culpa suya.
Su móvil suena. Al mirar quién le llama, su expresión se vuelve más sombría aún si cabe. Anastasia se da cuenta.
—Es tu madre… —anuncia él con voz apagada.
Contesta y mantiene una acalorada discusión. La madre vive en Madrid con su actual pareja y quiere a Belén en la capital. Lucas trata de mediar con ella, allí en el pueblo de Zufre están sus amigos, también el instituto…
También un asesino, replica la madre. La quiere en Madrid de inmediato y el padre se ve obligado a claudicar, al menos hasta que se calmen las aguas y encuentre al asesino.
Cuando Belén se entera de la noticia da un golpe en la mesa, más fuerte que el que él mismo dio al volante hace menos de una hora.
Luego se marcha a su cuarto tras un aluvión de increpaciones a su padre.
Al quedarse a solas, Lucas agacha la cabeza, azorado.
Anastasia tiende la mano y la posa con cuidado sobre el vendaje.
Se miran durante unos segundos sin decir nada, hasta que el ruido del televisor les estorba.
Los periodistas anuncian la llegada de una pieza nueva al puzle que supone el culebrón en aquel pueblo.
Lucas y Anastasia rompen su momento de intimidad para ver quién está armando tanto ruido a las puertas del acuartelamiento.
En la pantalla aparece un vehículo de alta gama.
Desciende de él un hombre con un elegante traje de chaqueta hecho a medida.
Tiene la piel cetrina y los ojos negros como el carbón dulce que regalan a los niños que se portan mal.
Abre la puerta del lado contrario y baja una pelirroja de pelo rizado y pechos empitonados.
Es la madre de Daniel, Estela. Pero el hombre enchaquetado no es su marido, ¿quién es?
—Hostia —se lamenta Lucas—. Me parece que vamos a perder a los dos sospechosos en la misma tarde…
—¿Por qué? ¿Quién es ese?
—Le llaman don Arturo Jiménez, el rey de los gitanos.