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E l bebé berrea diez segundos, hasta que su jovencísima madre sujeta el carro y lo menea para calmarla.
Así puede terminar tranquilamente de almorzar con sus padres en el bar.
Algo la ha tenido distraída durante toda la comida y no ha sido su hija Esperanza, sino la conversación en la mesa de su derecha.
No puede creer lo que ha escuchado. Le parece inverosímil.
Decide ir a investigarlo cuando acaben con el postre.
Su madre paga la cuenta, el abuelo empuja el carro y juntos salen del bar, pero ella se desvía hacia la izquierda.
—¿Adónde vas?
—Raquel tiene que devolverme el pantalón que le presté. Estaré poco tiempo.
—Eso. No quiero que andes sola por el pueblo.
—Mamá, es solo un rato.
—Con todo lo que está pasando, hija, te quiero en casa antes de que anochezca.
—Que sí.
Contonea el trasero con el orgullo de un pavo real.
Sus cabellos también son coloridos, de un amarillo reminiscente.
Jésica se ha pasado toda la comida oyendo el rumor de que su amigo de la infancia, Daniel, ha sido detenido.
No puede creerlo. Tiene que verlo con sus propios ojos…
Y en caso de ser verdad, piensa reírse de él a carcajada limpia.
Llega hasta el edificio de la Guardia Civil, pasa por delante de la veintena de periodistas que esperan sentados alrededor de la puerta principal y bordea el bloque hasta buscar en las ventanas laterales.
Todas tienen las persianas cerradas a cal y canto para que ningún reportero más se entrometa en el transcurso de la investigación.
Sabe que Dani está encerrado en uno de esos cuartos de aquel precario acuartelamiento que no dispone de nada parecido a una celda.
—Dani… Dani… —susurra a través de varias ventanas. Nadie contesta—. Dani, maricón. Te la han metido doblada, eh… ¡Ja, ja, ja! —ríe al caluroso aire de levante, esperando que este mueva sus palabras hasta alcanzar unos oídos finos y sensibles a las críticas.
—¡Eres una desgraciada, Jesi! —se oye desde el interior de una de las ventanas. Ella se acerca y suelta su risa para crisparle todavía más:
—¡Ja, ja, ja! Eres patético, de verdad, te dije que te relajaras y mira dónde has acabado.
—Si tú no hubieras pasado tanto de mí, esto no habría pasado. Eres una amiga de mierda.
—Te dije que me dejaras en paz. No parabas de darme por culo calentándome la oreja con lo de mi ex y las hippies. No paraste hasta aquel día y mira ahora dónde está esa pobre chica.
—¿¡Pobre chica!? Esa pija remilgada era de todo menos pobre.
—¿Ves? Es que no respetas ni a los muertos, tío… Que te den por culo, Dani, de verdad.
—¡Que te den a ti! Encima que estoy aquí encerrado, ¿y vienes a joderme?
—Te lo mereces por cabrón.
—¡Te lo mereces tú, maldita desgraciada! ¿Te recuerdo lo que le hiciste a esa zorra que ahora defiendes? ¿Eh? ¿Te lo recuerdo? ¡Que lo tengo todo grabado y una decena de periodistas ahí fuera! ¿No te enteras o qué?
Pero Jésica ya se ha marchado dejando a Daniel con su rabieta encendida.
—¡Te vas a enterar! ¡Te vas a enterar tú y la bruja que me ha encerrado aquí! ¡Ya lo verás!