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E n una peluquería con ínfulas de salón de belleza, con paredes pintadas de rosa, muchísima iluminación y un póster del famoso Llongueras con más de quince años —el póster, no Llongueras—, una mujer entrada en años, exuberante, pelirroja y peligrosa, se concentra en el cuero cabelludo de una clienta de toda la vida.
Con una larga pinza, atrapa los pelos desde la raíz del cabello y tira hacia afuera para sacar el mechón de pelo del plástico que recubre la cabeza de su clienta.
Estela mastica chicle mientras realiza esta labor con la meticulosidad y precisión de una cirujana.
Para ella, aquello es rutinario: sacar todos los mechones y pintarlos; y una morena más que se convierte en rubia.
—Mira, mira, la niña del guardia.
Estela se detiene para mirar la televisión que cuelga de la pared de su local.
Toma el mando y sube el volumen más allá de los decibelios aconsejables.
En la pantalla puede verse a Belén hablando con efusividad.
Cursa el mismo año que su hijo Daniel. La niñata del guardia siempre ha pretendido aparentar ser mayor de lo que es.
Lleva un corte de pelo que se hace ella misma para parecer una mujer autosuficiente y progresista.
Acapara toda la atención defendiendo la inocencia del extranjero porque quiere hacerse la heroína y lo que parece es una heroinómana.
Entonces llega el bombazo y la peluquera pelirroja se traga el chicle.
¿Por qué sabe que Manfred es inocente?
Porque, la mañana que ocurrió el crimen de mi amiga Alicia, mientras un asesino, que sigue por ahí suelto, mataba a mi amiga, ¡yo me estaba acostando con Manfred! ¡Yo estaba con él, por eso estoy segura al cien por cien de que él no ha sido!
—Madre del amor hermoso, la Virgen santísima —se sorprende Estela.
Su clienta se persigna.
—¿Cómo puede decir eso en la tele? Y, ¿cómo puede acostarse una muchachita con ese puerco?
—Porque es otra puerca —asevera Estela. La pelirroja considera a Manfred como una joya por pulir.
Un hombre atractivo cubierto de una espesa capa de pelo salvaje.
Sabía que, si él aceptara pasar por su salón de belleza, Estela podría convertir al sucio extranjero en todo un dandy al que estaría dispuesta a quitar la ropa a bocados.
Claro que esto nunca piensa admitirlo—. Mira, mírala —sigue la peluquera—.
Así va con esas ropas de hippie. Si se junta con quien se junta.
Qué vergüenza, con un hombre tan mayor para ella…
—Ay, Dios mío, su padre debe estar que trina.
—Ese no levanta cabeza desde el divorcio. Yo lo he dicho muchas veces.
—Pero ¿por qué hace eso?
—Esa niña siempre ha querido protagonismo, ¿no lo ves?
—¡Ay! —exclama su clienta tras un doloroso tirón de pelo. Estela calma sus nervios y vuelve a concentrarse en su trabajo.
—Perdón… Se cree que se le queda corto este pueblo.
A mi hijo le decía que quería irse a la capital, a Madrid.
Anda y a ver si es verdad y se va de una vez.
A mí me da igual porque por aquí nunca pasa.
Dice que se pela ella, la muy rarita. Así va, con el pelo sucio, que parece un bicho salido del bosque, un puercoespín de esos.
Y acostándose con ese hombre mayor… Qué vergüenza, de verdad, pero qué vergüenza; si yo fuese la madre se me caería la cara de vergüenza.
—Dios los cría y ellos se juntan.
Cuando considera que todos los mechones están fuera del plástico que recubre el cuero cabelludo, suelta la pinza y agarra la brocha y el bol de plástico que contiene el mejunje de tinte ya preparado.
En la pantalla aparece una imagen movida que paraliza a Estela. La nueva sargento, Anastasia, a la que había abierto la puerta de su casa hacía escasas horas, desplaza una verja metálica para que pase con prisas Yohanna tirando del brazo de un chico delgado y moreno. Es su hijo Daniel.
El bol se le resbala de unas manos tensas y nervudas y se estrella contra el suelo manchando todo su glamour.
—¡Me cago en esa desgraciada!
—¡Ay! ¿Era tu niño, Estela, era tu niño?
Sí, lo era. Claro que lo era.
Estela concentra su vista y oído en la televisión, donde un periodista menciona que su hijo puede ser sospechoso del crimen del azufre.
Separa sus labios y aprieta los dientes mostrando su expresión de rabia.
Sabe lo que debe hacer y lo hará ella. No puede esperar a que el holgazán de su marido mueva el culo, así que saca su teléfono móvil y marca un número.
El número de la única persona capaz de sacar a su hijo de problemas en menos de lo que canta un gallo.
Se va a enterar. Esa nueva sargento, ¿qué se ha creído? No sabe lo que está haciendo. El arresto de su hijo lo va a pagar muy caro. Muy pero que muy caro.