55
S e siente agotado física y mentalmente. Apenas ha dormido en toda la noche debido al incidente en el piso de Anastasia. Y la muerte de su amigo Fernando terminó de golpearle como si le cayera un piano sobre la cabeza.
Terrible.
Su mejor amigo fallecido por las graves quemaduras sufridas tratando de salvar la vida de su hija o, más bien, intentando rescatar su cadáver de las llamas; claro que eso no suena tan heroico.
Las lágrimas han surcado las mejillas de Lucas en varias ocasiones a lo largo de la mañana, pero la razón ha sido más cercana a la empatía que ha sentido al ver el inmenso dolor de la esposa de su amigo Fernando, que llenaba el espacioso tanatorio con su llanto.
Esa mujer ha perdido marido e hija en dos días.
Terrible.
Ahora, sentado en soledad, tomando café en el bar que hay frente al tanatorio, reflexiona sobre un crimen tan execrable.
Si no ha sido Manfred, ¿quién pudo hacerlo?
Le duele la cabeza y decide que es mejor regresar a casa.
Se levanta y alza el rostro por primera vez en un buen rato.
Su vista topa con las luces del televisor hasta reconocer lo que ve.
Un nuevo golpe. Una nueva situación a la que debe sobreponerse sin fuerzas.
Vuelve a derrumbarse sobre la austera silla y contempla con ojos llorosos la pantalla de la vieja televisión colocada en una esquina de aquel triste local.
En ella aparece su hija. Belén está delante de la puerta del acuartelamiento, sobre la escalinata.
Decenas de reporteros se arremolinan a su alrededor estirando sus brazos para acercar sus micrófonos a la voz de la joven de dieciocho años que habla alto y claro acerca de la detención de su amado Manfred:
—¡Es inocente! ¡Es inocente! ¡El párroco de este maldito pueblo ha hecho una campaña de difamación contra él y le han condenado sin prueba alguna! ¡Ahí está encerrado un hombre inocente!
—¿Por qué estás tan segura, Belén?
—¡Belén, compañera! ¿cómo sabes esto? ¿Conoces a ese hombre?
—¿Por qué lo dices?
—¿Qué te hace estar tan segura?
—Belén, amiga, explícate, dinos cómo estás tan segura de su inocencia.
—¿Por qué sabes que Manfred es inocente?
Belén sabe que si quiere ver a su amado en libertad pronto, solo hay una salida. Decir toda la verdad y nada más que la verdad.
—Porque, la mañana que ocurrió el crimen de mi amiga Alicia, mientras un asesino, que sigue por ahí suelto, mataba a mi amiga, ¡yo me estaba acostando con Manfred!
¡Yo estaba con él, por eso estoy segura al cien por cien de que él no ha sido!
—Tras escupirlo, Belén se echa a llorar de forma automática.
Lucas se lleva las manos al rostro y deja caer su pesada cabeza sobre las vendas que tapan las heridas de las palmas de sus manos.
Aún le duelen, pero no tanto como su corazón.
Se encuentra inmerso en un oscuro agujero del que no se siente capaz de salir.
Ni siquiera puede usar sus manos para escapar de allí.
Tan solo alza de nuevo el rostro al oír una voz.
—Apartad, por favor, apártense.
—¡Sargento! Sargento, ¿por qué siguen manteniendo a Manfred encerrado?
—¡Sargento, díganos algo!
Lucas ve, con ojos llorosos, cómo su sargento, Anastasia Petrova, rodea a su hija con un brazo y la aparta de las babas de aquellos chacales deseosos de montar una carnicería de exclusivas.