Azufre 54
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—¿P odrías dejar de tocarme? Sé caminar solito.

​ —Entonces tendría que esposarte, ¿prefieres eso?

​ Dani farfulla algo que ni Yohanna ni Anastasia entienden.

Han decidido no esposarle por no montar más escándalo ni delante del padre ni del resto del pueblo.

En Zufre las ventanas tienen ojos y pasear al chico, menor de edad, esposado hasta el puesto de la Guardia Civil, atraería de inmediato a mirones y periodistas.

Para evitar a estos últimos, deciden entrar por la puerta de acceso a vehículos, a la espalda de la puerta principal, y eso no estaba en los planes de Daniel.

Cuando ve que no lo llevan calle abajo, sino que giran a la izquierda para encarar la verja metálica por la que siempre ve entrar a los vehículos oficiales, se pone tenso y empieza a chillar como un energúmeno:

​ —¡Socorroooooooooo, prensa y televisión, socorro, me están secuestrando! ¡Detención ilegal! ¡Detención ilegal! ¡Yo no he hecho nada! ¡Soy inocente! ¡Corpus Cristi! ¡Corpus Cristi!

​ —¿Qué coño estás diciendo? —masculla Yohanna sujetándole con fuerza del brazo y reprimiendo las ganas de abofetearle, lo que hace que Daniel se exalte todavía más y con razón.

​ —¡Me quiere pegar! ¡Socorro, esta bruja me quiere pegar! ¡Televisión!

​ Por la esquina de la parte baja de la calle aparecen algunos periodistas y cámaras alertados por el alboroto que pretende montar Daniel. Anastasia abre la verja metálica y Yohanna arrastra al joven del brazo para meterlo dentro antes de que los periodistas compren el boleto de su espectáculo.

​ Cuando atraviesan el terreno del aparcamiento interior y acceden a las oficinas, les espera el brigada Guerrero con los brazos en jarra.

​ —¿Qué cojones ha pasado?

​ Yohanna sigue adelante con Daniel cogido por el brazo mientras Anastasia se detiene a dar novedades.

​ —He detenido a ese chaval acusado de tirar el cóctel molotov al piso donde yo estaba descansando. También puede ser un posible sospechoso del crimen de Alicia.

​ —De Alicia y me he enterado que también ha muerto su padre, Fernando, Lucas me ha informado. Ahora tenemos dos fallecidos. Pero olvídate, no es ese chico, es Manfred. Lo tengo a puntito de caramelo. Está muy cerca de confesar su crimen.

​ —Dudo que su crimen vaya más allá de acostarse con chicas en el bosque…

​ —Y yo dudo que ese chico sea capaz de lo que dices. ¿Qué pruebas tienes?

​ —Tengo un testigo que dice haberle visto.

​ —¿Quién?

​ —El señor mayor que… —Está a punto de decir que tiene alzhéimer cuando se da cuenta de que eso sería dar un resbalón y se muerde la lengua. Rectifica—. Es un padre de familia.

​ —Bien. Pero te han visto los periodistas. Cuidado con la carnaza que sueltas a esos buitres no vayan a picotearnos las manos. Entonces, ¿estás segura de que ese chico quemó tu pabellón?

​ —Sí.

​ Y lo está. Sin embargo, eso no garantiza que un jurado popular lo vea de la misma manera.

El dedo acusador de Jacobo y la posterior huida de Daniel les había conducido a la carrera por atraparlo sin valorar las opciones tras el arresto.

Cierto que la actitud del joven le pareció bastante sospechosa, e incluso ella se siente bastante segura de su culpabilidad, y, a pesar de ello, ¿qué pruebas en su contra tienen?

El testimonio de un señor mayor con demencia senil, una prueba ridícula que cualquier abogado mediocre le tumbaría ante un tribunal de justicia.

Debería haberlo valorado mejor antes de llevar a cabo aquella detención.

Pero si no ha sido Daniel, entonces ¿por qué ha tomado esa actitud hostil contra ella?

¿Y por qué no negó la acusación mientras estaban en su casa?

Daniel esperó a tener a los periodistas cerca para declarar su inocencia, el muy sibilino…

Anastasia duda. Siempre se había considerado buena en lo suyo; en cambio, desde que llegó a Zufre, tan solo siente que mete la pata hasta el fondo una y otra vez. Debería tirarle de la lengua a Daniel antes de que el abogado defensor se presente allí para preparar al chico.

​ El ruido del exterior la saca de sus pensamientos. El jaleo ha crecido como la subida de un turbulento río que empieza a desbordarse. De nuevo se oyen ruidos de chasquidos de cámaras y movimiento tras la puerta principal, además de las voces de algunos periodistas:

​ —Colóquese aquí, por favor, colóquese aquí —imploran.

​ —Más arriba, sobre los escalones.

Una voz femenina se impone a la de los periodistas.

—¡Manfred es inocente! ¡Es inocente!

Anastasia reconoce aquella voz y un escalofrío le recorre el cuerpo. El show mediático acaba de comenzar.