52
A nastasia camina con hechuras de pato gordo. Sube cuesta tras cuesta. El sol está en su cumbre y el calor cae espeso sobre su cogote. Suda tanto que siente que si continúa subiendo cuestas le dará un síncope.
—¿No podríamos haber cogido el coche patrulla?
—Nuestro vehículo está muy solicitado. El capitán Paz ha ordenado que siempre esté en movimiento por los alrededores del pueblo, y también están sus gorilas y los del brigada yendo de un lado para otro. Estamos todos muy liados
—Puedo coger mi bonito Audi amarillo.
—La casa de Dani está aquí al lado. Además, se nota que no has conducido mucho aún por dentro del pueblo. Es mejor ir andando, créeme.
—Está aquí al lado para ti, que una de tus piernas son como tres de las mías. No me extraña que seas campeona de Muay thai.
Yohanna se atiza un par de cachetadas sobre su propio muslo y suelta:
—Es lo que tiene el entrenamiento duro. Estas patas jamoneras me dan muchas alegrías.
—De verdad que, con lo poco que te conozco, no sé todavía si te tengo más aprecio o más envidia. Me haces sentir tan pequeña e inútil.
Yohanna no sabe qué contestar a eso, así que decide preguntarle por el llamativo color de su coche:
—¿Por qué te compraste un coche amarillo?
—Tengo dos razones de peso… La primera… porque es de lo más seguro que hay en carretera… y la segunda razón, la más simple, porque es mi color favorito.
El amarillo… Quizá por la falta de agua o porque le falta el aliento, Anastasia tiene una extraña experiencia con el color amarillo.
Se le viene ese color en demasiadas ocasiones a la cabeza, ya no solo porque sea su color favorito, es que sabe que hay algo más, siente que hay algo más, como si el color amarillo fuese la clave para resolver algo importante en su vida. ¿Pero qué?
Está tan fatigada que se detiene para tomar un respiro.
—Espera, va, en serio, espera un poco. Voy a coger aire.
La sargento se concentra en tomar oxígeno con inspiraciones profundas, pero los puntitos que bailan en su cristalino no quieren irse.
—Necesito un poco de agua —dice, visiblemente fatigada—. O bastante, necesito bastante agua —se corrige.
—Te has puesto amarilla —le dice su compañera Yohanna antes de alejarse para llamar a un portal.
Ese color otra vez…
Abre la puerta una chica de cabellos dorados.
Es Jésica. Al abrir se pone pálida. Cree que la van a arrestar y se asusta.
Solo respira más tranquila cuando Yohanna le dice que solo han llamado para pedirle un vaso de agua, pero para entonces el bebé de Jésica ya ha comenzado a berrear, quizá por ese sexto sentido entre madre e hijo.
—Podéis pasar y serviros vosotras —dice mientras acude a por su bebé que toma en brazos y lo mece para calmar su llanto.
Anastasia entra en la casa detrás de Yohanna y se queda en la entrada con Jésica mientras su compañera rellena dos vasos de agua en la cocina.
En ese momento, a solas, experimenta una sensación extraña que no sabe si achacar al mareo.
Por un segundo, ve a su propia madre tomándola a ella misma en brazos en una especie de alucinación, posiblemente producto de su deshidratación.
Siente el tacto de sus cabellos dorados y el olor del carmín de labios que usaba.
—Toma. —Yohanna la saca de la ensoñación ofreciéndole el vaso de agua—. Muchas gracias, Jésica —dice dirigiéndose a la chica. Esta asiente.
Anastasia absorbe el líquido con ansia y los puntitos de su visión por fin van desapareciendo como burbujas de jabón que explotan sin hacer ruido. Exhala con alivio y piensa en las virtudes de un pueblo que muestra su cercanía y amabilidad y en el que puedes pedir cualquier cosa a un vecino.
—Muchas gracias.
—De nada —dice Jésica con el bebé en brazos.
—¿Es tu hijo?
—Es mi niña.
Anastasia observa el rostro del bebé. Tiene el labio superior y los mofletes hacia afuera como cuando ella se echa una siesta larga y se levanta con la cara hinchada.
Sus manitas hacen amago de agarrar algo y Anastasia se fija en que tiene cabellos rubios de la madre enredados en sus rechonchos deditos.
—¿Cómo se llama? —se interesa Anastasia.
—Esperanza. Se llama Esperanza.
—¿Y la estás criando tú sola?
—También me ayuda mi madre cuando tengo que ir al insti.
—Estudias y crías a tu niña a la vez.
—¿Qué remedio? Aunque no estudio mucho, la verdad, odio el instituto.
—Mira, como yo en su día —dice Yohanna—. Nunca fui buena estudiante; a lo mejor tienes madera de guardiacivil.
Las tres mujeres sonríen. Yohanna hace amago de retirarse, pero su sargento no se mueve.
Anastasia está embobada mirando a aquella madre.
Hace demasiados años que perdió el recuerdo de la suya y, sin embargo, y sin saber por qué, tiene la certeza de que se parecía muchísimo a aquella joven.
—¿Nos vamos? —pregunta Yohanna.
—Sí, claro. Ya me siento mucho mejor.
Al salir de la casa de Jésica, nota el enorme silencio del pueblo y también piensa en las desventajas de vivir allí. Para su gusto, aquella ausencia de ruidos propios de la ciudad y aquella quietud la intimidan.
—¿Nunca sientes miedo?
—¿Miedo?
—Sí. Antes de tus combates, por ejemplo.
—No. Lo que siento son nervios porque quiero ganar. Miedo sentía al principio, cuando empecé a entrenar deportes de contacto. Me llevé unas cuantas patadas dolorosas y estuve a punto de dejarlo.
—¿Qué te hizo… —Tiene que coger oxígeno entre palabras porque continúan subiendo por aquellas estrechas calles adoquinadas— seguir?
—Que empecé a dejar de sentir miedo en todo, en mi vida. Cuanto más fuerte, menos miedo. Por lo menos esa fue la conclusión que yo saqué.
Caminan cuesta arriba atravesando un par de calles más hasta llegar a una casa con la fachada amarillenta. Llaman al timbre y se oye un vozarrón desde el interior:
—¡Estela, la puerta!
—¡Que no me chilles, carajote!
Abre una mujer de unos cuarenta años. Tiene el pecho operado, y que se note tanto demuestra su bajo coste.
Su par es tan abultado y recto que parecen querer escapar de la casa.
Estela lleva el pelo rizado y colorado, pero sus entradas delatan raíces gitanas.
Su mirada denota un ímpetu salvaje, casi eléctrico, pero su expresión parece aburrida de sentirse amaestrada.
Observa a ambas mujeres de arriba abajo: no le impresionan los uniformes.
—¿Qué quieren?
—Estela, queremos hablar con su hijo Daniel.
—No está.
—Sí está —dice el marido desde el sofá.
—¿¡ Pos no me has dicho que había salido!?
—Ha salido y ha vuelto.
—¡ Pos hazte tú cargo! ¡Yo me tengo que ir!
De repente, Estela dedica una enorme sonrisa llena de amabilidad a las guardiaciviles, muy contradictoria a su apariencia inicial, y, alzando las cejas pintadas, les indica su intención de salir.
Anastasia aprovecha:
—¿Podemos pasar, Estela?
—Sssss…, claro —dice esta mientras pasa entre ambas mujeres y se marcha cuesta abajo, despreocupada; como si la visita de miembros de la Guardia Civil fuese algo muy común para ella.
Entran juntas en la casa y cierran la puerta. El carajote, como lo ha llamado su esposa, sigue plantado en el sofá viendo la televisión y sin hacer amago de levantarse. Tiene barba de varios días, sin perfilar, y sujeta una cerveza en una mano y el mando del televisor en la otra.
—Rafael, ¿y tú hijo?
—Por ahí…, en su cuarto, imagino —su voz suena ronca.
Ambas se adentran en el salón para llegar a la habitación que señala el padre. Este mira a Anastasia, frunce el ceño, apaga el televisor y vuelve a mirarla sin relajar el entrecejo.
—¿Qué ha hecho?
—Nada bueno. Rafael, si no te importa, nos gustaría que estuvieses presente mientras hablamos con él.
—Claro. ¡Dani, sal de tu cuarto! —Él no piensa mover el culo.
Se abre una puerta y aparece un chico enjuto, de pómulos prominentes y pelo oscuro y rizado. Se apoya en el marco de la puerta y cruza las manos sobre su cintura como una tímida colegiala japonesa. Tiene una mirada pícara que encierra la energía de su madre.
Anastasia sondea sus ojos para averiguar si fue él quien incendió su piso. Él la esquiva, no osa mirarla. Es él, piensa. Lo que falta por averiguar es si el incendio del piso tiene relación con el crimen de Alicia. El fuego es el único lazo y no es muy consistente.
—¿Por qué incendiaste mi casa, Dani?
La pregunta es tan directa que llama la atención, no solo del padre, sino también del hijo. Daniel, al fin, se atreve a mirarla. Sus ojos son oscuros y él sonríe sin decir nada.
Anastasia no necesita más.
—Quedas detenido acusado de producir daños materiales e intento de homicidio intencionado. Tienes derecho a elegir un abogado que te defienda. En el caso de no…
—¡Eh, eh! ¡¿Qué cree que está haciendo?!
Al padre, al fin, le parece aquello lo suficientemente importante como para levantarse y sacar las garras. Yohanna se interpone entre ambos y le pide calma a Rafael.
—¡Es mi hijo! —vocifera—. ¡¿Creen que pueden entrar en mi casa así sin más y llevárselo?! ¡Ni siquiera me habéis pedido permiso para entrar! ¿Dónde está vuestra orden judicial? Quiero ver vuestra orden judicial. No podéis entrar así en mi casa y llevaros a mi hijo. ¡Venga!
—Rafael, puedes acompañarnos al puesto si quieres, pero, por favor, apártate. Hacemos nuestro trabajo y tu hijo ha cometido un delito grave.
—¡¿Qué me estás diciendo, que mi hijo es un delincuente?! ¡Que me estás insultando al niño! ¡En mi casa!
Rafael tira un cenicero contra el suelo y este estalla en mil pedazos.
Luego avanza a paso ligero contra la guardiacivil.
La reacción es desmesurada y Yohanna sabe que el fuego interno del padre ofendido crece porque cree que asusta.
Yohanna está por encima de eso y, en lugar de retroceder, avanza su pierna derecha hasta colocarla detrás de Rafael y con su cuerpo le empuja.
El barrido hace que Rafael pierda su punto de apoyo y caiga de espaldas sobre el sofá y se deslice hasta el suelo, quedándose allí pasmado ante el inesperado ataque de la luchadora.
—¡Rafael, no me toques el coño! ¡Eres un holgazán y esta no es la primera vez que tengo que venir a hablar con tu hijo por las cosas que hace! ¡Esta vez él se ha pasado de la raya, no te pases tú también o tendrás más problemas!
Ambas salen de la casa llevándose a Daniel detenido y escuchando los gritos del padre que sigue con el culo pegado al suelo.
—¡Eso lo veremos! ¡Eso lo veremos en el juzgado, ¿me has oído, Dani?! ¡Tú no has hecho nada; nada de nada, tú no abras la boca! Espera que llame a un buen abogado. Tú, ni mu. ¡Tú, ni mu! ¡Cierra el pico; tú no has hecho nada, hijo, no te preocupes!
Pero Dani no está preocupado. Muy al contrario, su mente maquiavélica ya maquina la mejor manera de ofrecer un fabuloso espectáculo a la prensa que les espera a las puertas del cuartelillo.