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E l día ha abierto. Los cúmulos de vapor de agua, antes acolchados y con formas de cojines, se han ido desprendiendo en pequeñas nubes difusas que dejan ver el fondo de cielo azul. El sol calienta y ciega la visión de Anastasia más que los flashes de las cámaras de fotos de los periodistas.
—¿Es cierto que Manfred estuvo acompañado de una joven cuando se produjo el asesinato de Alicia?
—¿Manfred es inocente?
—¿Por qué le mantienen encerrado?
—¿Quién ha incendiado su casa?
Multitud de preguntas, en su mayoría relacionadas con la inocencia del holandés, se aturullan en su cabeza y ella prefiere alejarse del cuartel sin contestar ninguna. Ya han metido la pata lo suficiente y no quiere tener un desliz del que lamentarse luego.
Va acompañada de Yohanna y lo agradece. Desde que le ha bajado la regla aprecia todavía más su cercanía. Hay cosas que un hombre no puede entender. Van a pie porque el domicilio de Jacobo se encuentra tan cerca que llegan a él en menos de diez minutos. Ventajas de un pueblo.
Anastasia agarra la aldaba metálica que cuelga de la puerta de madera de la casa de los García y con ella pica la puerta un par de veces.
Luego oye tras de sí el ruido de unas cortinas que corren por el riel para abrirse.
A su espalda, Óscar se asoma y observa a las guardiaciviles.
Yohanna se gira y lo saluda con un gesto de cabeza.
—¡Qué Dios las bendiga, agentes! —grita desde el interior.
Anastasia no responde. Está bien harta de idiotas entrometidos. Tan solo espera frente a la puerta con expresión seria hasta que abre la matriarca.
—Buenos días, Santa Carmen, ¿podemos pasar? —pregunta Yohanna.
Santa Carmen cede el paso y las agentes de la autoridad entran en el domicilio.
Desde donde están, pueden ver parte del salón principal.
Quique, el hijo de treinta años, está sentado en el sofá.
Se inclina hacia delante, apoya los codos en sus muslos y encorva su enorme espalda sobre un libro que parece tenerle absorto.
Lo cierra de golpe cuando alza la vista para ver entrar a la nueva sargento junto a Yohanna, levanta su enorme cuerpo y se mete en su habitación.
—Venimos a ver a Jacobo —explica Yohanna—. ¿Recuerdas que hablé con él anoche?
—Sí, hija. Por lo del malnacido que quemó la casa.
Ya, ya, entrad. Yo le he preguntado, pero a mí no me cuenta nada.
Cada vez está menos hablador. A veces tiene días más dicharacheros en los que recuerda casi todo y podemos hablar como antes, pero otros días se los pasa plantado, tieso como un muerto, bien ahí en el sillón, bien en cualquier calle, de pie, tomando el fresco mientras las horas pasan.
Yohanna y Anastasia avanzan por el pasillo y la visión del salón se va abriendo hasta dejarse ver el sillón sobre el que reposa el cuerpo de Jacobo.
El sillón es amplio, pero bajo su peso está hundido y parece estrecho porque las inmensas extremidades del viejo tapan sus reposabrazos por completo.
Su mirada está apagada en la pantalla convexa de un televisor antiguo como la casa.
Ve un programa matinal en el que sus participantes despotrican contra la actuación policial del pueblo de Zufre, por el caso que ella misma investiga.
Despotrican sobre su labor sentados en cómodos sofás, menudo ejemplo.
—Buenos días, Jacobo.
El viejo dirige su mirada al foco de aquel saludo. Sus ojos hundidos parecen recobrar la energía de una singularidad. Se produce una inflación, un Big Bang en su pupila que crece hasta llenar de vida su expresión facial. Sonríe ampliamente.
—Buenos días, chicas… Me recuerdas a alguien, pero no logro… Qué bonita edad la vuestra.
Desde luego parece que su demencia es galopante. Ambas deciden obviar sus palabras. Así que toman asiento en el sofá que hay junto al sillón enterrado bajo aquella mole en descomposición. Yohanna se inclina para hablarle.
—Jacobo, hablé anoche con usted.
—Sí, sí… Es usted muy guapa.
—Gracias.
—Usted es la de la televisión.
—Sí, eso es.
—La luchadora. Pega usted muy fuerte, pero no parece mala persona.
—No lo soy, Jacobo. Y usted, ¿es mala persona?
—¡Jo, jo, jo! —ríe Jacobo de manera socarrona—. Maldito volcán… Maldito azufre…
—¿Sabe quién sí es mala persona? El que lanzó ayer esa bomba a la casa de mi amiga Anastasia. Era su casa, ¿lo sabía? —dice señalando a su compañera.
Jacobo aparta la mirada de Yohanna y fija sus pupilas en la sargento.
—Pobre chica… Se quemó.
—No. Por suerte llegamos a tiempo para rescatarla. Pero tú viste quién lo hizo, ¿lo recuerdas? Necesitamos que nos digas quién fue para que no vuelva a hacer daño en el pueblo.
Jacobo se echa a temblar y en su tembleque niega con la cabeza de un modo constante.
Anastasia ve algo extraño en él, en su mirada. Sabe que debe aprovechar la poca lucidez de Jacobo antes de que desaparezca.
—Jacobo, no tema —dice Anastasia—, estamos aquí para protegerles. Si atrapamos al que provocó el incendio no tendrá que temer nunca más. Es muy importante para nosotros que nos ayude. Tómese su tiempo. ¿Recuerda algo de esa persona? Cualquier cosa… ¿Era un hombre? ¿Era alto?
—No creo que fuese tan grandullón como tú, ¿cierto, Jacobo? —Yohanna se toma la confianza de tocarle el dorso de su enorme mano. Su temblor cesa de golpe y sonríe lento, como un perezoso.
—Ya sé —dice—. Ya me acuerdo. —Alza la mano que tiene libre y extiende su largo dedo índice hacia el frente. Los ojos le brillan—. Fue él —sentencia. Y resulta que de verdad señala a alguien que les está espiando desde la calle.
Anastasia gira el rostro a tiempo de ver, a través de la ventana de salón, a una sombra escurridiza. Yohanna suelta la mano de Jacobo para salir a la carrera.
—¡Ha salido corriendo por allí! —avisa Óscar desde su ventana—. ¡Es el marica! ¡El marica!
Yohanna se frena. Ve la silueta de un joven corriendo al final de la calle.
Tiene la cadera estrecha y corre con las punteras hacia fuera.
Es Daniel. Al chico nunca le han gustado los deportes y Yohanna sabe que podría alcanzarle sin problemas en menos de dos minutos, no obstante, prefiere dejarle escapar.
—¿No le seguimos? —pregunta Anastasia.
—No. Sé adónde va.
—¿Adónde?
—Al único sitio al que huye un menor de edad. A casa.