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A nastasia se asoma a las preciosas vistas que ofrece el patio trasero de la casa donde vive Lucas con su hija.

Se acerca hasta la baranda que delimita el espacioso balcón y, por primera vez, aprecia la belleza del pueblo y su entorno.

La naturaleza invade su nariz con olores a vegetación mediterránea y a bellota.

El azul del lago relaja su mente y nubes con forma de algodón la protegen de los calurosos rayos de sol, dándole un respiro.

​ —Miaaaaau.

​ —¡Buda!

​ El gato la espera sentado a cinco metros bajo sus pies.

​ —Sube aquí, ven, vamos…

​ Buda la ignora. Anastasia regresa al interior para pedirle a Belén algo de comida del frigorífico.

Por suerte tiene lonchas de pavo y en cuanto el gato las huele salta con una agilidad poco acorde a su envergadura: es un gato bien cuidado por los guardiaciviles del pueblo.

Se lo presenta a Belén, que enseguida se encariña con él.

Le encanta el nombre que le ha puesto la sargento y esta no admite que lo hizo inspirada en Manfred.

​ —Te dejo con él, cuídalo. Voy a ir al cuartel, a ver si se ha salvado algo del piso, además va siendo hora de que me ponga el uniforme. Por suerte guardo uno en la taquilla del despacho.

​ Lo primero que hace Anastasia al salir de la casa, es ajustarse el tanga que se le mete por la raja del culo. Le sigue pareciendo incomodísimo y piensa que no guarda bragas en la taquilla, así que deberá comprarse alguna en una mercería.

Camina tan solo unos pasos, vestida de adolescente, cuando nota la tormenta que se le avecina.

Es el grupo de periodistas acompañados de sus cámaras que experimenta como un vendaval del que debe protegerse.

El número de buitres ha aumentado de manera considerable y, en medio de estos, Anastasia reconoce al mismo chico que vio la noche anterior apoyado en la pared de la plaza de toros.

El joven de piel morena y ropas ceñidas la mira jocoso y lanza contra ella un dedo acusador.

​ Daniel logra su momento deseado. Ya ha malinformado suficiente a la prensa y ahora ve el cielo abierto cuando la sargento, la bruja invasora que trae la maldición al pueblo, viene desde la casa de Belén.

​ —Esa es, esa es —dice a los periodistas ávidos de primicias y exclusivas—. Esa es la nueva del pueblo, la sargento que lleva el caso, la de la camiseta de colorines, y viene de pasar la noche en la casa de otro guardiacivil —recalca—.

​ Anastasia ve la marabunta de periodistas acercarse a ella a paso ligero, mientras Daniel se esfuma corriendo en la dirección contraria.

​ —¡Sargento! ¡Sargento, por favor!

​ —¿Se han equivocado de persona?

​ —¿Cree que el asesino puede ser vecino del pueblo? ¿Cree que sigue en activo?

​ —¿Puede darnos alguna información?

​ —Han tirado una bomba en su domicilio, ¿se encuentra usted bien?

​ —¿Vio al agresor?

​ —¿Significa esto que Manfred es inocente?

​ La sargento esquiva la turba como puede y, a empujones, logra atravesar las puertas verdes del acuartelamiento.

Se lleva las manos a la cabeza. Nunca ha vivido algo así y la experiencia le sobrepasa.

Casi la vuelven loca y en más de una pregunta ha estado a punto de saltar indignada, pero ha sabido contenerse.

​ —Una locura, ¿verdad? —dice Yohanna.

​ —Demasiado… demasiada locura.

​ —¿Qué tal estás?

​ —Bien. Lucas me dijo que perseguiste al tipo que prendió fuego en el piso.

​ —Sí. Escuché como que se rompía un cristal y vi su sombra a través de esta ventana, pero al salir fuera ya había desaparecido. Me encontré a Jacobo, el marido de Santa Carmen, ¿la recuerdas? Llamamos a su puerta antes de ayer.

​ —Sí, sí.

​ —Estoy segura de que él debió ver algo. Pero ese hombre está muy deteriorado. Su alzhéimer debe estar muy avanzado. Casi no pude mantener una conversación razonable con él. No hacía más que llorar y decir cosas sin sentido. Incongruencias.

​ —Iré a hablar con él, a ver si logra recordar algo.

​ —Claro. Eso mismo iba a decirte, de ir juntas hoy a ver si ya recuerda algo.

​ —Necesito cambiarme. Así parece que voy a fumar hierba.

​ Anastasia va a su despacho, coge el uniforme de la taquilla y entra en el baño. Se baja los ajustadísimos pantalones y descubre que le ha bajado la regla. La ley de Murphy.

Nota la deshidratación y lo primero que hace al salir del baño es llenar de agua un pequeño vaso de poliestireno, beberlo y repetir esta acción hasta tres veces.

Le encanta el agua; aun así, su humor es de perros.

Está enfadada consigo misma por no haber sido capaz de reaccionar ante el incendio en su propia casa; o quizá por no poder meter a Manfred en la cárcel; o porque no encuentra al asesino.

No sabe por qué está tan irascible, pero cuando encuentre al asesino…

Estruja el vaso y lo tira en la papelera.

Y tras el ruidito que hace el plástico al caer en el cesto, Anastasia oye el barullo que forman los periodistas corriendo y haciendo preguntas. Fuera acaba de bajarse de un vehículo el brigada Guerrero. Con una actitud desenfadada responde preguntas lanzando cortes como una ametralladora.

—¿Tienen ya al asesino?

—En el punto de mira.

—¿Es Manfred?

—Podría ser cualquiera.

—¿Sospechan de alguien más?

—Sospecho hasta de Jesucristo.

—¿Quiere decir que Manfred es inocente?

—Que me destituyan ahora mismo si he querido decir eso. ¿Quiere decir usted que yo he querido decir eso? ¿Quieren información sobre el caso? ¿Quieren ayudarme a resolverlo? Pues apártense de en medio y dejen de estorbar. Tenemos mucho trabajo como para perder el tiempo haciéndonos famosos.

—Sus declaraciones no gustarán en la cúpula, jefe —le dice el esbirro que le acompaña una vez superadas las puertas de acceso al acuartelamiento.

—Que me coman los huevos. Que se dejen de cafés y traigan a los de relaciones informativas y sociales o a su puta madre y me dejen a mí tranquilo. Yo vengo a currar, a husmear como un sabueso, no a pavonearme ante las cámaras. Para eso ya tenemos al capitán, que por cierto, ¿dónde está?

Anastasia oye sus pasos acercarse. A pesar de ser más bajito, el brigada pisa más fuerte. Entra como un tranvía en el despacho de la sargento.

—Vamos a ver, Anastasia. Vengo del instituto de Santa Olalla.

—Cuando toma contacto visual con ella, algo le paraliza.

Se queda unos segundos pensativo y la sargento no sabe por dónde va a salirle.

—Perdón, perdón —se interrumpe—. ¿Cómo estás?

Me he enterado del accidente con el incendio provocado en tu piso.

Y ya se están tomando medidas para atrapar al culpable. ¿Tú estás bien?

—Estoy sana, mi brigada, gracias.

—Bien. Es importante, me estás ayudando y eso es muy bueno. He estado en el instituto de Alicia y he hablado con muchos compañeros suyos y también profesores. Uno de ellos me dijo que ya habló contigo. Se llama…

—Alberto.

—Eso es.

—Sí. Le conocí ayer mismo. Me invitó a una copa y me contó una historia sobre quema de brujas y la Santa Inquisición.

—A mí lo mismo pero sin la copa. Historias para no dormir. Pero con sinceridad, ¿qué le pareció?

—¿Alberto?

—¿Qué cojones me importa a mí ese mindundi? Me refiero a la historia.

—Ah… Que tenía sentido.

El brigada posa sus manos en la cadera y se mira los pies.

—Eso mismo he pensado yo. Al principio me mostré reacio. El tipo es muy charlatán, un pesado, pero sus explicaciones cobran mucho sentido cuando las comparas con la posición en que se encontró a Alicia.

—¿No era por la vestimenta: el capirote?

—El sambenito, sí, y la postura también, Anastasia, la postura es tremendamente importante. Viendo que este tipo podía sernos de ayuda, le ofrecí toda la información sobre la autopsia y sacamos dos conclusiones importantes.

El brigada Guerrero saca del bolsillo dos papeles que desdobla hasta alisarlos sobre la mesa. Anastasia se aproxima lo suficiente como para ver lo que hay en ellos.

—El tipo hasta me ha impreso estos artículos.

Mira bien, esta es la postura en la que Lucas dice que se encontró a Alicia.

—Señala uno de los papeles. Bajo el título de Tortura de la garrucha se muestra la imagen de un dibujo en apariencia realizado siglos atrás.

Muestra a una persona con las muñecas atadas a la espalda y que ha sido alzada para que sus pies no toquen el suelo y así quedar colgada en una posición antinatural—.

Esto explica que Alicia tuviese la clavícula y los hombros dislocados por el propio peso.

El asesino no solo la quemó vestida con las ropas esas tradicionales de penitencia o qué sé yo…

, sino que lo hizo además en la postura de la garrucha.

Y hay más. Mira… —dice, señalando ahora el segundo papel.

En este hay otro dibujo de una mujer con camisón blanco y un pecho fuera, atada de pies y manos y tumbada bocarriba, y un grupo de hombres que la fuerzan a tragar litros de agua por un embudo.

Hay cubos y más jarras por el suelo y Anastasia cae en la cuenta de que la mujer dibujada tiene un vientre muy hinchado, a punto de reventarle por la forzada ingesta.

La sargento se lleva la mano al vientre. Siente las garras de Satanás arañándole por dentro y la densa sangre que se desprende despacio. Su piel se vuelve pálida.

​ —¿Te encuentras bien? Te has puesto amarilla.

​ —Sí, sí. No es nada.

​ —No te hacía yo sensible a estas cosas.

​ —No lo soy —asegura Anastasia, pero sabe que sus palabras no tendrán efecto en el brigada: él nunca llegará a la conclusión de que la sargento se encuentra en su primer día de ciclo menstrual, antes pensará que es una mujer que no está preparada para afrontar escenas desagradables.

Por desgracia, con su propia actitud los últimos días, entre la fuerte aprehensión que sintió al ver el cadáver de Alicia chamuscado y su incapacidad de reaccionar cuando incendiaban la casa donde dormía, no hace más que acrecentar entre sus compañeros esa imagen de persona poco preparada.

​ —A la mujer del dibujo le aplican la tortura de la toca, más conocida como el tormento del agua.

—La toca…

—La toca era una prenda de cabeza de tela blanca que usaban las mujeres del siglo catapún.

Para esta tortura se la metían en la garganta y luego le llenaban el buche de agua una y otra vez.

La toca hacía de filtro y al esófago llegaba el agua vertida a cuenta gotas, lo que daba a la pobre víctima una sensación de continuo ahogo.

Creía poder respirar algo de oxígeno entre gota y gota, y podía sobrevivir durante horas a esta tortura. Pensar que…

​ Anastasia le interrumpe escapando del despacho.

Corre hacia el baño y cierra de un portazo tras de sí.

Sangra como el cuello de una vaca en un ritual masái.

La toca le ha revuelto el estómago y además siente ganas de vomitar, pero las contiene.

Tira de la cisterna y trata de tomar oxígeno.

Un sudor frío recorre su frente. Siente calor y frío al mismo tiempo.

Está agotada, sobrepasada, pero saldrá adelante de esta, lo sabe.

Solo tiene que respirar. Lograr coger oxígeno.

A la mierda lo que piensen de ella sus nuevos compañeros.

​ —¡Alicia murió ahogada antes de ser quemada! —grita el brigada. No se calla, el muy pesado, no le da ni un minuto de respiro—. ¡Y encontramos un trapo blanco metido en su garganta, por eso le he contado todo esto! ¡El holandés usó hasta tres torturas de la inquisición para acabar con esa chica!

​ —¡¿Qué?! ¡¿Cómo que el holandés?!

​ —¡Lo que oyes!

​ —¡No fue el holandés!

​ —¡Sí fue el holandés!

​ Anastasia se enjuaga la frente y la nuca. Cuando sale del baño planta su rostro frente a Guerrero. Le mira fijamente, y este, por primera vez, retrocede.

—No fue Manfred. Tiene coartada.

—¿Qué coartada ni qué niño muerto? Si estaba en el bosque aquel día e incluso huyó de la escena del crimen, tú misma lo dijiste.

Vosotras lo atrapasteis. Enhorabuena, medallita para vosotras, sois unas heroínas.

Asesino cogido. La violó, la torturó y la quemó.

Fin del caso y nos vamos a casa. Y los jodidos reporteros también.

—¿Es eso? ¿Esa es su mayor preocupación? Pensé que a usted los periodistas no lograban atosigarle.

—Odio a esos jodidos carroñeros con toda mi alma.

Anastasia cuenta al brigada toda su conversación con Belén. La expresión de este se va denudando a medida que escucha el relato. Al final, acaba con los hombros caídos y expresión de perro pachón.

—El primer sospechoso suele ser el asesino en los casos que se resuelven pronto, maldita sea… No quiero toparme con la prensa durante mucho tiempo.

—Tendremos que soltar a Manfred.

—Ni hablar —ruge Guerrero—. No pienso soltar a nuestro principal sospechoso por el testimonio de una chiquilla enamorada.

Ni aunque sea hija de un compañero. Podemos retenerlo hasta…

—Se calla la boca en seco. Su mirada está plantada en la ventana.

Anastasia la sigue y observa a varios periodistas apostados en el alféizar, mirando como críos a la espera de caramelos.

Nunca un periodista había sido tan silencioso.

—¡Largaos de aquí, escoria! ¡Malditas garrapatas!

Por un momento, los periodistas creen que el brigada se ha vuelto loco y va a pegarles, así que se alejan de su camino como palomas espantadas. Guerrero echa la persiana hasta abajo y cierra la ventana.

—¡Bajad todas las persianas y cerrad todas las ventanas de este acuartelamiento! ¡De aquí no se filtra nada aunque nos muramos asfixiados por el calor! ¡Me cago en la hostia! ¡Que se enciendan aires acondicionados y ventiladores! ¡Aquí no se abre una ventana hasta que se cierre el caso!

El brigada está sudando. La prensa le molesta de veras, rompe su karma.

Anastasia le expresa su intención de ir a visitar a Jacobo, el señor que padece demencia senil, ya que hay indicios de que viese al principal sospechoso de incendiar su piso.

A Guerrero le parece bien que siga con esa línea de investigación paralela, la de encontrar quién tiró el cóctel molotov, ya que ambos caminos pueden encontrarse en un mismo punto: el del demonio del fuego que está haciendo estragos en aquel pequeño pueblo.