49
A nastasia tiene treinta y cinco años y se despierta en una habitación que no es suya.
Está sola y no recuerda cómo llegó ahí. Lo último que recuerda es que se echó a llorar sobre la cama y Buda se acurrucó junto a ella y la calmó con su ronroneo hasta que se quedó dormida.
También recuerda la pesadilla: los cabellos rubios de su madre, el monstruo con la botella de alcohol, su padre carbonizado sobre el sillón y las llamas alrededor…
A partir de ahí, nada más. Su mente le bloquea el acceso a lo que ocurrió después.
No está asustada, sencillamente, porque la extraña habitación donde se encuentra parece bastante acogedora.
Mira bajo las sábanas y se encuentra con que está desnuda.
¿Habrá hecho el amor, al fin, con alguien?
¿El profesor de la camiseta de Dragon Ball Z , quizá?
No. Imposible. Dicen que cuando pierdes la virginidad lo recuerdas durante toda tu vida.
Pero, ¿y si la drogó? Anastasia busca por la habitación su arma reglamentaria.
No solo no la ve, sino que ni siquiera ve su propia ropa por ninguna parte.
Sale de la cama y abre un armario. Solo hay ropa de hombre. Colgada de la percha ve la funda de un uniforme de la Guardia Civil. ¿Dónde coño está?
—Hola…
Anastasia se gira al mismo tiempo que instintivamente agarra la sábana y se tapa con ella.
Ve a una chica de pelo corto vestida con un culote y una camiseta de tirantes.
No lleva sujetador, pero es tan joven que sus pechos aún miran al frente.
Es preciosa, aunque demasiado joven para ella.
Su confusión aumenta. ¿En qué lío se ha metido ahora?
—Perdona, es que mi padre me ha dicho que te prestase mi ropa.
Es la hija de Lucas, ahora se acuerda. Y recuerda también el olor de su cuerpo, su torso desnudo y su horroroso tatuaje en el hombro. Nada más.
—Gracias. ¿Dónde estoy?
Belén la mira perpleja. Suelta su ropa sobre la cama y le pregunta:
—¿No recuerdas nada?
—Yo… —Anastasia se sienta. Le duele la cabeza.
—Tu casa… Bueno, el piso del cuartel donde te alojabas salió ardiendo. Dicen que alguien te tiró una bomba. Se incendió todo el piso.
—¿Una bomba?
—Sí. Mi padre te trajo aquí en brazos. Sus compañeros y muchos vecinos del pueblo ayudaron a apagar el incendio. Lo siento, pero no habrá quedado nada de lo que tenías allí.
—No tenía gran cosa… —Recuerda al gato y espera sinceramente que se encuentre bien.
—¿No recuerdas nada de nada?
—No lo sé, porque me parece que me quiere sonar lo que me cuentas…, pero no.
—Creo que es por el estado de shock. He oído que esas cosas pasan. Seguro que poco a poco te encontrarás mejor.
—Gracias.
Anastasia mira a Belén. Esta sonríe y piensa en algo más que decir.
—Si quieres, puedes bajar a desayunar con nosotros. Mi padre está abajo.
—Por supuesto.
Examina lo primero que le llama la atención de la ropa que le ha dejado Belén sobre la cama: un tanga.
Lo mira con recelo. Nunca ha usado uno y la primera vez que se lo pone lo hace del revés.
Luego le da la vuelta y le resulta incomodísimo.
Se enfunda unos pantalones vaqueros demasiado estrechos, un sujetador por encima de su talla y una camiseta ancha de colores psicodélicos y con multitud de flecos.
Por último, tiene que escoger entre dos opciones de calzado: unas deportivas Nike tan coloridas como la camiseta que se ha puesto y unas sandalias con las que iría mucho más fresca.
Las sandalias son tentadoras, pero ella siempre recubre por completo sus piernas para no mostrar las marcas de su piel, así que se calza las deportivas y baja para encontrarse con Lucas en el comedor.
Este, al ver sus pintas de estudiante adolescente, se echa una carcajada que en principio le molesta, pero luego no puede evitar sonreír con él.
Lucas le cuenta cómo fue la noche mientras desayunan.
A ella no deja de sorprenderle el hecho de no recordar nada de nada.
Siente rabia y deseo de encontrar a quien lo hizo.
Podría haber muerto allí quemada o asfixiada de no ser por Lucas.
Ella devora las tostadas, tiene mucha hambre, mientras le escucha atentamente y piensa en lo hablador que es.
Gesticula mucho incluso con las manos vendadas, es muy animado.
Anastasia se da cuenta de que su hija lo mira ensimismada. Se ve que lo adora.
Suena el móvil de Lucas. Este responde y su semblante deja de ser animado. Baja la cabeza. Anastasia observa cómo aprieta los puños y sabe que eso debe dolerle por las quemaduras. Se está castigando a sí mismo. Cuando cuelga les cuenta lo que sucede:
—Ahora tengo que irme al tanatorio. La misa por Fernando será a las nueve de la noche, también aquí, en la iglesia. Te recogeré antes —dice a su hija.
Cuando se marcha, ambas terminan de comer en silencio.
Anastasia piensa en lo enorme que es la casa para que vivan solos padre e hija, y en el silencio que allí reina cuando no está Lucas.
Su hija debe echarle de menos a menudo. Luego piensa en que el fallecimiento de Fernando implica que tienen dos muertos en un mismo caso.
No puede perder más tiempo. Ha sufrido un lapsus del que debe reponerse con el doble de fuerzas y energías.
La suerte de que su compañero le salvase la vida y la alojase en su hogar la ha llevado a tener la siguiente pista delante de sus ojos y se pone manos a la obra.
—Belén… Lo último que recuerdo hablar con tu padre, ayer, fue sobre ti y sobre Manfred.
A Belén se le colorea el rostro de inmediato. Su cabeza se convierte en un tomate maduro.
—Ya… —musita.
—Es muy importante, para que dejen de haber muertos en el pueblo, que me cuentes cada detalle de lo que hiciste esa mañana tanto con tu amiga Alicia como con Manfred.
Tenemos a Manfred en un calabozo y seguirá allí mientras no sepamos lo que hizo esa mañana.
Necesitamos corroborar vuestras coartadas y ver si las horas, si todo concuerda. ¿Me entiendes?
Belén asiente. Cuenta que en ocasiones, y cada vez de manera más asidua, se escapa con Alicia para ir a casa de Manfred, a la cabaña del bosque, como la llama ella.
—Primero era Alicia sola la que se saltaba las dos últimas horas de clase para verle a él. Pero un día quiso que yo la acompañase para conocerle. Decía que era alguien muy especial. Lo definió como alguien fuera de este mundo. Me llamó la atención que lo llamase así, y un día fui.
—¿Cómo os desplazáis hasta allí? ¿Cogíais un taxi o…?
—Qué va. Alguna vez hemos ido caminando, pero casi siempre nos lleva Cristian en su moto por un par de euros. Es lo más rápido.
—Vale… ¿Qué impresión te dio Manfred?
—El tío era un poco fantasmón, yo me di cuenta desde el principio.
Lo que pasa que al ser adulto es diferente.
No es como los niñatos del insti. Me gustaban las mañanas que echamos con él y me gustaba cómo me hablaba.
Me di cuenta de que, a él, mi amiga ya no le gustaba, y que realmente se había fijado en mí.
—Entiendo —dice Anastasia solo por empatizar—. ¿Cuándo empezasteis a… —la pregunta se le hace bola— acostaros? Vuestras primeras relaciones sexuales…
—Durante el segundo trimestre del curso pasado, creo que por marzo.
Empezó como un juego tras una fiesta a la que fui con mi amiga.
Alicia y yo nos marchamos antes para ir a su casa.
Él ya se había acostado con Alicia muchas veces y yo sentía cierta envidia de eso.
Ella me contaba que la tenía enorme —suelta, acompañando la palabra de un gesto con las manos para marcar una medida exagerada.
En su manera de hablar y gesticular tanto se parece a su padre— y que lo pasaban genial, y me daba curiosidad.
Esa noche bebimos alcohol. Nos emborrachamos una barbaridad, incluso Alicia vomitó. Fue la primera vez que hicimos un trío.
Anastasia está perpleja por cómo lo cuenta y por todo aquello que cuenta, sin embargo, intenta disimular su escándalo. Esa chica de dieciocho años tiene muchísima más experiencia en la cama y ella tiene que interrogarla con naturalidad, como si hacer tríos fuese para ella el pan de cada día.
—¿Seguisteis así todo el verano?
—No. En verano nos vimos poco porque yo paso las vacaciones en Málaga.
Lo que pasa que cuando regresé, noté a mi amiga como más pava, más enchochada de él, ¿entiendes?
Ella quería verle más y muchas veces se arriesgaba demasiado.
En cambio, él ya solo quería verme a mí.
Decía que yo era diferente a lo que nunca había tenido, que conmigo sentía algo especial; y a mí él me gustaba.
Los tríos no. Él solo quería estar conmigo.
Lo cierto es que Alicia era un poco pesada.
La quiero mucho y lloro mucho por ella… Pero era muy pesada.
Todo el santo día quería ser el centro de atención y atosigaba tanto a Manfred que este llegó a confesarme que cortaría con ella, pero que, por favor, cuando eso pasase, yo no dejase de visitarle.
—¿Le prometiste eso?
—Sí. La mañana en que Alicia…
Belén se atasca y luego se echa a llorar. Anastasia le agarra una mano para calmarla.
—Lo estás haciendo fenomenal —la apremia—. Eres una chica supermadura para tu edad.
Aquello la reconforta un poco. Respira profundamente, se seca las lágrimas y continúa.
—Ese día discutimos bastante. Primero porque ella quería saltarse las clases.
Yo le decía que acababa de comenzar el curso y ya estaba con esas; que yo quería aprobar; que cómo íbamos a aprobar si nos saltábamos las clases desde el principio del curso.
Una cosa era a final, cuando todos los exámenes están pasados, y otra muy distinta empezar ya con mal pie.
Pero ella no escuchaba y, además, yo no quería dejarla sola.
Me convenció. Me dijo que solo sería ese día porque llevaba mucho sin verle y que a partir de entonces se controlaría.
Así que salimos del insti, pero a la salida nos paró la Jesi, la rubia marimacho, con su esbirro Dani.
Nos peleamos, pero eso no es importante.
—Espera, todo es importante. ¿Qué pasó? ¿Fue una discusión u os peleasteis a golpes?
—Sí, a golpes. Jésica no paraba de decir algo de que Alicia era una guarra que se había tirado a su novio o algo así.
Que ya no es su novio, Cristian, es su ex, pero bueno eso decía ella y Dani la alimentaba gritando de lejos lo mismo: que Alicia era una puta que se tiraba a los novios de las demás.
Se cogieron de los pelos y se empezaron a pegar y yo traté de separarlas.
Me llevé una buena patada en la cintura, todavía tengo el moratón, se lo he estado ocultando a mi padre.
Luego apareció el mismo Cristian con la moto que nos venía a recoger.
Ella empezó a gritarle que era un mal padre que se preocupaba más por follarse a pijas que por cuidar a su hija.
—Espera, me he perdido. ¿Quién le gritaba a Cristian?
—Jésica. Es que ellos tienen un bebé, pero Cristian se desentiende. Ya te dije que esto es paja, no es importante.
—Jésica es madre soltera. El padre es Cristian el que os lleva en moto a casa de Manfred. Vale, sigue.
—Eso es. Total que Jésica acabó dándome pena porque parecía a punto de llorar. Así que nos marchamos de allí corriendo.
—¿Las dos con Cristian en la misma moto?
—Claro, cabemos perfectamente. ¿No me irás a multar por eso?
—No…, mejor no perder tiempo con eso ahora. Continúa.
—Nada. Cuando llegamos a la cabaña de Manfred, Alicia seguía alterada por la pelea.
No paraba de quejarse y decía que Manfred no le estaba prestando atención y que después de haber recibido hasta patadas, él ni siquiera la escuchaba.
Luego me reprochó a mí que fuera una pésima amiga, ¡y eso que me metí para defenderla!
Me dijo que iba de mosquita muerta y que al final era yo la guarra que se tiraba a su novio.
Manfred le gritó por hablarme así, le dijo que ellos no eran novios, y Alicia se marchó corriendo de la casa.
Yo salí detrás, lo que pasa es que Manfred me retuvo y me dijo que era mejor dejarla sola para que madurase.
Me dijo que a las mariposas, cuando tratan de salir del capullo, no hay que ayudarles nunca, porque si se les ayuda no adquieren la suficiente fuerza en sus alas para poder volar después.
—Ya… Curiosa reflexión, aunque yo no creo que Alicia fuese una mariposa. Y luego hicisteis el amor, ¿a que sí?
—Sí. —Su ánimo se ha apagado—. Y… no volví a ver a Alicia. —Belén entierra el rostro en sus manos y vuelve a llorar—. Sé que debí irme con ella. No debí dejarla sola —balbucea.
—Lo que ha pasado no es culpa tuya, Belén. Pero dime a qué hora ocurrió eso y hasta qué hora estuviste con Manfred.
Belén se levanta para coger papel y sonarse los mocos.
—Alicia se marchó pronto, serían eso de las doce, y yo me quedé con Manfred hasta fin de clases.
Por eso sé que Manfred no lo hizo, porque yo estuve con él.
No quería contarlo, pero me alegro porque ahora lo sabes tú también.
Sabes que Manfred no pudo ser, no fue él.
Y tenéis que sacarlo de prisión. Manfred debe estar libre cuanto antes.