Azufre 48
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A nastasia tiene dieciocho años de edad y es la única chica virgen de su clase.

En un momento dado, está a punto de dejar de serlo cuando, en una fiesta de cumpleaños en casa de una amiga, se emborracha y se insinúa tanto a Nacho que acaban a solas en el sofá del cuarto de invitados.

Ella apaga las luces para que Nacho no vea sus piernas arrugadas, y parece funcionar porque, cuando se están besando con lengua, ella palpa la entrepierna y nota un bulto que sobresale.

No obstante, para desazón de la chica, cuando llega el turno de que él la toque a ella y pasa una mano tímida sobre su muslo, la retira de inmediato con un respingo, como si algo le hubiese asustado.

Luego suelta una risilla tímida, para liberar tensión; regresa a unos besos, esta vez son fríos, su bulto se encoge rápido y unos segundos más tarde le dice a Anastasia que tiene que marcharse.

​ Ella se pasa el resto de la fiesta llorando en aquel sofá de piel sintética, en una habitación vacía como su vagina, y no solo creyendo, sino sintiendo realmente que nadie querrá acostarse con ella jamás por culpa de aquel cuerpo deforme.

Hasta la piel de aquel apestoso sofá es más lisa y suave que la de sus piernas.

​ Tras esa mala experiencia, sigue pensando lo mismo: que nadie, nunca, le hará el amor.

No podrá sentir todo cuanto le cuentan sus amigas, ni el amor pasional que ve por televisión o lee en sus novelas favoritas.

Aquel pensamiento la desespera y se siente incapaz de mantener una relación íntima con nadie; con nadie, excepto, quizá, con una persona: Sergio, su mejor amigo desde la infancia y su única oportunidad de sentirse amada por completo.

En bachillerato fueron a parar a clases diferentes y desde entonces no quedan tanto, pero mantienen el contacto por Messenger donde ella le cuenta todos sus problemas y él la escucha sin pedir nada a cambio.

Sergio siempre ha sido tan bueno, tan noble.

Atrás quedó aquel chico que hablaba a trompicones y ahora se ha convertido en un orador ágil e inteligente.

​ Chatean con una mayor intensidad desde su mala experiencia con Nacho.

Y Anastasia cree empezar a sentir algo por Sergio por primera vez desde que le conoce.

Hasta entonces le había visto como un amigo; sin embargo, él nunca dejó de estar ahí para ella, demostrando lo mucho que la quería, y ella en cambio prefirió el contacto íntimo con otros chicos.

Sentía que no lo había valorado lo suficiente, sentía que no le había apreciado, que había tenido al amor de su vida a un palmo, esperándola, y ella no había sabido o no había querido verlo, en parte porque solemos desear aquello que no tenemos al alcance.

​ Ambos jóvenes quedan a solas para ir al cine.

Anastasia está muy ilusionada: puede que esta vez lo consiga.

Con Sergio se siente lo suficientemente cómoda como para desnudarse sin tener que apagar ninguna luz.

¿Cómo no había visto antes que él era el amor de su vida?

Siempre atento, siempre pendiente de ella y escuchando sus problemas.

​ Ven una película un tanto extraña, sobre una especia de héroe cristiano que extermina demonios mediante raros exorcismos y acaba por enfrentarse al arcángel Gabriel.

A Anastasia no le gusta demasiado, pero Sergio parece entusiasmado; por lo que, durante la película, no ve ningún buen momento para intimar con él.

​ Cuando salen del cine es de noche y Sergio la acompaña a casa, como todo un caballero.

​ —Sabes… Nastia, hay algo que quiero decirte.

Anastasia oye los latidos de su propio corazón. Lo observa ilusionada. Su manera de pronunciar y lo mucho que él ha cambiado también físicamente. Su cuerpo se ha espigado y tiene unos ojos penetrantes.

—Para mí es complicado de decir, pero… tú muchas veces me confiesas tus problemas y yo llevo tiempo queriendo confesarte algo importante, algo que me está sucediendo y en lo que no puedo parar de pensar.

Ella se acerca más a él, para que le sea cómodo besarla. Se lo pone fácil. ¿Por qué no han hecho esto antes?

—Llevo tiempo sintiendo un contacto muy intenso. No sé expresarlo de otra manera. Es algo que he interiorizado y que me ha llevado a tomar una decisión.

​ —Sí —responde ella como una bobalicona, esperando con ganas el beso pasional que pronto llegará y que terminará por romperle sus complejos y hacerle el amor allí mismo, en el portal.

​ —He sentido un contacto muy intenso…

—Sí…

—…con Dios. Con Cristo.

​ —¿Qué?

​ —Voy a hacerme sacerdote. Lo he pensado muy bien, he sentido la llamada durante mucho tiempo. Estoy decidido y quería confesártelo porque tú me cuentas tus cosas, siempre confías en mí.

​ —Sacerd… sacerd… —Ahora es Anastasia quien se siente como una niña incapaz de verbalizar nada. ¿Es una mala broma del destino? ¿¡Sacerdote!?

​ —Me he dado cuenta de que se me da muy bien escuchar los problemas de los demás. Me gusta atenderles, servirles, y quiero dedicar mi vida a ello; quiero dedicar mi vida a Cristo.

​ —Pe… pero…

​ —Y me siento muy aliviado al poder confesártelo y cuanto más lo pronuncio en voz alta más seguro estoy de cuál es mi camino, de que he sentido la llamada a tiempo.

—Sergio está pletórico y lo expresa gesticulando mucho con sus manos—.

Al principio dudaba, no sabía lo que significaba esta llamada.

Lo que ocurre es que ahora comprendo que Dios nos llama a todos de maneras diferentes y este es mi camino.

​ —¡Tú eres idiota! —Anastasia se siente tan desdichada que le importa un pimiento la patraña que su amigo le está contando. No se la cree, no puede ser cierto, debe ser una mala broma del destino, una confabulación del universo para mantener a Anastasia virgen hasta su muerte.

​ —Anastasia, yo… He escogido el camino del Señor.

​ —Yo, yo, yo… ¡Me importa una mierda, tú! El camino del Señor, dices, pero ¿qué me estás contando? Has escogido un camino de mierda…

​ —Anastasia, te pido que respetes mi decisión. —Esta vez Sergio se pone serio, baja las manos y deja de gesticular—. Escucho todos tus problemas sin interrumpirte. Siempre he estado ahí para ti.

​ —¡Cállate! No quiero oír que siempre has estado ahí. Me importa el ahora y ahora escoges otro camino.

​ —Ahora he tomado mi decisión. Yo siempre he tenido que aguantar todos tus problemas con tus ligues y tú…

​ —¡Idiota, tú me has abandonado!

​ Anastasia, incapaz de soportar más aquella discusión, se mete en el portal con lágrimas en los ojos. En el fondo tiene la desagradable sensación de que todo es culpa suya, de que ella le ha conducido por el camino de la fe ciega.

​ Sergio suspira. El camino que ha escogido conlleva sacrificio. El primero de todos es dar un paso en dirección contraria a la mujer a la que tanto ha amado y por la que nunca se ha sentido correspondido.

Y lo hace.

Se da media vuelta y se marcha.

Nunca más volverá a verla.