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L a despierta el sonido de cristales rotos y el bulto que duerme encima de ella, Buda, eriza los pelos de la espalda, pone el rabo tieso y pega tal salto de la cama que casi sale volando por la ventana.
Anastasia se incorpora de la cama. El sudor que le recorre la espalda se ha vuelto frío.
Recuerda la pesadilla que acaba de tener, la de su infancia, con la que tantas veces se despierta bruscamente.
Pero esta vez ha sido otra cosa, ha oído el estallido, algo está pasando y no logra centrarse para darse cuenta que ni siquiera está en el que hasta hace menos de una semana era su domicilio habitual, mientras estaba destinada en Madrid.
A oscuras, le cuesta reconocer el entorno en el que se mueve, pero poco a poco la estancia se ilumina y aclara sus pensamientos.
Recuerda dónde se encuentra: no en Madrid, está en el maldito pueblo de Zufre donde ha sucedido el terrible crimen, y comprende con horror que aquello que le ilumina ahora el rostro no es otra cosa que una lengua de fuego que crece en el salón y asoma a su habitación.
La ve a través de la puerta abierta de su dormitorio y le aborda de nuevo la pesadilla que marcó, desde su infancia, el resto de su vida.
Anastasia pega la espalda al cabecero de la cama y encoje sus piernas abrazadas por las sábanas.
Queda paralizada ante la llama que se alimenta del sofá del salón.
Deja de pensar que está en Zufre para creer realmente que es una niña de nueve años y que está rememorando la eterna pesadilla, en la casa de sus padres, con el monstruo que mutiló sus piernas y sus genitales después de estrangular a su padre, violar a su madre y quemar ambos cuerpos junto a todo su hogar.
La mente es traicionera y Anastasia se comporta como tal, como si tuviese nueve años.
Grita con fuerza, un chillido agudo, como cuando era niña, se acurruca en la cama y se echa a llorar, paralizada, incapaz de hacer nada más práctico.
Solo quiere huir del infierno y cree que volviéndose a dormir lo logrará, así que cierra los ojos con esmero, apretando sus párpados, y se obliga a quedarse dormida para despertar de la pesadilla del fuego purificador que la persigue por siempre jamás.
Del gato no hay rastro. Buda ha reaccionado de forma más inteligente y ha huido de la casa despavorido, como un fantasma.
—¡Joder, hostia, fuego, fuego! ¡Sargento! ¡Sargento, ¿estás aquí?! ¡Anastasia!
Las voces suenan en su cabeza desde el lado del que hay que despertar, pero ella no parece conseguirlo, no abre los ojos y se balancea en posición fetal, abrazada a la almohada. Vuelve a gritar.
—¡Anastasia! ¡Anastasiaaaaa! ¡Sal de ahí!
La pesadilla toma otros derroteros y en lugar del monstruo aparece un caballero.
Alguien que salta por encima de las llamas que rodean el castillo de la princesa, dispuesto a luchar contra el dragón y a salvarla de su tormento.
Como en el cuento de Sigfrido y Brunilda, pero, ¿quién es el valiente guerrero?
Lucas entra en el piso con el torso desnudo y su camiseta rodeándole la cara, tapándole nariz y boca.
Camina agachado para alejarse todo lo posible del humo negro que empuja el techo.
Se encuentra con una sargento en estado de shock emocional.
Balbucea cosas sin sentido y se mece a sí misma como un bebé en brazos de su madre, tirada en la cama y no esperando otra cosa que las llamas relamiéndose para devorarla viva o muerta por la falta de oxígeno o por la intoxicación.
Quizá el primer mordisco de estas llamas la despertarían de su letargo, aunque seguro que antes moriría asfixiada por el denso humo negro que se espesa sobre su cabeza traumatizada.
Lucas no pierde un minuto más. Abraza a la niña delgada que se mece en la cama y la levanta en vuelo. Sus músculos se maceran bajo la iluminación del fuego. Lucas tiene cuarenta años, pero está en suficiente forma física como para llevarla en brazos sin problemas ya que ella es peso pluma.
Retrocede y vuelve a salir sorteando el fuego que se ha vuelto incontrolable. Cuando sale del piso incendiado y se encuentra en el rellano del bloque, Anastasia parece recuperar parte de su consciencia.
—¡No me toques las piernas, no me toques las piernas! —grita pataleando, lo que obliga a Lucas a soltarla sobre el suelo.
Comportándose así, a Lucas, por un segundo, le dan ganas de tirarla de vuelta al interior del apartamento.
Pero entonces ve que está completamente desnuda, y que sus piernas están repletas de las marcas que tanto vio y curó durante la guerra de Irak: cicatrices de quemaduras.
Ahí es cuando comprende su estado emocional y su parálisis.
Son marcas antiguas y parecen subirle hasta la cintura.
No ve sus genitales porque los mantiene ocultos con la almohada que se ha llevado sujeta en la entrepierna.
Lucas lo comprende todo, incluso los rumores sobre su virginidad, y siente verdadera lástima.
—Vamos, tranquila, Nastia… Te llevaré a mi casa, está aquí al lado. Tus piernas no son importantes ahora, pero si nos damos prisa, nadie te verá.
Lucas posa una mano reconfortante sobre su hombro y ella parece reaccionar mirándole a la cara por primera vez. Está muy asustada, aun así asiente levemente y, avergonzada, vuelve a enterrar el rostro en la almohada.
El guardiacivil resopla para tomar fuerzas y vuelve a alzar a Anastasia en brazos.
Cuando la está sacando del cuartel, ve a dos de sus compañeros correr con extintor en mano hacia la casa en llamas.
De quien no ve rastro es de Yohanna. Lucas estaba charlando con ella en la oficina antes de irse a casa cuando oyeron los cristales rotos y la deflagración.
Yohanna dijo haber visto, tras el hueco de la persiana, una sombra negra correr calle abajo y salió tras ella mientras él se dirigió al piso donde descansaba la sargento.
Su domicilio está a menos de cien metros del cuartel por la calzada principal del pueblo. Los brazos se le resienten un poco. Hace muchos años que dejó de llevar a Belén en brazos a todas partes y aunque él no ha caminado mucho y ella pesa poco, Anastasia no es precisamente una cría.
Da unos golpes a la puerta para que le abra su hija.
No quiere chillar, a pesar de la urgencia de la situación, primero porque no pretende asustarla y segundo porque no quiere llamar la atención de los vecinos.
Aquello es un pueblo y Lucas no tiene intención de que él y la sargento sean tema de habladurías de todo tipo.
Pero empiezan a escucharse los primeros gritos de los dos compañeros que están tratando de apagar el incendio y Lucas se pone nervioso ante la tardanza de su hija.
Seguro que pensará que regresa borracho, y lo estaba, un poco, hasta que vio las llamas.
Belén abre la puerta principal de la casa y Lucas la empuja, apartándola de manera brusca, con un enorme bulto de color carne entre los brazos.
—Anda, chocho, que se te cae… —le dice el padre. Luego gira a la derecha para subir los escalones que llevan a la planta de arriba.
Belén se queda boquiabierta al ver que se trata de una mujer desnuda y cree, no solo que su padre está borracho, sino que, además, se ha vuelto loco.
Enmudece, no encuentra qué decir. Si su padre no hubiese usado su dialecto sureño para reprocharle la lentitud con la que fue a abrir la puerta, pensaría que él es el asesino del pueblo.
Pero no. Belén piensa en lo que le ha dado tiempo de ver: la mujer desnuda iba aferrada a él, al cuello y clavando sus uñas en la espalda, como si fuera su salvador, como un monito a su madre mientras esta salta de rama en rama.
Además, por sus cabellos claros y su cuerpo fino, comprende que es la sargento, a la que algo horrible ha debido de ocurrirle.
—¡Su casa ha salido ardiendo! —grita él desde el piso de arriba a modo de rápida explicación. Menos mal, Belén creía que la habían violado.
Lucas entra en el dormitorio principal y suelta a Anastasia, con la delicadeza que puede, sobre la cama.
Luego la tapa con la sábana hasta el cuello.
Lo primero que piensa Anastasia, una vez se siente segura, es que aquella casa es más fresquita.
Luego se atreve a abrir los ojos para mirar a Lucas, sentado junto a ella, sin camiseta, con el torso barnizado de sudor y un tatuaje horrendo en el hombro.
—Tienes un tatuaje horrendo —son sus primeras palabras como adulta.
Él sonríe sin decir nada. Se queda ensimismado, observando sus labios.
—¿Por qué me has llamado Nastia? —añade ella.
—Leí que es el diminutivo de Anastasia.
—Sí… Mis padres me llamaban Nastia —explica, y Lucas comprende que aquello es importante—. Hueles como mi padre.
Pestañea antes de cerrar los ojos para regresar al duermevela. Ha logrado escapar de la pesadilla. Un salvador la ha liberado.
Lucas se incorpora, sale de la habitación y cierra la puerta para que ella pueda dormir en paz.