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Se dice que el sabio teme tres cosas: una tormenta en la mar, una noche sin luna y la ira de alguien paciente. Aquella noche sin luna sobre el pueblo de Zufre, alguien paciente se prepara para ocasionar con su ira una tormenta de fuego.
Camina a paso ligero por las desérticas calles y lleva en sus manos un cóctel mólotov que ha fabricado en casa: una botella de cristal rellena de gasolina y un trapo en la boquilla que prende con un mechero.
Se planta un par de segundos a observar la llama crecer antes de lanzar la improvisada bomba hacia una ventana abierta del piso que ocupa la invasora del pueblo, la nueva sargento, Anastasia, la bruja.
El lanzador es fuerte y atina con facilidad a colar la botella por la ventana abierta.
El sonido del vidrio al romperse cae sobre la quietud del pueblo como un rayo.
El líquido se desparrama en el interior de la vivienda, salpicándolo todo, y, al entrar en contacto con las llamas del trapo, provoca una combustión que se expande con una enorme rapidez por el pequeño apartamento del acuartelamiento de la Guardia Civil.
Cuando el lanzador, todo vestido de negro, se gira y comienza a correr cuesta abajo, se golpea contra alguien inmenso y cae de bruces al suelo empedrado. Gira su rostro hacia arriba, hacia el viejo, el que tiene el mal de Alzheimer.
Jacobo García ha resistido el golpe y permanece de pie con sus ojos clavados en el lanzador. Le mira atónito.
Desde el suelo no es capaz de sacar agallas para insultar al viejo por entrometido. Le ha visto. Lo ha visto todo, pero no le importa. Se incorpora a toda prisa, se sacude las rodillas y se esfuma corriendo.
Jacobo gira la cabeza y regresa su mirada a la ventana del piso de Anastasia, desde la que pronto sobresale una llamarada. En la acuosidad de los ojos de Jacobo se refleja un intenso brillo rojizo. Él sabe quién lo ha hecho, pero no sabe si lo recordará.