Azufre 42 #2
51%

42 #2

Lucas guarda silencio porque está molesto con absolutamente todo.

Ni siquiera sabe a dónde ha ido a parar su sentido del humor.

Y para colmo lo paga con la menos indicada.

Incluso siente rabia por sentirse mal por los sentimientos de alguien a quien acaba de conocer, cuando siente que ha perdido a su hija, que la amiga de esta está muerta y que su propio amigo está en la UCI.

Y se preocupa él de una desconocida… Muy harto ya de todo, Lucas se levanta y va al baño.

Las mujeres cuchichean entre ellas.

—Manfred tiene fama de conquistador, por eso hace enemigos en el pueblo. Es el viejo cuento de caperucita. Él es el lobo del bosque. Se lleva a las chicas a su terreno para…

—Comérselas.

—Sí.

—Pero no las mata.

—Me supongo que no.

Los pensamientos se agolpan en la cabeza de Anastasia.

La hija de Lucas y su amiga Alicia se saltaron las clases para ver al holandés.

Manfred mantiene un romance con la hija de Lucas, eso explica su actitud en el interrogatorio.

No fue claro para proteger su relación con la hija del guardiacivil.

Por eso no dijo toda la verdad, para ocultar su romance.

Necesita hablar con Lucas, necesita saberlo todo e informar al brigada.

¿Por qué Alicia acompañó a Belén a la casa de Manfred?

¿Acaso era una relación a tres bandas? ¿Hasta qué hora estuvieron juntas?

Anastasia mira instintivamente su reloj. Es tarde.

Al ver salir a Lucas del baño, no en sus mejores condiciones, la sargento comprende que es mejor, por la hora y a pesar de la urgencia del caso, desconectar, descansar, para retomarlo con más fuerza al día siguiente.

Lucas se rasca la nariz y vuelve a tomar asiento. Anastasia fija su mirada hiel en él.

—Creo que deberíamos parar aquí. Estamos muy crispados y eso no es bueno para el caso: así no logramos ser resolutivos. Necesitamos desconectar un poco.

—Brindo por ello, a tu salud —dice, retomando su copa.

—Bueno, yo me voy para el cuartel —dice Yohanna—. Tengo que hacer el relevo, empieza mi turno.

Yohanna se marcha dejando a Lucas a solas con la sargento.

Primero reina el silencio, y luego también.

A Lucas le sorprende que Anastasia aguante allí el tipo sin sentirse incómoda, pero él solo siente ganas de hundirse en el alcohol de su cubata.

Todavía no está lo suficientemente borracho como para soltar chistes con una desconocida y después de sucesos tan trágicos.

Ella se levanta.

—Creo que yo también debería irme a descansar.

—¡No, espera! —se sorprende Lucas tocándole una mano para que ella no se aleje.

Esta se ruboriza y él aparta la mano deprisa—.

Tienes razón. Deberíamos desconectar. Hablar de otra cosa.

Por favor, siéntate. Charlemos de algo, solo por charlar, solo por conocernos un poco.

Al fin y al cabo seremos compañeros, al menos durante unos años.

Hablemos de cualquier cosa por conocernos: ¿te gusta viajar? ¿Has estado en algún lugar interesante?

La pregunta del millón. Cuando tenía dieciocho años y no se comía un colín, leyó en un artículo de la revista Playboy lo que, según un estudio serio, era la peor y la mejor pregunta para ligar con alguien.

La peor, versaba el artículo, era sobre cine, ya que las diferencias de gustos en ese terreno eran abismales; mientras que la mejor pregunta para conquistar a alguien era sobre viajes, pues, aún con diferencias, una persona siempre acababa hablando de sus experiencias personales alrededor del globo, y de ese modo se abría más a la otra persona, generando confianza.

Aprendida la técnica secreta, Lucas tomaba valentía con unas copas de más y usaba la gran pregunta para ligar.

Ahora, tras años de práctica, la dispara sin apuntar.

No es ligar lo que pretende con Anastasia, pero la cuestión le sale sin pensar, por inercia y por costumbre.

—No, no me gusta viajar.

Lucas hunde los hombros. Ni con esas. Su nueva sargento tiene la temperatura más baja posible: -273,15 ºC, el cero  absoluto.

—Soy muy casera. Pero es que soy de Zaragoza. Allí tenemos un viento al que llamamos cierzo que te congela las pestañas, se te mete por la nariz y hasta te da dolor de pecho. Cuando sopla el cierzo apetece mucho estar en casa con una manta y viendo una peli.

—Te gusta el cine, entonces.

—Claro, mucho. De joven y en invierno me tragaba casi una película por día.

—¿Cuál es tu peli favorita? —Lucas hace la pregunta prohibida.

—Me gustan muchas películas. Pero si solo tuviese que quedarme con una, y no por ser la mejor, sino la que a mí más me emociona, es Django, la de Tarantino.

—¡Guau! ¿En serio te gusta Tarantino?

—Me flipa. Tiene algunas pelis malas; sin embargo, Django es una obra maestra. Su entramado y sus personajes… Samuel L. Jackson borda su papel. Es malo hasta la médula. En su primera toma ya se le nota cómo irradia una envidia incontenible por el negro que monta a caballo.

—Es un peliculón —coincide Lucas, aunque no está seguro de haber visto esa película.

Conversan sobre otras películas y series durante más de una hora.

El tiempo pasa deprisa y ambos se alegran de haber logrado un paréntesis mental de la desgracia del pueblo.

Anastasia también se olvida un poco del calor, aunque no su cuerpo que rezuma sudor en pequeñas cantidades, recubriendo su piel de manera imperceptible y otorgándole un aura ciertamente brillante.

Anastasia está guapa esa noche, o Lucas así lo piensa.

Él siempre se ha sentido como un cazador al que le gusta la conquista, y ver lo difícil que parece con la sargento la vuelve más atrayente, más deseable.

Ambos comienzan a divertirse charlando juntos.

Algún vecino del pueblo se va acercando a la pareja para saludar, y al final vuelven a ser unos cuantos a la mesa.

A Lucas le vibra el móvil, lo saca del bolsillo y lo observa con detenimiento.

Está leyendo un wasap y Anastasia se fija en él.

Tiene los ojos grandes, son bonitos, y las canas de la barba le dan la apariencia madura que tan bien disimula con sus chistes malos.

Entonces ve algo extraño en él, en su expresión.

Parece haberse puesto más serio de lo normal, más…

siniestro. Él se levanta sin decir nada y se aleja a paso ligero.

Ella se disculpa con el resto y le sigue por curiosidad.

Lucas le parece impredecible. Tanto que, a pesar de resultarle atractivo, no termina de fiarse de él.

Está segura de que ha quedado con ese chaval de la moto, Cristian.

Esta vez les va a pillar con las manos en la masa.

Y si tiene que reprenderle por lo que está haciendo lo hará.

De nada le servirán las excusas de lo mal que lo está pasando, nada justifica que un miembro de la Guardia Civil trapichee.

Camina por la plaza con los ojos muy abiertos.

Un minuto después, lo ve. Está bajo unos escalones hablando con alguien más.

Una mujer se abraza a él y Anastasia no puede evitar sentir una punzada en el pecho.

Se oculta entre los matorrales del parque.

Desde allí no puede escuchar lo que dicen, pero la conversación es breve y parecen disgustados.

Ella llora y niega con la cabeza constantemente.

Luego, Anastasia ve el movimiento de las vendas que envuelven las manos del guardiacivil.

Le acaricia el pelo y la sargento siente envidia. Tras consolarla, la mujer se marcha.

Lucas no es un hombre de fiar…

La sargento regresa al bar y paga su cuenta. Cuando está a punto de irse sin despedirse de Lucas, este la frena.

—Anastasia, tengo que irme.

—Sí, yo también me iba.

—Ha ocurrido lo peor… Acabo de ver a la hermana de mi amigo Fernando. No ha logrado sobrevivir. Mi amigo ha muerto esta tarde en la UCI, por las quemaduras. Juro que atraparé a ese malnacido.

Anastasia se pierde por primera vez en los ojos aguados de Lucas.

Se siente tan ingenua y a la vez tan atraída que, sin pararse a pensar, le abraza.

Él detiene sus palabras y su corazón se estremece.

Está tan sorprendido que no reacciona. Ella se separa de él y termina su consuelo con una afirmación:

—Le atraparemos, Lucas. Le atraparemos.