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E s noche de luna nueva. Las farolas alumbran las calles vacías de Zufre con siniestras esquinas que se esconden en la penumbra. Anastasia se aleja del bar y con ello del ruido. Siente la tranquilidad de un pueblo y también la intranquilidad de la noche.
Hay un joven apoyado en la pared de la pequeña plaza de toros y le extraña porque son pocos los jóvenes que salen de noche por aquellas calles después de lo que ha sucedido. Reconoce el rostro del chico moreno que la vigilaba en la iglesia observándola por encima del hombro.
Daniel alterna su atención entre el Instagram y la bruja que le pasa por delante. Se guarda el móvil en el bolsillo y se marcha en dirección contraria.
Anastasia continúa. Le alegra tener cerca el cuartel.
Y le alegra todavía más que los periodistas se hayan ido a descansar.
Sobrepasa las puertas verdes y ve a Yohanna en el interior de una oficina, pero decide no molestarla y continuar para cruzar el patio interior hasta llegar a su pequeño apartamento.
Cuando entra, viene a la puerta a recibirla el gatito con el que parece haber entablado una especie de relación: ella le sirve comida y él le ofrece compañía.
Lleva todo el día fuera y Buda se muestra ansioso por comer algo.
Anastasia va al frigorífico y saca tres lonchas de pavo.
Primero las huele con desconfianza para, después, devorarlas en un periquete.
La casa es pequeña y, a pesar de ser de noche, sigue haciendo mucho calor.
Abre todas las ventanas para que entre más fresco.
Es escaso el aire que corre, aun así confía en que algo de calor escape por las ventanas para que la temperatura descienda.
Si va a pasar años destinada allí tendrá que ir pensando en alquilar una casa o comprar un aire acondicionado.
Mañana, si saca hueco, comprará un buen ventilador de pie.
Se desprende de la ropa que huele a sudor y la suelta sobre la canasta de la ropa sucia.
Entra en la bañera y se ducha sin mirar sus partes, como casi siempre.
Sale desnuda y oculta su anomalía con una toalla.
Camina hasta el dormitorio con los pechos fuera.
Son tan pequeños que no le botan, pero sus pezones van al ritmo de sus pies.
Antes de acostarse siente la necesidad de hacer algo, un cambio, tomar las riendas de su vida en cuestiones a las que nunca se atreve a asomarse, y decide, por ello, destaparse frente al espejo.
Está harta de que en cada destino le pongan los mismos motes: la monja, la mojigata, la virgen o la mosquita muerta.
Debe seguir consejos de terapia y tratar su cuerpo con normalidad.
Considera que debe mirarse al espejo hasta que no sienta nada.
Se esfuerza y lo hace.
No son solo sus piernas las marcadas por el pasado: su vulva, su entrepierna, su vagina está descolorida y arrugada como la de una vieja.
Es antinatural. Se aparta del espejo con un respingo y se echa a llorar sobre la cama.
¿Quién coño iba a querer acostarse con una mujer así?
Nadie entiende que sea virgen a los treinta y cinco años porque nadie viste su piel.
No piensa desnudarse delante de nadie cuando ni siquiera es capaz de hacerlo delante de ella misma.
Llora y llora. Se tira sobre la cama y sigue llorando hasta que Buda se sube sobre ella y ronronea.
Entonces piensa que hay peores cosas en el mundo y que tiene suerte de estar viva después de lo que sufrió.
Piensa en sus padres… Nastia, cariño, y se queda dormida.