Azufre 42
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L ucas camina por el Paseo de los Alcaldes y ve a su jefa parloteando con un pelele.

Lleva una camiseta friki y no para de hacer aspavientos con las manos como si aquello que contase fuese lo más interesante del planeta.

Decide entonces romper su corta abstinencia y se dirige al interior del bar, a la barra, para pedir un Johnnie Walker cola y saciar su sed con alcohol y gaseosa.

Entretanto, saluda a unos cuantos amigos del pueblo.

Le sirven el cubata cargado de hielo y al tocar el vaso fresquito alivia unos dedos hinchados y acalorados sobre un vendaje que oculta sus quemaduras.

Luego sale con el vaso sujeto por sus dedos salchichas para sentarse en la misma mesa que su compañera de armas, Yohanna.

Allí está también Patxi, el guardiacivil vasco que peor le cae.

Por suerte le han concedido el cambio de destino y se marcha en una semana para escapar de aquel embrollo en el que se encuentran los habitantes de Zufre.

Desde su asiento metálico, Lucas mira de soslayo a Anastasia.

Examina sus expresiones tratando de dilucidar si se siente complacida con la compañía; no obstante, aquella mujer es como un témpano de hielo: un bloque duro, de forma angulosa, fría e inexpresiva, como los hielos de su cubata.

Imposible saber si aquel tipo le gusta o le disgusta.

Aunque, por el tiempo que llevan ya conversando, no debe sentirse muy asqueada.

​ —¡Ay va! Lucastxu, maitemindu. Deja de mirarla así, no conseguirás nada. —Es el capullo de Patxi dejándole en vergüenza delante de todos.

​ —¡Ja, ja, ja! Lucas no cambia —añade otro.

​ No está para ánimos e incluso en esas condiciones tiene que soportar la arenga de su compañera favorita:

​ —¿Lucas queriendo ligarse a una chica nueva? No… Qué cosa tan rara, ¿no, compañero? —ironiza la esbelta y exuberante Yohanna.

Hubo un tiempo en que él le tiraba los tejos.

No quedó en nada. Al principio ella le seguía el rollo: jugaba con él.

Una mujer tan hermosa estaba más que acostumbrada a esa lluvia de hombres parlanchines.

Lucas lo entendió y se retiró a tiempo. Ahora eran buenos amigos.

Ella le metía caña de otro tipo, para bajarle su ego de las nubes de una manera sana.

​ —¡Qué va! Solo me intereso por con quién habla para saber si tiene relación con el caso. A ese le conozco, ese es profe de mi hija. Anastasia es una mujer bonita, pero yo no voy a tener ojitos para nadie hasta que encuentre al asesino pirómano que anda suelto.

​ Tras unos segundos de incómodo silencio, Yohanna alza su copa y dice:

​ —Brindo por eso, compañero.

​ Y todos brindan y beben hasta hartarse, pero nadie logra olvidar el espantoso crimen.

Es como si el olor a carne humana quemada se hubiese quedado en el ambiente, en el maldito pueblo, en el aire como el dióxido de azufre del volcán canario.

Lucas decide que seguirá bebiendo hasta perder el olfato y desprenderse de ese nauseabundo olor que le impide tener el carácter chistoso de siempre.

Así que termina los restos aguados de su copa y pide otro cubata.

Cuando lleva tomado más de la mitad del segundo, regresa la sargento. Lucas observa atento cómo el tipo de la camiseta friki se larga con las manos metidas en los bolsillos. A tu casa a pajearte, chulo, se le ocurre pensar a Lucas.

​ Yohanna recibe a la sargento con sonrisa ancha y mirada traviesa.

​ —Me ha contado algo interesante —se justifica ella.

​ —¿El qué? —pregunta un vecino del pueblo con cara de pasmarote.

​ Anastasia mira los rostros de los presentes y de repente es consciente del enorme grupo que se ha formado alrededor de Yohanna. Sí, de Yohanna. Sin duda es el pilar fundamental de aquella reunión de pastores salidos.

​ —¡Señores, es hora de iros a casa! —grita Yohanna—. ¡Vuestras mujeres os están esperando! —Y se ríe de su propia burla. El personal protesta entre risas y balbuceos, pero se retiran sin armar mucho alboroto.

​ —Yo me voy también. No pinto nada, me marcho de este pueblo en pocos días y poco más puedo aportar. No quiero que esto me salpique el ánimo —dice el mamón de Patxi.

No se merece el uniforme que guarda en la taquilla.

Lucas lo piensa así, pero no lo dice en voz alta.

Cuando Patxi se va, Lucas observa a su jefa.

La mirada de Anastasia se arrastra desde el mamón que acaba de irse hasta la copa medio vacía de Lucas.

Cree que Anastasia se ha dado cuenta de lo mal profesional que es Patxi y es entonces cuando Lucas siente verdadero miedo de que pueda pensar lo mismo sobre él.

Al fin y al cabo, a él lo pilló borracho con el uniforme.

Aparta su copa de delante.

​ —¿Qué es eso tan interesante que le ha contado?

​ A la mesa solo han quedado tres personas: Yohanna, Lucas y Anastasia. Esta carraspea un poco. Incluso eso lo hace de una manera sutil y a Lucas, ella, la nueva sargento, le empieza a resultar dulce. Mierda…

Retira su copa al extremo de la mesa, aún más lejos de sus labios.

​ Anastasia les explica lo aprendido de la Santa Inquisición y lo relaciona con el capirote de penitencia, la coroza que portaba el cuerpo de Alicia Ortiz. Por supuesto, todo de un modo más resumido que el profesor.

​ —Tomando en cuenta estos conocimientos, creo que podemos considerar el buscar en el pueblo a personas que sean religiosas para interrogarlas —sintetiza.

​ —¿Personas religiosas en este pueblo? —Lucas suelta un bufido y una risa nerviosa—.

No quiero parecer irrespetuoso ni derrotista, pero este pueblo es muy tradicional y religioso.

Aquí casi todos son personas religiosas.

Tan solo se salva la juventud. Se libra, quiero decir, no es que yo piense que ser religioso sea algo malo.

​ —Hay que estrechar más el cerco —aconseja Yohanna.

​ —Claro, claro. Tenemos un cerco. Este crimen tan… doloroso, tan atroz, ha sido en cierta medida premeditado.

​ —¿En cierta medida?

​ —Sí. El asesino debía llevar cuerda para colgar a la víctima; el sambenito, que son las prendas con las que vistió el cadáver; la zona donde preparó la hoguera.

Todo esto conlleva una preparación, pero no sabemos si la víctima fue escogida adrede o por azar, por encontrarse, simplemente, bajo el coto en el que cazaba nuestro depredador.

El caso es que si el asesino llevaba cierta premeditación para realizar algo tan cruel, sin duda es porque le gusta hacerlo.

Y lo más probable es que pretenda repetir lo que hizo.

​ —Por eso debemos darnos prisa en encontrarle.

​ —Espera, espera —pide Yohanna—. Habláis dando por hecho que el holandés no tuvo nada que ver, ¿es así?

​ —El holandés no ha sido —afirma Lucas.

​ —El holandés es el único del pueblo que no es religioso.

​ —Que no es cristiano —especifica Yohanna—. Él es budista y animista, o algo así.

​ —No ha sido él —repite Lucas.

​ —Sí, bueno, será budista, pero estamos barajando la teoría del asesino inquisidor —aclara Anastasia.

​ —Chicas, joder, que no fue él. Lo sé.

​ Sus compañeras le miran exigiendo una explicación. Lucas suspira, recupera su copa del extremo de la mesa y da un largo trago hasta acabarla. Hace una señal para que le traigan otra. A tomar por culo la opinión que pueda tener su sargento de él.

​ —Mi hija se me ha confesado hoy…

Se lleva una mano a la frente sin saber si es por el dolor de cabeza que le ha traído ese último buche o por la vergüenza que le da tener que admitir lo que su hija hacía en lugar de estudiar.

—La mañana del asesinato de su amiga, estaba con ella. Mi hija pasó con ella gran parte de esa mañana. Al parecer, hicieron novillos. Se saltaron las clases para ir a visitar a…

​ La camarera le trae una nueva copa y este calla.

Anastasia está a punto de reprocharle que beba tanto, pero, oficialmente, Lucas debería estar de baja médica por las quemaduras de sus manos y allí está, charlando sobre el caso con ellas y tratando de averiguar algo.

No como Patxi, que se comporta como un pelota con quien lleve la batuta en el cuartel.

La sargento valora escribir un parte que manche el expediente del vasco antes del cambio de destino por su falta de interés en el caso.

Será más adelante, cuando tenga menos cosas importantes en las que pensar.

​ —¿Para visitar a quién? —pregunta Yohanna una vez se marcha la camarera.

—Para ir a visitar al holandés ese, a Manfred.

—¿Tu hija y Alicia se saltaron las clases para ir a ver a Manfred?

—Sí, eso he dicho.

​ —¿Por qué?

​ —Se me ocurre un motivo —dice Yohanna— y no es bueno para dos chicas tan jóvenes.

​ —Es ese. Ese es el motivo.

​ —¿Qué? —Anastasia anda perdida.

​ —¿De verdad tu hija…?

​ —Sí —asevera el dolido padre—. El caso es que Manfred estuvo toda la mañana con mi hija. Tiene coartada. Y mi hija no me miente: no pudo ser él.

​ —¿Qué, qué? ¿Por qué, qué ha hecho tu hija? No me estoy enterando de nada, la gente del sur habláis muy deprisa.

​ —¿De verdad aún no lo has pillado o te haces la tonta? A ver si va a ser verdad lo que dicen de ti… —El alcohol hace bailar tanto las palabras que Lucas se arrepiente, al instante, de lo que acaba de decir.

​ —¿Qué dicen de mí? —pregunta la sargento con seriedad.

​ —Nada, lo siento… Es que estoy muy afectado con todo esto y ahora encima también con lo de mi hija.

​ —Su hija se acostaba con Manfred —explica Yohanna, al fin, rompiendo el tabú.

​ El silencio entre compañeros aborda la mesa.

Anastasia comprende ahora en qué sentido hablan de ella. No es la primera vez que lo oye. Monja, mosquita muerta, mojigata… cualquier adjetivo válido que expresa que a sus treinta y cinco años de edad sigue siendo virgen. Algo que nadie puede comprender, porque nadie carga su pellejo.