Azufre 41
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A l pasar al interior de la barra, se lleva otro copón.

​ —¡Ay! —se queja Óscar.

​ —¿Es que no has visto cómo está el bar de enfrente hoy?

​ —¿Qué?

​ —Míralo, sal a verlo.

​ Óscar se asoma para ver desde la distancia cómo el restaurante que les hace la competencia está lleno. Todas las sillas que doña Pilar tiene fuera puestas están ocupadas, a diferencia de las del bar de su hermano Víctor, que apenas alcanza un veinte por ciento de aforo.

​ —¿Y qué quieres que haga yo?

​ —Y yo qué sé, pero haz algo. Mira, ¿que no ves que está llenito de picoletos?

¿No eran esos tus amigos? ¿Qué hacen allí?

Deberías haberlos invitado tú, aquí. ¿Acaso no hay una nueva sargento en el pueblo?

La avariciosa de siempre la ha invitado, se te ha adelantado y ahora esa sargento está allí rodeada de amiguitos.

Y mira Yohanna cómo atrae a gente a su alrededor. ¿Por qué no las invitaste tú?

​ —¿Yo? ¿Y por qué no tú?

​ —Porque se supone que tú eres el amiguito de los guardias. Haz algo, coño, que todos se te adelantan.

​ Su hermano mayor regresa dentro y él se queda con mala cara contemplando el alboroto de personas bebiendo y disfrutando en el restaurante de aquella empresaria avariciosa que les roba clientes.

Óscar fija su mirada de odio en Anastasia.

Se siente frustrado. Está harto de la rivalidad entre negocios, de no haber logrado aprobar la oposición a la Guardia Civil, de su leve cojera e incluso está harto de su hermano con su vida familiar.

En resumen, Óscar está harto de todo el pueblo, y alguien pagará el pato.