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Restaurante El mirador
Recomendación del día:
-Presa ibérica con jamón y queso.
-Solomillo relleno.
-Carrilleras.
-Castañetas.
-Secreto ibérico.
-Pluma ibérica.
-Venao y oreja.
-Entrecot.
-Cola de toro.
-Chuletas de cordero.
-Chacina ibérica.
-Lebrillo ibérico.
En un extremo del Paseo de los Alcaldes, que ofrece las maravillosas vistas del Balcón de la Sierra, hay repartidas varias mesas y sillas metálicas que conforman el exterior del restaurante El mirador.
Anastasia cierra la carta y la deja sobre la mesa. A pesar de la cantidad de carne a la brasa, quemada, chamuscada, no pierde el apetito y se decide por una ensalada y un plato de pasta con queso feta y tomate cherry. Yohanna pide la paletilla asada de cordero lechal.
Mientras esperan la comida, varios vecinos del pueblo se les acercan para saludar a Yohanna y darles a ambas las gracias por su implicación en el caso.
Uno de ellos es panadero y les regala un paquete de deliciosas tortas de chicharrones.
Aprovechan para darse a conocer ante la nueva sargento y más de un soltero del pueblo se explaya en explicaciones absurdas y teorías conspiranoicas sobre quién fue y sobre el cómo pudo haberlo hecho.
A pesar de la inverosimilitud de muchos testimonios, Anastasia los anota en su cuaderno.
Cualquier posible pista es bien recibida.
—¡Queréis dejarla comer tranquila! —les riñe Pilar, la dueña del local, una vez les ha servido los platos.
De todas maneras no pueden evitar charlar sobre el caso mientras comen hasta hartarse. Anastasia se infla a comer pan y, cuando su barriga crece, siente la incomodidad que le producen las estrías de sus cicatrices, marcas de su trauma infantil, que le alcanzan hasta el ombligo.
Piden un helado de postre y la sargento tiene que darse prisa en lamerlo antes de que este se derrita, a toda prisa, amenazando con recubrir su mano de chocolate blanco derretido. En esas está, chupando el palo, cuando la dueña del local se le acerca para hablarle al oído.
—Aquel caballero de allí quiere invitarla a una copa.
Anastasia ve a un hombre que permanece sentado en un lateral de la marabunta de mesas y sillas dispuestas en aquel parque, cerca del barandal que les separa del barranco.
Este muestra su copa y le dedica una sonrisa cautivadora.
Tiene el pelo oscuro y rizado, y lleva puesta una camiseta de Dragon Ball Z en la que se puede ver el dibujo de dos superguerreros.
—¿Le conoces? —pregunta a Yohanna.
—Su cara me suena bastante. Es de por aquí cerca, aunque no sabría decirte ahora mismo con exactitud.
—¿Vienes?
—Es a ti a quien ha invitado. Aprovecha su amabilidad para hacerle preguntas. Yo pienso hacer lo mismo con más de alguno de por aquí. Parece que todo el mundo tiene ganas de hablar con nosotras y que todos tienen chismes que contarnos. A ver si sueltan prenda y sacamos algo en claro.
La sargento se incorpora y camina hasta la mesa. El tramo es de apenas quince metros que se le hacen una maratón y cuanto más lo piensa más torpe se siente al andar. Le sorprende que uno sea capaz de olvidar una cosa tan básica como caminar, sobre todo cuanto más se piensa.
A falta de un par de pasos, él saca el culo del asiento para incorporarse y hablar con un tono dulce y comedido.
—Buenas tardes. Pensé que no aceptaría mi invitación. Ahora me alegro de haberlo intentado.
—¿No? ¿Por qué razón no iba a aceptar?
—Creo que debe andar muy ocupada. Hoy me he enterado de que usted es la nueva sargento de Zufre. Necesitaba hablar con usted, pero he visto que aquí en el bar era el centro de atención y no sabía cómo hacerme oír. Soy algo tímido, ¿sabe?
—Pues me parece un hombre con bastantes recursos.
Tras una risa contenida, se presenta como Alberto y se ofrece a invitarla.
—Por favor, siéntese, no se corte. ¿Qué quiere tomar?
Avisa a la camarera y esta les atiende. Anastasia pide un licor de manzana sin alcohol que Alberto mira desilusionado. Él se ha arriesgado con una ginebra con tónica. Aún está nervioso, pero lo disimula bien.
—¿De qué quiere hablar? —pregunta la sargento.
—Directo al tema, supongo —dice mientras da un sorbo a su cóctel para sentirse interesante y alargar su tiempo.
—Supongo que tiene que ver con la investigación, de ahí mis prisas.
—Claro, claro, lo entiendo —Y lo entiende.
Tanto que comienza a sentirse estúpido. En su cabeza, aquella conversación tomaba otros derroteros más alejados de la realidad y cercanos a una fantasía romántica—.
Ajam —se aclara la garganta e intenta, al menos, parecer un poco profesional—.
Pues, verá, le explico. Yo soy profesor de historia en el instituto de Santa Olalla; le daba clases a Alicia.
Y este caso me ha afectado profundamente.
Imagino que como a todos, en realidad. Al menos yo no he pegado ojo en toda la noche pensando en lo sucedido y, sobre todo, en un detalle que me han contado y que me gustaría saber si es cierto.
—¿Qué detalle? —solicita.
—¿Es cierto que la víctima tenía un capirote sobre la cabeza?
La pregunta sorprende a la sargento. Nadie hasta entonces le había preguntado por ello.
Era un dato llamativo, pero que había quedado en segundo plano por la impresión de tener a una chica agredida, ahogada y quemada.
A nadie le pareció significativo que llevase un extraño cono por sombrero, y más en una chica que siempre vestía de una manera diferente a los jóvenes de su edad.
El capirote estaba en la instrucción del caso que Lucas describió: se había anotado, pero no resaltó lo suficiente como para tenerlo demasiado en cuenta.
—¿Y qué si lo tenía?
—Perdón, ni siquiera me he explicado y ya parece que estoy exigiendo información a la Guardia Civil.
Verá, lo que ocurre es que, como profesor de segundo de bachillerato, estoy dando clases sobre la historia de España a mis alumnos.
Todos son de la edad de Alicia, por cierto.
La semana pasada les enseñé una época oscura para nuestro país.
Bueno… y para el mundo occidental, en general.
Me refiero a la época en la que los Reyes Católicos obligaron a cientos de miles de judíos a convertirse al cristianismo.
Los judíos actuaban en la sociedad como prestamistas y esto para la Iglesia era un grave pecado: el de la usura.
Sin embargo, por muchos era sabido que la mayoría de judíos cambiaban de religión tan solo de boquilla, de puertas hacia fuera, en sus casas cada uno con su religión y su parafernalia.
La Corona española quiso controlarlo, y, para vigilar el comportamiento de estos nuevos conversos, creó en 1480, y muy cerquita de aquí, en Sevilla, el tribunal de la Santa Inquisición.
Anastasia permanecía tan callada que Alberto no sabía si le estaba siguiendo el hilo, así que quiso asegurarse antes de continuar:
—Oh, Dios, le estoy aburriendo. ¿Le parezco pedante?
—No.
—Lo entiendo. Empiezo con mi rollo de profe y claro, así luego las espanto a todas.
—Alberto, le estoy escuchando. Es solo que no logro desgranar su discurso. ¿Por qué me cuenta esto? ¿Qué relación tiene la Santa Inquisición con el caso de Alicia?
El profesor alza una mano abierta y la planta frente a la sargento para que calle. Luego, muy despacio, cierra sus dedos sobre la mano, todos excepto el índice, con el que señala a Anastasia.
—En seguida llegaremos a eso. Escuche con atención.
El profesor continúa explicando una especie de guerra entre católicos y protestantes y lo relaciona con la leyenda negra.
Cuando Anastasia se siente perdida, apremia al profesor a ser más escueto y eliminar la paja del cuento.
Y es entonces cuando el discurso de este comienza a volverse interesante para la sargento.
—…quedó en segundo plano. El tema de los judíos, la limpieza de sangre y los cristianos viejos, se difuminó en una palabra más grave: herejía. Y aquí es cuando llegamos a lo realmente importante de mi historia y la razón por la que estoy hoy aquí hablando con usted.
Alberto se queda allí plantado, callado, observando a la sargento con una estúpida sonrisa. Al principio le resultaba un tipo peculiar, incluso mono. Después de aquella chapa, Anastasia solo quiere mandarlo a la mierda.
Como parece que el profesor espera algo, ella tiene que darle cuerda:
—Y lo realmente importante de su historia es… ¿qué?
—Eso: la herejía.
—¿La herejía? —La sargento se rasca la cabeza—. No entiendo…
—La quema de herejes. La Santa Inquisición pasó de quemar judíos a quemar brujas.
—Alberto sonríe y muestra las palmas de sus manos como demostrando que todo aquello era obvio y que su teoría resuelve el caso—.
Mujeres quemadas en una hoguera, ahí lo tiene.
¡Incluso existen libros de la época con instrucciones sobre la manera en la que enjuiciar y condenar a una bruja! Incluso había un libro llamado Malleus…
Anastasia se pierde en los dibujos de la camiseta del profesor, con Goku transformado en superguerrero, con llamas saliendo de su cuerpo y esos pelos de color amarillo. Amarillo…, su color favorito.
—No sé… Todo esto me parece un poco estrambótico, ¿no? Suena a conspiración… La Santa Inquisición detrás del asesinato de una chica en un pueblo… No logro ver la relación que usted ve de manera tan clara.
—¿¡Qué!? ¡No! Madre mía. No me ha entendido.
Lo siento mucho. Me enrollo demasiado y al final confundo a la gente.
No hablo de la Santa Inquisición como sujeto del crimen, sino como método.
¿Sabe usted cómo castigaban a las personas por herejes?
Les colocaban un saco por ropa, un gorro sobre la cabeza con forma de capirote, que en realidad se llama coroza, y los quemaban vivos en la hoguera.
A eso es a lo que voy: por eso pregunté por la coroza o capirote.
Esa era la forma en la que la Iglesia ajusticiaba a los herejes. ¿Lo entiende ahora?
Anastasia asiente despacio. Ahora lo ve. Puede que aquel profesor se extienda tanto que duerma a los alumnos, pero parece ser el único en aquel pueblo que ha dado con la tecla del caso. Y menuda tecla. Una vez más, el fuego que arrasa con todo.
La sargento siente que el sudor se le enfría a pesar del calor que hace en aquel parque bajo los rayos del sol de media tarde. Está tan harta del calor y del maldito pueblo…