Azufre 39
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E l llanto se oye por toda la casa. Lucas comienza a sentirse mal.

Pensaba que dejaría de llorar tras la misa; en cambio, parece como si allí se hubiese contenido y, ahora, en la intimidad del hogar, pudiera soltar toda la pena que siente por el horrendo asesinato de su mejor amiga.

Y para colmo él fue duro con ella la noche anterior.

No demasiado duro, pero sí algo teniendo en cuenta que rara vez en su vida ha tenido que ser tan estricto con su ojito derecho.

Al ser su única hija, ha sido agasajada de forma constante con lo mejor que sus padres podían ofrecerle, que era mucho, y por ello ha crecido mimada entre algodones.

​ Todavía moquea cuando su padre entra en la habitación. Está entera metida en la cama, bajo sábanas color pastel. Lucas se sienta a su lado y espera. Busca las palabras adecuadas: es complicado y cuanto más lo piensa, más se envenena, así que decide soltar lo primero que siente de golpe y porrazo.

​ —Belén, no llores.

​ Ella continúa gimoteando como un bebé.

Pero su padre no es estúpido y sabe que el comportamiento que tiene con ese hombre, con ese extranjero, no es precisamente de un bebé.

Aquel pensamiento le repugna y lo aparta de su cabeza.

No quiere machacarla más a ella ni a sí mismo: ambos han sufrido ya bastante con la trágica muerte de dos seres queridos.

​ —Vamos, Belén, no estoy tan enfadado contigo.

​ —¡No lloro porque estés enfadado! —exclama ella.

Lucas guarda silencio. Ha sido egoísta. Llora por su amiga muerta, claro, como él siente ganas de llorar por su amigo. Pero no servirá de nada, tiene que continuar investigando para esclarecer quién los mató y atraparle. ¿Fue Manfred?

​ —Tienes que decirme lo que sientes…

​ Ella recoge mocos de su nariz.

​ —Me siento mal… muy mal.

​ Su padre guarda silencio. Sabe que su hija va a sincerarse. La conoce. Así que posa una mano cariñosa sobre el bulto de sábana que esconde la cabeza de su niña.

​ —¿Por qué? Cuéntamelo.

​ El bulto bajo la sábana parece serenarse un poco.

​ —Esa mañana, Ali y yo nos saltamos las últimas clases… Yo estuve con ella, y luego la dejé sola. La abandoné. Abandoné a mi mejor amiga y por mi culpa ella ha acabado así. No debí dejarla sola.

​ —Pero hija mía, Belén, escúchame, sal de ahí debajo, ¿cómo iba a ser culpa tuya lo que ha ocurrido? No, no, no… Nunca más vuelvas a pensar así, ¿de acuerdo? ¿Me oyes?

​ Belén se destapa. Tiene el rostro hinchado y su pelo corto está revuelto. Lleva horas sin parar de llorar. Su padre va a por un vaso de agua y un paquete de pañuelos; se lo ofrece. Ella se suena los mocos durante un buen rato y luego bebe con ansia tras sentirse deshidratada.

​ —Verás, los guardias que han llegado de Madrid están llamando a los profes de tu instituto, seguro que ya saben que Alicia y tú hicisteis novillos, así que será mejor que me digas todo lo que recuerdas.

Es posible que fueses la última en ver con vida a…

Es posible que fueses la última en verla y eso implica que eres la última pista para descubrir si Manfred lo hizo.

​ —¡No, no, no, papá, él no fue, te lo juro!

​ —Salió huyendo de la escena del crimen, cariño.

​ —¡Sé que no fue él, papá, tienes que creerme!

​ Al padre le cuesta hacer la siguiente pregunta. La que toda lógica le indica que debe hacer.

​ —¿Por qué estás tan segura?

Ella mira al suelo. Lucas sabe que debe decirlo él mismo.

—Estabas con él, ¿no? Dímelo. No me enfadaré.

Encontré el pendiente en su cama. No me gusta imaginarme el porqué y me cuesta creerlo porque eres mi hija.

Pero lo sé. Yo lo sé. Lo que necesito ahora es que me lo cuentes todo.

Si de verdad no crees que lo hiciese el extranjero, esta es la única manera que tiene de librarse de la cárcel.

Tienes que entender esto, Belén, ahora mismo tú eres la única coartada que tiene Manfred.